Alguien que no sea el pseudo Papa Francisco tendrá que escribir un día algo enjundioso sobre la presencia de la fe y las religiones en las sociedades desde el principio de los tiempos y la necesidad de ellas que sienten todos los pueblos, incluso para negarlas las dos… Aunque más nos valdría decir el individuo, porque es consustancial a nuestra condición mortal y de ahí nadie se escapa.
Muchos pueblos a menudo tuvieron poco más que sus tradiciones y su fe para sujetarse ante los abismos inexplicables que les rodeaban y apenas sólo de manera residual quienes lograban un estatus que les permitía alejarse (siquiera en su imaginación) de los males terrenos podían permitirse cierto desapego o un descreimiento con frecuencia abarrotado de cinismo que les liberase de las condenas comunes a la plebe.
Por lo general, la gente necesitó la religión de modo inexcusable para hacer comprensible y llevadera su realidad, para conectarse con sus antepasados y consigo mismos, para rebuscar alguna trascendencia que les supliera la desconexión con su inexorable mortalidad. Además de servirles como pegamento común entre personas y grupos bajo ciertos códigos morales comunes conectados indefectiblemente con las leyes y la legitimidad.
Los tiempos cambian y las sociedades lograron desasirse de muchos de los riesgos inminentes e inmanentes que conllevaba nacer, así que la soberbia etnocéntrica de quienes, abrumados por la tecnología, el dinero y el consumismo, creyeron poder prescindir de la idea, vaga u omnipresente de Dios o de los dioses, decidieron romper amarras intelectuales con los conceptos de la religiosidad e incluso proclamaron la muerte de Dios…, una forma suprema de reconocimiento de su existencia.
Instalados en ese marasmo que les aupó al espíritu del colonialista que decían denostar, nuestros laicos de opereta se miran a sí mismos como avanzadilla mundial de una nueva raza de superhéroes capaces de prescindir de la ‘antigualla’ religiosa…, aunque lo que solemos ver es que sustituyen la religión de sus padres y sus abuelos por una acumulación de excrecencias caprichosas que cada cual adopta y adapta a su mera conveniencia, como si todo proviniese de la mera arbitrariedad, sin saber que cuando una religión desaparece, otra viene enseguida a ocupar ese lugar.
Hoy, la religión de «la nueva normalidad», proclamada por los profetillas multimillonarios de Davos y sus iglesias subsidiarias, es la agenda 2030, derivación canónica del comunismo, esa religión de dogmas, con sus paraísos prometidos, sus condenas al infierno, sus exégetas y sacerdotes, sus atavismos incontrovertibles, sus juicios morales, su proselitismo indesmayable, sus liturgias y sus ritos, sus cónclaves y conferencias interminables, sus apocalipsis y sus profecías… y con todas sus sectas (desde el feminismo al veganismo, desde el cambio climático al pacifismo primario) sometidas al poder central de las imposiciones majaderas sin demostración.
Por supuesto olvidan deliberadamente lo que dijo Hegel: “Si Lutero transformó a los curas en laicos, fue porque transformó a los laicos en curas”. Y esa es su intención, convertir en beligerantes curas arbitrarios a su masa de adeptos neoconversos, capaces de amartillar a los infieles y anatemas que discrepen o se desvíen de los dogmas proclamados por la élite garrula de la superioridad moral. Olvidan, esto sí, que ninguna religión se reinventa a sí misma desde la nada, así que resultan muy reconocibles desde antes de poner cara de felpudos serios y reñirnos a todos con su admoniciones de Gretitas («How dare you?») y de charismo amoroso como el que practican Yolichari, Irenita o Carmen Calvo.
Curiosamente, para esa súper raza de seres superiores y súper snobs, la religión (si es cristiana sobre todo) sólo sería un cúmulo de rémoras y lastres que impedirían avanzar al ser humano, sin pensar que tan a menudo la religión fue el último clavo, no siempre ardiente, al que muchos pueblos pudieron agarrarse para resistir. Lo vemos aún cuando la tierra tiembla y se desvanece bajo nuestros pies, cuando un maremoto lo arrasa todo, cuando la tragedia golpea sin piedad y los pueblos viran su mirada hacia la fe que les sostiene individualmente y como grupo ante lo incomprensible o lo inexplicado… Cuando alguna tragedia de esa clase ocurre o cuando la desgracia inadvertida se ceba con el individuo, el Estado, contingente, no necesario, puede estar o no, pero el Cielo, lo sabemos todos, seguirá ahí.
Claro que enseguida puede detectarse, como he señalado más arriba, que quienes abominan y desprecian todo eso, por lo general, se están refiriendo apenas a la religión cristiana y se apresuran a mostrar un respeto reverencial e incluso necio hacia manifestaciones más opacas, cerriles o primitivas de la religión…
Sentados en lo que consideran un estadio superior, con frecuencia se desmoronan en elogios hacia sociedades precivilizadas y las ponen como ejemplo a imitar frente al pérfido desarrollo occidental mientras son capaces de tragarse con gesto devoto y casi místico cualquier forma de ‘conocimiento’ alternativo o meramente supersticioso…
Dicho en plata, estos seres súper superiores de la muerte y porque yo lo valgo, desprecian la Semana Santa o la Navidad pero no dudan en entrar en trance o mostrarse muy respetuosos con la posición del loto, con la borrachera de un derviche o con cualquier rito así como selvático o impregnado de cierto exotismo que les fascine… O sea, son un sincero coñazo.
He dicho.





