Raro es el día en que Donald Trump no dice o hace alguna patochada y propina una coz al tablero internacional para crear algún conflicto. A Venezuela, Canadá, Cuba, Colombia, Panamá, Méjico, Gaza, Irán, Líbano, Siria, Yemen, Dinamarca, España, la Unión Europea, la OTAN, la ONU o la Corte Penal Internacional les puede tocar la china -con minúscula- porque con la China con mayúscula no se atreve el fanfarrón, ni con la Rusia de su amigo Putin, porque hay que mantener la coexistencia pacífica con los líderes del mundo. El objetivo de sus filípicas varía según el pie con que se levanta, pero en los últimos días su víctima ha sido la ignota Groenlandia, de la que ha decidido apoderarse -por las buenas o por las malas-, porque se llama Donald.
Fundamentos de la prepotencia trumpiana
Al ser poco letrado, Trump no actúa conforme al raciocinio, sino siguiendo sus impulsos. No motivan sus acciones el cerebro, sino las vísceras, pero cuenta con un sinfín de asesores, siempre dispuestos a justificar políticamente sus trapisondas. Por supuesto que el presidente no ha leído nada sobre la teoría del poder de Karl Schmitt, ni probablemente sepa si se trata de un profesor o de un deportista, pero sus sesudos consejeros han recurrido al ideólogo alemán de la preguerra -en el que se basó filosóficamente la política nazi- para intentar dar una barniz intelectual a la actuación del amado líder. En su artículo “El año de Donald Trump: caos, revolución y nuevo orden mundial”, publicado en “El Mundo”, Pablo Suanzes ha dado una explicación bastante convincente del “iter” seguido por Trump para imponer el nuevo orden mundial que está creando. Lleva a cabo una revolución en el mundo de las relaciones internacionales al resucitar conceptos como el choque de civilizaciones, el imperialismo o la doctrina Monroe -actualizada como “Donroe”-, pasando por el establecimiento de esferas de influencia y dando la puntilla al orden internacional basado en reglas y a los principios que han marcado los últimos 80 años, inspirados precisamente por EEUU: el Estado de Derecho, el liberalismo político, el libre comercio, la paz, la seguridad y la cooperación internacional.
Todos los presidentes norteamericanos -de Monroe a Obama- han hablado de un nuevo orden internacional. Reagan dijo que, para mejorar la situación de desigualdad existente, la única respuesta era que ”todas las naciones, grandes o pequeñas, fuertes o débiles, se esfuercen juntas por la firme determinación de construir un nuevo orden mundial que garantice la justicia política, económica y social”. Bush Sr. propugnó un nuevo orden mundial, “donde diversas naciones se unan en una causa común, para alcanzar las aspiraciones universales de la humanidad: paz, seguridad, libertad y Estado de Derecho”. Trump también quiere imponer un nuevo orden internacional, pero no en beneficio de la humanidad, sino en interés propio y de EEUU. Como ha señalado Walter Russell, un nuevo marco que no esté determinado por reglas ni por instituciones multilaterales, sino por la ley de los más fuertes, un juego de suma cero y el poder más crudo, liderado por hombres como él, Putin o Yinping.
Y en esta aventura, ha asumido sin saberlo las tesis de Schmitt en su “Teología política”. El liberalismo es una ideología vacía que aspira a un universalismo peligroso. El orden liberal implantado tras la II Guerra Mundial no era el punto final de la evolución política, sino un producto contingente. Lo natural era que en cada región hubiera una potencia dominante, que organizara un espacio político y estableciera un cierto equilibrio con otras potencias similares. La soberanía y el poder eran componentes característicos del Estado ligados a su capacidad de generar decisiones en torno a cómo abordar el ordenamiento social responsable de la seguridad pública, y la potestad de decidir frente a un estado de excepción. “El orden jurídico estatal se apoya en una decisión, en tomar una acción, y no en una norma”. Según Bryan Steil, “el coste de una restauración monroviana, de concretarse, será enorme. Probablemente prefigurará la desintegración de la OTAN, la expansión del conflicto armado Este-Oeste en Europa y el militarismo revanchista chino hacia Taiwán y el Mar de China meridional”. Para Javier Zarzalejos, en la visión de negociante de Trump, no hay cabida para un orden internacional basado en reglas, que conspiran contra los intereses de EEUU. No reconoce las relaciones transatlánticas, ni los compromisos hasta ahora ha subido por Gobiernos anteriores, lo que pone en riesgo la supervivencia de la OTAN.
La pretensión de Trump carece de justificación alguna
La pretensión de Trump de apropiarse Groenlandia no tiene la menor justificación y está basada en mentiras y falacias. El argumento de que la posesión de la isla es esencial para la seguridad de EEUU y del mundo es totalmente falsa, como lo prueba la Historia reciente. En 1941, EEUU ocupó Groenlandia para evitar que lo hiciera Alemania y permaneció en la isla hasta el final de la guerra. El Gobierno norteamericano ofreció comprar la isla por $100 millones, pero Dinamarca rechazó la oferta, si bien autorizó a EEUU a establecer una base militar en Thule. En 1951, los dos países firmaron un Acuerdo de Defensa, por el que se comprometían a tomar individual y conjuntamente las medidas necesarias para defender la isla, de conformidad con los planes de la OTAN. El Acuerdo autorizaba a las tropas estadounidenses a moverse libremente por todo el país y EEUU llegó a tener 17 bases y 10.000 soldados, pero las bases fueron cerradas, quedándose los norteamericanos con tan solo la base espacial de Pittufik, en la que hay actualmente 300 efectivos.
En 2019, Trump volvió a las andadas y -reiterando su falaz mantra de que Groenlandia era vital para la seguridad de EEUU y la paz mundial- hizo otra propuesta de compra y, cuando fue rechazada tanto por los Gobiernos danés y groenlandés -que le ofrecieron plena cooperación militar-, afirmó que esperaba apoderarse de la isla sin necesidad de recurrir a la fuerza militar, aunque no la excluía. Tras su reelección, Trump aumentó su presión y envió a la isla al vicepresidente Vance, al asesor para la Seguridad Nacional Waltz, al secretario de Energía Wright y a su propio hijo Donald Jr., para tratar de persuadir a los groenlandeses a base de dólares. La presencia de Wright mostraba que el interés de EEUU por Groenlandia no obedecía solo a motivos de seguridad, sino que también estaba relacionado con el hecho de la existencia bajo el hielo de gran cantidad de minerales estratégicos y tierras raras, y Trump quiere repetir la maniobra realizada en Ucrania de apoderarse del 50% de sus recursos minerales.
Trump ha acusado a Dinamarca de no defender a Groenlandia, que estaba rodeada de submarinos nucleares rusos y chinos, cuando en la última década no ha aparecido cerca de la isla ni uno solo. Con su obscena desvergüenza y pretendido sentido del humor, declaró que Dinamarca no estaba en condiciones de enfrentarse a rusos y chinos para salvaguardar la paz mundial. “Actualmente cuenta con dos trineos tirados por perros como protección, uno añadido recientemente. Solo Estados Unidos, bajo la presidencia de Donald J. Trump, puede participar en este juego ¡Y Con mucho éxito!” (¡Ja, ja, ja!, le ríen la gracieta sus esbirros). Cuando, ante las injustificadas acusaciones a Dinamarca de indefensión de Groenlandia, las autoridades nacionales y regionales le recordaron, a Trump que EEUU tenía un Acuerdo por el que se había comprometido a defender a la isla frente a cualquier amenaza exterior, que posee ya una base en el territorio y puede establecer tantas otras cuantas estime necesarias, y que posee el Ejército más poderoso del mundo, el codicioso presidente respondió que no era suficiente, porque faltaba “motivación”, ya que las bases estaban “alquiladas” y -para que pudieran ser defendida adecuadamente- resultaba indispensable que fueran de su propiedad. Ya estará preparando la compra de las bases de Rota y Morón.
“¿Delenda est OTAN?”
Aunque Groenlandia no sea miembro de la UE, sí lo es de la OTAN y EEUU tiene en su territorio bases militares que deben actuar conforme a los planes de Alianza. Por tanto algo tendrá ésta que decir y hacer cuando uno de sus miembros sufra la amenaza de una agresión. El gravísimo problema existente es que no se trata de una agresión externa, sino interna, una posibilidad que a los redactores del Tratado de Washington no se les pasó por el caletre, al igual que a los legisladores españoles no se les ocurrió introducir en sus leyes una disposición que permitiera sancionar a un fiscal general del Estado que cometiera un delito, porque era inimaginable que tal cosa pudiera suceder. La disposición fundamental del Tratado es su artículo 5, que establece que los Estados miembros se comprometen a que, en caso que se produjera un ataque o una amenaza contra cualquiera de ellos, los demás acudirían en ayuda de dicho Estado y adoptarían las medidas que estimaran necesarias -incluido el recurso a la fuerza armada- para restablecer la paz y la seguridad internacionales. Pero nos hallamos en la situación surrealista de que el presunto agresor, no solo está integrado en la Alianza, sino que es su miembro más importante, y es el que parte el bacalao y reparte los misiles. Necesitamos un nuevo Kafka que escriba el guion de un “Castillo groenlandés”.
¿Qué ocurriría si -como ha amenazado reiteradamente Trump- EEUU agrediera a Groenlandia para apropiarse de su territorio y Dinamarca invocara, con toda legitimidad, la aplicación del artículo 5 del Tratado? ¿Prestarían los demás miembros de la Alianza a Dinamarca la ayuda militar a la que se han comprometido para un caso semejante? Cómo ha señalado la presidenta danesa, Mette Frederiksen, Dinamarca y Estados Unidos son aliados en la OTAN y aquél ya tiene acceso a Groenlandia a través de un Acuerdo de Defensa. La alegación de la seguridad es una mera excusa. “Un ataque a Dinamarca acabaría con la OTAN”. Trump no se caracteriza por utilizar la lógica como base de sus arbitrarias decisiones y ha creado una situación inimaginable e inmanejable. La consecuencia es que la OTAN ha dejado de tener sentido y está a punto de desaparecer en su versión actual.
El silencio del secretario general de la Alianza, Mark Rutte, ante esta inconcebible situación ha sido ominoso, pero más incomprensible aún han sido sus lamentables manifestaciones en las que da coba al energúmeno. “Donald, nos has conducido realmente a un importante momento para América, Europa y el mundo. Lograrás algo que ningún presidente estadounidense ha conseguido en décadas. Europa pagará por ello a lo grande y, de hacerlo, será tu victoria”. ¡Vaya si pagará! Ha calificado a Trump de “pacificador pragmático”, sin el cual no se habría podido destrabar el punto muerto en que estaban las negociaciones para buscar una solución pacífica a la guerra de Ucrania. Habían celebrado una reunión entre amigos, entre aliados estrechos que se conocían muy bien, se gustaban y se respetaban. ¡Menudo respeto! Dijo que había hablado con él sobre la situación de la seguridad en Groenlandia y en el Ártico, y que seguirían hablando en Davos. El diálogo se centró en la necesidad de preservar la cooperación entre los aliados y de mantener la estabilidad en una región donde la presencia militar avia mentado de forma sostenida en los últimos años. Subrayó que la seguridad en la región debía abordarse de manera coordinada y dentro de los compromisos existentes entre aliados, pero no pronunció ni una palabra de reproche al presidente por su intolerable conducta, ni de apoyo a Dinamarca. Eludió hacer comentario alguno al respecto y elogió la presión de Trump sobre los aliados para que aumentaran el gasto de defensa e igualaran el de EEUU. Elogio la decisión de la Conferencia de La Haya de que los miembros de la Alianza incrementaran el gasto hasta el 5% de su PIB, lo que no se habría logrado sin su decisiva contribución. Se da la curiosa paradoja de que Dinamarca aporta a sus gastos de defensa un porcentaje de su PIB superior al estadounidense.
Para tratar de paliar las acusaciones de Trump sobre la indefensión de Groenlandia, varios miembros de la Alianza lanzaron la operación “Centinela Ártico”, consistente en aumentar las fuerzas militares en la región y las misiones de vigilancia, a cuyos efectos enviaron a Groenlandia un centenar de soldados para hacer unas maniobras de observación sobre el terreno, pero esto, en vez de calmar a la Bestia, hizo aumentar su inquina hacia la OTAN. Rasgándose las vestiduras, Trump afirmó que EEUU había “subvencionado a Dinamarca, a todos los países de la UE y a otros durante muchos años, evitando cobrarles aranceles o cualquier otra forma de remuneración. Ahora después de siglos, es hora de que Dinamarca retribuya ¡La paz mundial está en juego.China y Rusia quieren Groenlandia y Dinamarca no puede hacer nada al respecto”. Siguiendo con su disparatada diatriba, afirmó que “Dinamarca,, Noruega, Suecia, Francia, Alemania, el Reino Unido, los Países Bajos y Finlandia han viajado a Groenlandia con fines desconocidos. Esta es una situación muy peligrosa para la seguridad y la supervivencia de nuestro planeta. Estos países, que participan en este juego peligroso, han provocado un nivel de riesgo insostenible. Por tanto, es imperativo que, para proteger la paz y la seguridad mundiales, se tomen medidas enérgicas para que esta situación potencialmente peligrosa termine rápidamente y sin lugar a dudas”. Para lograrlo, ha recurrido a su arma de destrucción masiva favorita: los aranceles. “A partir del 1 de febrero de 2026, todos los países mencionados anteriormente deberán pagar un arancel del 10% a todas las mercancías enviadas a los Estados Unidos de América. El 1 de junio de 2026, el arancel se incrementará al 25%. Este arancel será exigible y pagadero hasta que se alcance un acuerdo para la compra total de Groenlandia”.
Los países afectados han puesto justificadamente su grito en el cielo, criticado las absurdas represalias de Trump -que “socavan las relaciones trasatlánticas y entrañan el riesgo de una peligrosa espiral descendente”- y afirmado que responderán a las mismas con las oportunas contramedidas, incluido el excepcional instrumento anticorrupción. Se han solidarizado plenamente con Dinamarca y con el pueblo de Groenlandia, y han afirmado que seguirán respondiendo de forma unida y coordinada. “Estamos comprometidos con la defensa de nuestra soberanía”. La UE también reaccionó al principio en forma tajante, recordando que -según del artículo 42-7 del Tratado de la Unión- si un Estado miembro fuera víctima de una agresión armada en su territorio, los demás miembros tenían la obligación de prestarle ayuda y asistencia por todos los medios a su alcance, y von der Leyen aseguró que Dinamarca podía contar con la UE. Sin embargo, expertos del Servicio Exterior Europeo han observado que la agresión a la que se hace referencia debe originarse desde el exterior, lo que abría la puerta a un margen de interpretación en un conflicto entre países aliados. En cualquier caso, aunque EEUU siga siendo miembro de la OTAN, no lo es de la UE, por lo que la suya sería una agresión exterior, pero Doña Ursula -toda prudente- ha plegado velas y afirmado que la Unión estaba dispuesta a ayudar económica y financieramente a Dinamarca, pero que la cuestión de seguridad dependía de la OTAN, pasando así la patata caliente a la Organización hermana.
El secretario del Tesoro, Scott Bessent, ha defendido la aplicación de nuevos aranceles para eludir una emergencia nacional. “Se trata de una decisión geopolítica y Trump puede utilizar el poderío económico de los EEUU para evitar una guerra abierta”. Ha comentado que Trump creía que no era posible mejorar la seguridad en el Ártico sin que Groenlandia formara parte de EEUU. “Europa proyecta debilidad y EEUU proyecta fuerza”. El jefe adjunto del Gabinete de Trump, Stephen Miller, ha pontificado que nadie va a enfrentarse con EEUU por el futuro de Groenlandia. Para que éste pueda asegurarse la región ártica y proteger y defender a la OTAN y a sus intereses, la isla debería ser parte de EEUU. “Vivimos en un mundo que se rige por la fuerza, que se rige por el poder. Estas son las leyes de hierro del mundo desde el principio de los tiempos”.
Oposición de la población groenlandesa a la anexión estadounidense
En su artículo “La Historia visita Groenlandia”, publicado en “El Mundo«; Juan Claudio de Ramón ha manifestado que EEUU ya controla militarmente Groenlandia y no hay que perder el tiempo con las supuestas razones de índole geoestratégica que harían necesaria su anexión. Es un capricho de Trump, pura glotonería imperial -Joaquín Manso ha comentado que la extravagancia trumpiana refleja la lógica del poder sin condiciones-. Esto induce a un cierto optimismo, porque los capricho son pasajeros. “Europa debe ganar tiempo y reforzar su presencia militar, no tanto para disuadir, sino para cargarse de razones y demostrar que Groenlandia no está desprotegida: si se trata de poner coto a rusos y chinos, ya nos encargaremos nosotros. Eso y mantener la confianza en que la oposición interna en EEUU, que no es menor, meta en el congelador cualquier plan que pudiera estarse urdiendo en el Pentágono. A veces, es mejor que la historia pase de largo”. En esa línea va la visita realizada a Copenhague por una delegación mixta de senadores y diputados norteamericanos, que han criticado las decisiones de Trump y reconocido y apoyado la soberanía danesa sobre Groenlandia.
Las pretensiones anexionistas de Trump han hecho que baje en Groenlandia el ”souflée” de la independencia. El primer ministro groenlandés, Jens-Frederik Nielsen, dijo que, si tenía que escoger “hic et nunc” entre Dinamarca y EEUU, optaría por la primera. Con su habitual grosería, Trump le respondió que ignoraba quién era y no sabía nada sobre él. No estaba de acuerdo con lo que dijo y era él quien iba a tener un gran problema. El 85% de la población se ha mostrado contraria a la anexión por parte de EEUU, pese que éste esté dispuesto a ofrecer cientos de miles de dólares a cada groenlandés para que vote a favor de la misma. Esto se ha puesto de manifiesto en la masiva manifestación celebrada en la capital Nuuk, en la que participaron 15.000 ciudadanos -una cuarta parte de la población de la isla-, que gritaron que Groenlandia no estaba en venta y exhibieron pancartas con el lema pancartas de su propio MAGA: “Make America Go Away”. También se celebraron manifestaciones en Copenhague y otras ciudades danesas. El exsecretario general de la OTAN, Anders Rasmussen, afirmó que los estadunidenses serían bienvenidos si venían para defender el país e invertir en su desarrollo, pero no si lo hacían para anexionarlo, lo que no se podía aceptar bajo ninguna circunstancia. Esta generalizada oposición hará difícil que Groenlandia se convierta e, el Estado n° 51 de la República Federal de EEUU.
Los ministros de Asuntos Exteriores de Dinamarca, Lars Rasmussen, y de Groenlandia, Vivian Mortzfeld, se reunieron con Vance y Rubio para tratar de hallar una solución al conflicto, pero no se acercaron las posiciones ante la obsesiva determinación de EEUU de apoderarse de la isla por cualquier medio. Tan solo se pusieron de acuerdo para en un Comité conjunto, pero incluso en esto hubo disparidad de criterios, dado que para Dinamarca su objetivo era tratar de encontrar una salida al conflicto y para EEUU mantener un diálogo sobre la adquisición de la isla.
Necesidad de una nueva OTAN
Según Rafael Dezcallar, Europa cedió su defensa a EEUU y pudo invertir en el desarrollo de su economía con el dinero que se ahorraba en defensa. Tras el radical cambio de postura de Trump, comprende que la actual situación de la OTAN no puede continuar. Reducir su dependencia militar de EEUU no va a ser tarea fácil, ni se va a conseguir a corto plazo, pero es indispensable. Europa está obligada a asumir las riendas de su propia seguridad y dejar de depender totalmente del paraguas estadounidense. Es harto evidente que para ello es necesario que los Estados miembros de la Alianza aumenten de forma considerable los gastos para la defensa -el 5% del PIB o más-, si aspiran a ser estratégicamente autónomos. Pero no se trata tanto de un problema de cantidad -que lo es-, como de calidad. Hay que gastar más en defensa, pero hay que hacerlo mejor. Como ha observado Fernando Vallespín en “El País”, el gasto militar de los países miembros de la OTAN es casi el doble del de Rusia, a pesar e su economía de guerra. El gran problema es que no existe un Ejército europeo, ni parece que pueda crearse en breve, sino una amalgama de Ejércitos nacionales, con una disparidad de armas -a veces incompatibles- y sin la existencia de una estrategia y una logística comunes, lo que provoca una indeseable duplicidad de esfuerzos. Hay que eliminar -o al menos reducir- esas duplicidades y procurar una distribución razonable y equitativa de la producción de equipos militares y munición entre los distintos Estados miembros de una nueva OTAN. La UE contribuye a este objetivo al dedicar €800.000 a su Plan “Rearmar Europa” y lo mismo deberán hacer los demás Estados, como Alemania, que ha modificado su Constitución para reducir el límite del endeudamiento del Estado y creado un fondo multimillonario para potenciar la defensa y las infraestructuras.
España está en el furgón de cola de la OTAN en cuanto a gasto en defensa y solo ahora ha llegado a invertir en ella el 2% de su PIB, conforme a lo acordado en 2014 en la Conferencia de Cardiff, tras hacer alguna que otra trampa. Sánchez fue el único dirigente de la OTAN que se opuso al aumento del gasto al 5% del PIB y quedó aislado y acusado de “gorrón” por Trump, que amenazó con sancionar a España por su insolidaridad. El Gobierno español carece de presupuestos, se encuentra con la oposición de su socio de Sumar y de sus aliados nacionalistas e izquierdistas, que se oponen a aumentar el gasto en defensa y propugnan la salida de la OTAN, y se niega a negociar con el PP, que es el único que le podría ayudar en esta cuestión. Bien al contrario, el rey Felipe VI afirmó en el Colegio Europeo de Brujas que “el refuerzo de las capacidades de seguridad y defensa ha pasado, de ser un ámbito de cooperación relevante pero limitado, a convertirse en una necesidad real y apremiante”.





