Llegaron con sus papeles a salvarnos la comarca, con mapas muy coloridos y sonrisas pagadas. “Esto será muy ecológico”, dijo el jefe de la panda, mientras medía los olivos como quien mide una plaza (de aparcamiento). “El planeta se nos muere”, repitió otro con voz muy templada… y el primero que cayó fue el pino aquel de la cañada.
Luego siguieron las encinas que estorbaban a las placas, que el sol, según los expertos, se ofendía con tanta rama. El jilguero desde el poste miraba la gran jugada, viendo salvar a la Tierra a base de motosierra, euros y saña. El tractor iba orgulloso peinando toda la besana, dejando al campo tan limpio que ni una brizna quedaba. Pero el gasoil contamina y a las bestias no volvemos, que no está la cosa para guasas. “Esto es progreso del bueno”, dijo el listo de la bata: “que el campo ahora produce kilovatios de esperanza”.
El labrador, con su gorra de visera, mira la tierra pelada, vilmente mutilada: “Antes daba pan y aceite, ahora da luz importada”.
Las abejas se marcharon sin firmar la retirada, porque el néctar no se encuentra entre chapa y alambrada. Las ovejas preguntaban dónde estaba la cañada, pero el guarda respondía: “Zona verde, no se pasa”.
El río baja riendo de tanta mente ilustrada, pues para cuidar el monte lo primero fue arrasarla. En la tele lo celebran con sonrisas ensayadas: “España salva el planeta con energía más limpia y clara”.
Nadie habla del barbecho ni del polvo en la vaguada, ni del verano que cuece la sartén de tanta placa. Pero eso sí, en la oficina todo suena a maravilla: árbol menos, dato verde y subvención bien pagada. Y si preguntas por sombra te responden con su gracia: “No hace falta ya la encina, para eso está la placa”.
Así salvamos al mundo con moderna inteligencia: talamos toda la vida y la llamamos esperanza.
Pst: No me resisto a dejar de reproducir este magnífico extracto del libro Manual del ecologista coñazo, de Alfonso Ussía: “El ecologista sandía —muy verde por fuera, muy rojo por dentro— es el más común y organizado dentro de las corrientes del ecologismo radical. Como originario del comunismo flojo y desmurallado acostumbra a ser dogmático, pelma e intolerante. Compagina su nuevo ardor por la conservación de la naturaleza con la práctica virulenta y militante del anti-militarismo, lo que es contradictorio por otra parte. Cuando estalló la central nuclear de Chernóbil, en la todavía Unión Soviética, el sandía se quedó en casa ciego, mudo y sordo”.





