Desde tiempos inmemoriales anda el mundo del teatro lamentándose por la grave crisis que afectaría a tan noble arte; pesimismo que adolece de una visión muy limitada del concepto teatral, pues si la ampliásemos sobre ámbitos más abiertos solo cabe concluir que asistimos a un triunfal renacimiento.
Nos referimos a esos colosales y verdes escenarios con multitud de espectadores donde los movimientos de cada actor, y especialmente sus interacciones con el resto, son filmados al detalle sin que se escape el menor gesto.
Aun careciendo de estudios de arte dramático, allí encontramos a jóvenes, pero ya grandes actores, que realizan soberbias interpretaciones, fingiendo atroces padecimientos y convulsionando como endemoniados para levantarse al segundo y salir corriendo. Quizás sea esta milagrosa capacidad de curación, junto a los también milagrosos arrebatos pasionales que sienten de la noche a la mañana hacia el nuevo escudo del equipo que les paga, la mejor prueba de su elevada teatralidad.
Esta clase de actores se nos presentan como deportistas, aunque por muy musculados que se exhiban ignoran no pocas de las bases de un mínimo espíritu deportivo. Los más viejos del lugar dicen que hubo un tiempo en que se limitaban a jugar al fútbol, pero quizás solo sea otra leyenda urbana más.





