
En un rincón de Triana que huele a incienso,
mecido por los murmullos de un viejo templo,
se yergue chico el majestuoso
obrador de olores y se planta altivo entre los merengues de mil sabores.
Palio de torrijas, miel y pestiños…
Aromas de azúcar, azahar y olivo.
Sin perder la esencia que aportan los años, la vida, los sueños, las ganas, la fe.
Recordando siempre las palabras sabias, los sabios consejos de la Dulce Esther,
entre bambalinas, mostrador curioso y con la simpleza de unas manos limpias,
se asoma la dueña, de sonrisa y ojos,
se encienden las ganas de dulce en Sevilla…
Se enciende San Jacinto camino de Lidia.




