Los pacientes que sufren demencia senil y hasta la enfermedad de alzheimer suelen registrar a menudo pérdidas severas de la memoria cercana, pero conservan intactos recuerdos lejanos, de muchos años atrás.
Se diría que la izquierda española está aquejada de este síndrome en materia de víctimas, pues desde Zapatero a nuestros días parece haber perdido por completo la empatía por el dolor de la víctimas recientes y conserva en cambio una extrema y deformante facultad para rememorar el dolor de hechos muy lejanos que ya no están presentes en la vida de nadie.
Es una hemiplejia moral, desde luego, una patología, pero es, sobre todo, una mera corrupción de intereses muy común en los desclasados y en las señoritingas remilgadas, que acostumbran a entregar hasta el virgo de sus madres y el suyo propio al poderoso o al señorito de turno porque esperan obtener a cambio una recompensa bastarda, pero ponen el grito en el cielo si un ‘quidam’ le tiende honestamente un abrigo para que se cubra del frío o se ofrece para ayudarle a cruzar la calle.
Demasiados intereses bastardos acumula ya el PSOE a lo largo de toda su historia como para que vuelva ahora a las andadas asimétricas con catalanes y vascos respecto del resto de España, pero más aún si esa misma asimetría la aplica sobre las víctimas mortales y morales de un terrorismo demente que ni siquiera equivalió a las acciones de una guerra que el propio PSOE se encargó de invocar y convocar sin descanso como el chamán de una ouija aparatosa y sangrienta.
No, esto no es política, sino el prolegómeno de una agresión sin límite que desemboca en el infierno, porque la política no es una confrontación de personas, sino de ideas, y lo que busca el PSOE es una demonización y una alianza alternante de nombres que le sirvan a sí mismo para mantenerse en el poder y no una resolución de ideas y argumentos…
Sánchez carece de ideario y, si éste que le muestro no le gusta (o mejor, no me vale para sostenerme) tengo otro, porque no hay nada en este mundo que esté por encima de su mismo interés personal, lo cual incluye traicionar todos los principios y renegar hasta de los muertos habidos en sus filas, incapaces de entender todavía desde el purgatorio de la memoria que entregaron su sangre no en favor de la democracia, sino en favor de los intereses particulares de un tipo que les sucedería y les traicionaría a todos ellos con nombre propio.
El coste fue muy alto, no sólo en número de víctimas, sino también porque colocó a varios Gobiernos del PSOE de aquel entonces en el dilema trágico de emprender acciones de guerra sucia contra el terrorismo vasco y contra el autodenominado «anti fascista», modelo que de todos modos ya habían ejercitado otras democracias, como la alemana o la francesa, manchándose así las manos con la doble condena de los muertos propios acumulados y los ejecutados con dinero del Estado.
Me refiero a que víctimas de aquella ETA fueron los masacrados por la banda asesina en todas las ocasiones, así como los ciudadanos vascos que día a día vivieron con la sombra del miedo y el silencio en sus calles, pero también lo fueron en alguna medida ministros y altos cargos socialistas, que pagaron con privación de libertad el servicio que sintieron la necesidad de prestar a la democracia para librarnos a todos de aquella lacra insufrible y cobarde que ataba con alambre las muñecas de sus víctimas y exigía chantajes antes de arrancarles la vida.
Nada de aquello le importa a Sánchez, quien ahora ha olido la oportunidad de trasladar su voz minoritaria a un pacto en el País Vasco con los mismos que asesinaron a los suyos sin piedad y sin descanso y que llevaron muchas veces a la democracia española incluso al borde del naufragio.
No es política, es sólo la supervivencia de Sánchez, aquejado de un alzheimer feroz, procurándose resguardo.
He dicho.





