Cuentan que hubo un verano antes de todos los veranos. Nadie lo sabía entonces. Ni lo podía imaginar. Ni soñar en sus mejores sueños. Pamplona despertaba con la piedra de las fachadas de sus edificios húmeda del rocío de la madrugada. Las campanas medían el tiempo mejor que los relojes. Los hombres, y las mujeres, vestían de blanco. El vino corría por las calles antes que la sangre. Y los toros esperaban, con sus lentos movimientos, en los corrales. También ellos conocían el silencio.
En el año 1923 llegó un norteamericano a tierras navarras. Venía “ligero de equipaje” y demasiado ruido en su memoria. Había visto la guerra. La había vivido al volante de una vieja ambulancia con una cruz roja dibujada sobre un fondo blanco. Europa todavía olía a barro, a pólvora, a ciénaga, a hospitales y a gangrena. Los jóvenes caminaban como viejos. La paz era un lugar extraño. Todos fingían haber sobrevivido, pero nadie estaba seguro de haberlo hecho.
Ernest Hemingway encontró España casi por accidente. O quizá España lo encontró a él. Los Sanfermines no eran aún una fiesta, sino una antigua ceremonia que hundía sus raíces en la Edad Media. El miedo llevaba un pañuelo rojo anudado al cuello. La alegría tenía el rostro cansado de quienes conocen la resaca y el precio de seguir vivos. El amanecer comenzaba con el humo blanco de un cohete furtivo, con el olor a pólvora del alba. Después llegaban los cascos de las bestias sobre la piedra. Y las carreras. Y los gritos. Al final, el silencio otra vez.
Hemingway, con 23 años, comprendió que un hombre puede descubrir quién es en unos pocos metros. Que para ello solo bastaba un toro y la soledad del corredor entre miles de personas y seis pares de pitones. O una esquina. Bastaba el instante en que se decide no apartarse y continuar con la apuesta hasta que la ruina arrecie en la mesa de juego.
Aquella ciudad le enseñó algo que la guerra apenas había insinuado. El valor nunca vence al miedo. Caminan juntos. Siempre. Lo importante es cuál de los dos llega primero al ancho callejón de la plaza.
Hemingway volvió a París tras el canto del “Pobre de mí”. Regresó a sus cuentos y a sus libros, a las barras de la madrugada y a las terrazas donde se hablaba de libros como el que habla de las sagradas escrituras. El vino siguió corriendo por su gañote. Pero al año, regresó como regresan los exiliados a una patria que nunca fue suya. Cada verano parecía distinto. Pero era el mismo repetido 8º algo así, que canta Joaquín Sabina). Los bares seguían abiertos, las conversaciones cambiaban de dueño, el alcohol conservaba idéntico color y solo envejecían los hombres y, con ellos, sus sueños imposibles.
Y ahí, en esa marabunta de ideas y sensaciones, fue cuando escribió Fiesta (The Sun Also Rises). No escribió una novela sobre España. Escribió sobre una generación que había perdido el rumbo y buscaba un lugar donde todavía fuera posible creer en algo. En lo que fuera. Y, entre copa y copa, encontró ese lugar junto al toro bravo.
La novela cruzó el océano. Entre sus páginas viajaron Pamplona, los encierros, los toros y los toreros. Viajó una forma de entender el riesgo. Viajó el nombre de una ciudad que comenzó a existir en idiomas que nunca se habían pronunciado en Navarra. Después, muchos llegaron buscando el libro. Otros se aventuraron buscando al escritor. Casi todos acabaron encontrando una versión más limpia de sí mismos. Así comenzó una larga peregrinación tras los vuelos del capotillo de San Fermín.
Desde entonces, los veranos dejaron de pertenecer únicamente a España. El mundo empezó a mirar hacia Pamplona cada 7 de julio. Las calles se hicieron internacionales sin dejar de ser antiguas y los toros siguieron saliendo por la misma puerta. Solo cambiaron los ojos que los miraban.
Pst: Luego vendría la publicación de Muerte en la tarde (1932) y Verano peligroso (1985). Pero esa es ya otra historia.





