El traidor Sánchez insulta gravemente la democracia. La sarta de excusas estratégicas, de condición sonrojante y pueril, lo único que vienen a evidenciar es el egoísmo caradura de un político que poco o nada tiene que ofrecer. Es grave que una persona desnortada por la ambición narcisista de estar donde no se le espera quiera quebrar el sentido común de la gente, la seguridad jurídica del sistema, la igualdad ante la ley, el juramento de cumplir y hacer cumplir la Constitución y las leyes, pero no lo es menos que todo un gobierno y la multitudinaria camarilla que lo alimenta y se sobre alimenta de él hagan de palmeros del solista descarado. Me refiero a Calvo, a María Jesús Montero, Calviño, Robles y pocos más, y a los diputados que actúan al compás del viajero del Falcon, y a los barones tragones de comunidades autónomas, ayuntamientos, y sociedades públicas varias e instituciones del estado. ¿Cómo es posible que tanta gente se abrace al pensamiento único y desquiciado de un preboste insensato?
Sánchez habla de generosidad, de magnanimidad, de mirar al futuro, de solucionar la predación de España por el independentismo. Habla de abandonar la venganza de una sentencia del TS. ¡Pero qué barbaridad es esta! Se puede decir de todo una vez que se han rebasado los límites de la sensatez, pero ante estas tropelías hay que reaccionar y hay que hacerlo de manera contundente, sin lugar a duda. La sociedad civil se ha puesto en marcha escenificando, hoy día 13 de junio, una movilización en la calle que no sabemos qué calado tendrá porque me da la impresión de que no ha sido promocionada ni apoyada por constitucionalistas, partidos políticos y no partidos, suficientemente. Este asunto, el de los indultos, quema o, al menos, parece que quema. A muchos les quema. ¿Por qué? La explicación no es otra que el grado de manipulación al que se ha llevado por gobierno, partidos interesados y medios de comunicación que le ríen las gracias a la situación política creada.
Si los golpistas hubieran dicho, “nos hemos equivocado, no lo volveremos a hacer, aceptamos la vía constitucional para cambiar las cosas”, habría, quizá, que conceder los indultos apelando a la motivación esencial de estos que es evitar el sufrimiento injusto de los penados, con determinados requisitos, habiéndose agotado la vía judicial. Pero no es el caso. El traidor Sánchez quiere poner en la calle a delincuentes que dicen que lo van a volver a hacer en cuanto puedan. ¿No hay que calificar esta decisión exculpatoria de prevaricación?
Después de dar muchas vueltas a la cuestión, todos los razonamientos convergen en lo mismo: al traidor Sánchez solo le interesa seguir en el gobierno. Le importa un bledo insultar a la democracia, patear las leyes, reírse de la mayoría por contentar a unos pocos, escuchar falacias sobre el derecho a decidir (¿derecho a decidir?), dar aire independentista a la cabezonería de unos iluminados que invocan la personalidad jurídica y social de un país que nunca existió. A Sánchez, al traidor Sánchez (traiciona la Transición, la Constitución del 78, las leyes, la esencia de la democracia, la separación de poderes, los actos jurisdiccionales del Tribunal Supremo, la igualdad de los españoles, la paz social, la convivencia cordial entre ciudadanos de distintas regiones, la seguridad jurídica, la sensatez, la esperanza…), no le interesa nada de todo esto, lo único que quiere es seguir cagando en el wáter de oro de La Moncloa, mear en el césped artificial con luz y música de los jardines de palacio y poner los cataplines en el forro perfumado de los asientos de un avión del ejército a su servicio. Le da igual la deuda pública, el déficit, el paro, los ERTE (tan bien explicados por su ministra Yolanda Díaz), las memeces que nos abochornan sobre el lenguaje inclusivo, el desastre de las relaciones internacionales, la creciente intensidad de la publicidad televisiva letal para los ludópatas y el grado de acidez de los boquerones en vinagre. Nada, nada, nada tiene más importancia para el traidor Sánchez que seguir aferrado al bajante pestilente de La Moncloa.
Es tan inexplicable su plan libertador que solo podemos hacer justicia sobre su perpetración pensando que lo único que parará a Sánchez será el dictado soberano de todos los españoles en las urnas. Que no se nos olvide. Sánchez es nada. Nada más.





