El presidente ha vuelto a dirigirse a los españoles en un discurso nuevamente en sábado, que ya adquiere un cierto carácter tradicional. Como los anteriores, aunque con la variante de los nuevos y últimos datos oficiales -que no reales- de la pandemia, Sánchez se ha autoescenificado como el político transparente y sin trucos que no es, implorando ahora -así lo ha expresado- la aprobación del Congreso para prorrogar 15 días más el Estado de Alarma y la orden de confinamiento, prohibiendo otra vez salir de las casas.
En el mismo tono de presidente conmovido y apesadumbrado ante la evolución de la pandemia, Sánchez ha vuelto otro sábado para declamar su mensaje coca-cola extendiendo al mundo un mensaje de paz que a estas alturas de sus decisiones totalitarias y sin consultar, no se tragan ya más que sus feligreses incondicionales de un socialismo incapaz de razonar.
Pero sus “misas” para ellos, porque al compás de cada sábado la ciudadanía ha aprendido a escucharlo entre líneas, mirándole la goma que escondida bajo la manga hace posible su magia elemental y más básica de borrás.
Sánchez es un político de disimulos. Y desde luego el menos garantista y creíble para haberse declarado hoy como un hombre “convencido” de las importantes decisiones que ha de tomar. Las convicciones, del tipo que sean, no son precisamente el rasgo firme de una personalidad como la de Sánchez, sino la carencia de un ambicioso de poder que un día afirmó no dormir si gobernaba junto a Iglesias y a las pocas semanas lo hacía a pierna suelta dándole una vicepresidencia en su Gobierno. Por cierto, que en el turno de preguntas de esta tarde, a todos los periodistas se les ha ocurrido preguntar por las declaraciones intervencionistas de Iglesias, pero el filtro impuesto -más que el de una depuradora- ha quitado las ganas de tales ocurrencias.
Quitando la paja publicitaria de tiernas palabras a los españoles en general, pero en particular a los jóvenes, los niños y los más mayores (los más vulnerables), hay que dejar de relieve su auténtica melodía encadenada de prórrogas, que irá solicitando para el Estado de Alarma, aunque advierte que desacelerando según le asesore la comunidad científica. Y también hay que destacar su mención con rotundidad, a requerimiento de un medio, a declarar como necesaria una nueva versión de los Pactos de la Moncloa en 1977, los que hicieron posible la transición española. Eso parece descartar las aspiraciones comunistas de Pablo Iglesias y las insistencias erre que erre de los independentistas. Parece, ¡cuidado!, parece. Pero ya se sabe de sobra que Sánchez da más rodeos que un avión para despegar. No en vano, se ha escabullido de mala y notoria manera sobre lo que pasará a partir del día 9 con quienes hasta entonces disfrutarán de su actual permiso retribuido.
En Sánchez y en su Gobierno la expresión favorita es “parece”, todo “parece”, plata no es.





