
Me acerqué el viernes hasta el Monasterio de San Leandro, porque me dijeron que en su entrada se pone un tenderete repleto de productos que elaboran las monjas agustinas. Me traje pestiños, yemas y magdalenas. Pero también eché al zurrón de mi corazón, la desazón que me produjo el ver cómo deben seguir batallando estas valientes religiosas para que sus instalaciones puedan lucir con el máximo esplendor.





