El 18 de diciembre de 1972, un joven senador norteamericano era consolado por su madre en un hospital de Delaware, tras recibir la terrible noticia de que su mujer y su hija pequeña acababan de fallecer tras un accidente de automóvil. En aquel fatídico suceso sobrevivieron sus otros dos hijos, uno de los cuáles murió de cáncer hace ahora cinco años, y el otro lucha contra su adicción al crack. Aquel senador, el sexto más joven en la historia de Norteamérica, que también padeció el infierno de un hermano alcohólico, jurará el cargo de presidente de los Estados Unidos el próximo veinte de enero.
Y es que la resiliencia, término que la psicología adoptó de la tecnología de materiales y que describe la capacidad de una persona de regresar a su estado original, después de sufrir adversidades y reveses emocionales, se nos presenta como un componente de la fortaleza, tercera de las cuatro virtudes cardinales (prudencia, justicia, fortaleza y templanza) en su acepción activa de resistir: saber aceptar los reveses, las pruebas y los sufrimientos como algo que nos transforma, pero que no nos determina.
Como relata una vieja leyenda china en la que un alto y fuerte roble despreciaba la debilidad de los juncos que había a su alrededor, la aparente fragilidad de estos se convierte en su principal cualidad para superar una tormenta que acaba tirando al roble, mientras que los juncos, tras ser doblados por el viento, vuelven a su posición original cuando éste desaparece.
Algunos jóvenes leyeron por primera vez este término en la portada de un álbum de Diana Navarro, y esto me lleva a preguntarme: ¿dónde se aprende la resiliencia?, ¿quién nos la enseña?, ¿qué asignatura la incluye entre sus contenidos? No, no creo que encontremos su formación en la enseñanza oficial, sino más bien en lo que hay detrás de un sistema de creencias y de una comprensión de la vida.
En este sentido, me preocupa sobremanera como va asentándose una “generación copo de nieve” (en inglés snowflake) de jóvenes con un elevado sentido de la singularidad, vulnerables emocionalmente, que se ofenden fácilmente y son incapaces de lidiar con opiniones opuestas a las que de entrada descalifican por no identificarse con las suyas, que encajan a la perfección en esa nueva sociedad líquida de la que nos habla Bauman, basada en el individualismo y carente de aspectos sólidos, donde, según él, todo lo que tenemos es cambiante y con fecha de caducidad.
Al parecer, estos jóvenes no saben que la resilencia, de la que generalmente carecen, es una de las cuatro habilidades más valoradas en las selecciones de personal (Big Four) que llevan a cabo las grandes empresas: normal, las personas más resilientes tienen mayor equilibrio emocional frente a las situaciones de estrés, soportando mejor la presión que habrán de afrontar en su puesto de trabajo.
Por parecerme siempre la resiliencia algo vinculado a la gallardía y presencia de ánimo, que tiene a la esperanza como clave de bóveda de su existencia, no creo que sea una virtud de nuestros actuales gobernantes, que se esconden detrás de expertos inexistentes, de competencias mal repartidas o de cifras manipuladas, con opacidad en los contratos de Estado, sin buscar el consenso en la aprobación de leyes orgánicas, transfiriendo decisiones impopulares a otras instancias, encantados de haberse conocido (auto referenciados) y colocándose en fuera de juego para que no les pasen el balón, en un limbo de comodidad sin patadas, en la que los ciudadanos no sabemos a dónde vamos, pero nos tememos a dónde nos quieren llevar.
Llegados aquí, recurro a la famosa frase del canciller Otto Von Bismarck: “La nación más fuerte del mundo es, sin duda, España. Siempre ha intentado autodestruirse y nunca lo ha conseguido. El día que dejen de intentarlo, volverán a ser la vanguardia del mundo”, para relativizar la actuación de nuestros actuales políticos, tanto del gobierno como de la oposición.
Por cierto, la madre de Joe Biden, ferviente católica irlandesa, en aquella triste jornada referida al principio, entre otras palabras le dijo a su hijo: “Aunque ahora no lo entiendas ni puedas aceptarlo, debes creer que al final de todo aquello que nos parece malo, hay un bien que nos espera.”
Email Alberto Amador Tobaja aapic1956@gmail.com






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Querer poner en valor a una persona, que su mérito es ser el hombre de paja, que se ha prestado, para corromper la democracia estadounidense con el mayor fraude electoral de su historia