Me dirijo a usted con todo el respeto del mundo, con toda la educación que he mamado desde chico en una familia en la que nunca contamos con ningún cargo tan alto y digno como el que usted ocupa ni nada parecido. Que vengo de una familia que jamás ha tenido carnet de ningún partido político ni nada que se le parezca. Que vengo de una familia que solo ha conocido el trabajo, el trabajo y más trabajo. Y disfrutar de nuestra tierra, que tuvimos la suerte de nacer y vivir en la campiña sevillana.
Por lo que escucho en la radio, leo en la prensa y veo en la televisión le hago una pregunta —con todo el respeto del que soy capaz, vuelvo a repetir—: Señor presidente, ¿le merece la pena?
¿Le merece la pena estar todos los días en las portadas de la prensa española y en la extranjera y ver su nombre al lado de la palabra corrupción? ¿De verdad le merece la pena? ¿Es que usted no es capaz de dedicarse a otra cosa, a otra profesión? ¿No se ve usted capaz de darse de alta como autónomo y contratar a dos o tres trabajadores y entender lo que es la vida de cualquier curroespañolito, entre los que me encuentro? ¿O irse a trabajar al andamio, que es un trabajo digno y honorable? ¿O a recoger aceitunas, entre los olivares, y que su jefe le page un sueldo, como a cualquiera, y cotice a la seguridad social, como cualquier hijo de vecino?
¿De verdad que le merece la pena estar tanto tiempo en la cuerda floja? Y sin red —formal y honorable— sin que de demasiado el cante. ¿De verdad que merece la pena poner de buenos a los que antes puso por malos? ¿De verdad que merece la pena machacar ahora a su mano derecha, al que defendió por activa y por pasiva en la sede de la soberanía popular, la mía, la del andamio y la del que recoge aceitunas? ¿Dónde están los amigos y los compañeros? ¿Dónde la amistad y la lealtad?
¿Le merece a usted el bochorno de que tengan a su mujer —a su esposa, a la madre de sus hijas— en la punta del cañón informativo? ¿Qué piensan de eso sus hijas? ¿Qué opina de ello su esposa? ¿No es mejor dedicarse a un trabajo formal, como tratamos hacer todos los tontoespañilitos, y no tener a la familia entera —hermano incluido— en los dimes y diretes diarios de los telediarios? ¿Le merece la pena tener que dar mil vueltas a los periodistas, que hacen las preguntas cuyas respuestas quieren escuchar los españoles, para decir si conoce a tal o cual persona? ¿Le merece la pena que su socio de gobierno, el suavón de las gafas que ya no tiene gafas, vaya metiendo la patita, o lo que sea, por donde pasa?
Seguramente usted me dirá que está ahí para seguir sirviendo al pueblo. Y lo entiendo, lo acepto. Pero al pueblo, se lo digo de corazón, se le puede servir desde Cáritas —a la cual no pertenezco ni he pertenecido, pero siempre he reconocido su magnífica labor— o desde una asociación cultural, o desde una hermandad, o desde una asociación gastronómica, o desde una peña que mire por las cosas del pueblo, o en una entidad sin ánimo de lucro, de las de verdad, no de las que dan sueldos y sobres. O desde la concejalía en un pueblo vasco en los años ochenta y noventa.
Desde ahí se ayuda al pueblo y se atiende las necesidades de la gente, que somos todos nosotros. ¿No es suficiente? ¿Quiere más? ¿Necesita más? Ayudar a la gente desde lugares humildes le dará a usted la posibilidad de vestir como mejor le venga en gana, no teniendo que ir siempre con traje y corbata, con lo incómodo que es eso.
Le aseguro que disfrutar de los días de descanso del verano en una finca del Parque de Doñana —todo incluido y gratis— no tiene por qué ser mejor que disfrutarlas con su familia en un piso de sesenta metros cuadrados y piscina comunitaria. Que lo importante no es el dónde sino con el quién y el cómo. Hágame caso. ¿Usted se imagina la de tiempo que va a tener para leer, para hablar con los suyos, para disfrutar en igualdad de condiciones con sus amigos? Se lo aconsejo, aunque reconozco que no soy nadie para aconsejar nada a nadie.
Pero piénseselo. Tómese cinco o seis días para reflexionar, no hay prisas, que las prisas para los ladrones y los toreros malos, que decían los clásicos. Reflexione y piénseselo. ¿De verdad le merece todo esto la pena?





