
El mundo de los claustros femeninos, durante el periodo que nos ocupa y así desde su fundación hasta nuestros días, hace de ellos la caja de resonancia de la sociedad civil de la ciudad en la que se encuentran. Al igual que en lo social y económico estaban constituidos por un entramado de relaciones y dependencias con lo urbano, en lo devocional constituyen pequeños centros de piedad popular que reproducen los modelos piadosos de la urbe en la que se encuentran. Con múltiples variantes y objeciones las clausuras se vieron sometidas a un variopinto conjunto de influencias que generaron en ellas pequeños núcleos urbanos dentro de lo urbano. Centros paralelos, pero al mismo tiempo vinculados entre sí. No puede quedar más patente, observando y analizando su imaginería devocional y sus advocaciones, que los mismos fueron el eco del sentir y padecer de la urbe, mostrando claramente el reflejo de lo que socialmente estaba ocurriendo.
Hoy los monasterios de clausura buscan una nueva integración con lo urbano y viviendo desde su retiro espiritual dentro de sus muros se ven obligadas a salir para despertar la conciencia social. En este caso el Real Monasterio de San Leandro se engalana espiritualmente cada año para la fiesta del Corpus Christi, viviéndolo en lo íntimo de su comunidad. Sin embargo, este año haciéndose eco de lo urbano por primera vez, las madres agustinas exornarán las calles para el paso del Señor cediendo el ajuar de su legado histórico-artístico. Las religiosas de San Leandro vuelven a hacerse presentes en la ciudad que las acoge y montarán el escaparate de la calle Francos, número tres. La tienda de trajes de flamenca de Mari Cruz Palacios, no solo les cede su espacio, sino que su propietario se ha implicado personalmente facilitando en todo el montaje que se ha realizado por un grupo de fieles del monasterio.
El altar efímero se ha levantado sobre el conjunto de frontales del juego del monumento eucarístico de la comunidad agustiniana. Estas tablas dieciochescas doradas con oro fino se entrelazan con los cristales en torno al escudo de San Leandro. Sobre el mismo se dispone el templete de su paso de Corpus, con cuatro balaustres y cúpula rematada por el Corazón de Jesús. Bajo el mismo se coloca la imagen que preside el altar, el Santísimo Niño Jesús de Praga, obra cercana a Juan Martínez Montañés de gran devoción entre las religiosas. Este se encuentra revestido de blanco con bordados de canutillo y espejuelos dieciochescos realizados por las monjas antiguas. A ambos lados la alegoría del pan y el vino. A la izquierda una Sacra del Setecientos alude al momento de la consagración del pan. Las inmutables palabras de la consagración, “Hoc est enim corpus meum”, tras ellas se alza la sagrada forma, cuerpo verdadero de Cristo. A la izquierda las uvas se disponen en torno al vaso de su consagración, verdadera sangre de Cristo. Todo el altar se reviste de blancos manteles, velas y flores naturales, destacando distintos juegos de flores de talco realizadas en el taller conventual y dispuestas en jarrones isabelinos, tan de conventos.
Finalmente, no podía faltar el fundador de la Orden de San Agustín, el glorioso doctor, Agustín de Hipona, aparece en una pintura del Setecientos que representa el milagro del Niño de la concha relacionado con el tratado de la Santísima Trinidad. A juego con el mismo la Santísima Virgen aparece ataviada con el glorioso hábito carmelita ambos a los lados del templete. El altar se alza conforme al gusto y estilo imperecedero de los conventos, ajenos a toda moda, atemporales.
Salvador Guijo Pérez
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