La oportunidad que ofrece la celebración de la (por ahora denominada) Semana Santa, debería aprovecharla nuestro Gobierno progresista para rescatar vivencias y ejemplos de aquella época ardiente y dorada que fue la Segunda República española y sus flamantes muestras de respeto a la libertad religiosa y a la cultura católica.
Pues, si bien es cierto que con motivo de las actuales procesiones religiosas, a algún comentarista se le escapa algo parecido a que «muchas imágenes de las cofradías que ahora vemos no son las originales, porque desaparecieron en los incendios de los sucesos acaecidos en los años treinta del pasado siglo», no es menos cierto que son ya muchos los que ignoran lo que pudo acaecer en aquel régimen tan añorado por el progresismo.
Y cabe el error de que imputasen la causa de tan selectiva destrucción, a una ola de calor extremo suscitada por un apocalipsis climático que devino en extraños incendios que atacaron a iglesias, templos, seminarios, colegios y demás centros católicos; lo que supuso irreparables pérdidas de un costosísimo patrimonio cultural artístico español, y eso sin mencionar la persecución y muerte de miles de católicos de toda clase, edad y condición…
Se comprende que quienes se presentan como orgullosos herederos de aquellos criminales, ahora intenten borrar y manipular ese período vergonzoso de nuestra historia. Pero desconcierta mucho que, por acción u omisión, también contribuyan a ello los herederos de aquellas víctimas.





