La academia contempla el relato como un tipo narrativo situado entre el cuento y la novela corta. Esta es la segunda acepción de la RAE, la más literaria. Sin embargo, más me interesa la tercera: “Reconstrucción discursiva de ciertos acontecimientos interpretados en favor de una ideología o de un movimiento político”. Ingenuo hasta hoy mismo, uno oía hablar del “relato” y me imaginaba que se trataba de lo primero. Les recomiendo que salgan a correr al oír el término; es todo menos inocente.
Un ejemplo brutal, pero claro. Todos tenemos una idea más o menos clara de las barbaridades de los nazis a lo largo de la Segunda Guerra Mundial. Ocasión tuve de oír el “relato” alternativo: que nunca hubo campos de exterminio, sino de trabajo, y que las muertes allí constatadas se debieron a las penurias de guerras.
El “relato” consiste en presentar un hecho innegable del modo en que tu personalidad o proyecto salgan siempre beneficiados. En esto, la personalidad psicopática es experta: explora tu debilidad o inseguridad, y te atribuye la culpabilidad de cualquier inconveniencia (magnificada a conciencia) con el fin de ahondar tu debilidad e inseguridad y, al final, reforzar tu dependencia. Seguro que esto les suena a los especialistas en maltrato.
Los terrenos de poder y decisión son un campo abonado para las personalidades psicopáticas, y la política en esto es quintaesencia (lo que no presupone que este tipo de personalidad sea condición necesaria para desarrollar una brillante carrera política). Puede, por contra, afirmarse que algo huele mal en este sentido cuando un político afirma una cosa y la contraria, para hacer al final algo completamente diferente, sustentado siempre sobre el ardor y la vigencia del “relato”. El que le conviene en cada momento.
El relato siempre lo ha justificado todo. En el medievo fue el “¡Dios lo quiere!”. Mucho más tarde, llegaron los relatos de la nación, la revolución, la lucha de clases o la pureza racial. Toda época tiene un relato o varios; mucha gente murió combatiéndolos o defendiéndolos.
Los tiempos, hoy, parecen menos dramáticos. Pero la España actual genera y digiere sus propios relatos, muchas veces de usar y tirar. Así, el relato oficial de la repetición actual, agravada y multiplicada, del cruce masivo irregular de Tarajal en 2021, realizado al mismo ejecutivo, consigue hurtar el exigir responsabilidades a Marruecos (“la excelente colaboración del reino marroquí”), eludir el análisis de la crisis de inteligencia los días previos al 30J, evitar cuestionarse lo descuidado de una frontera vulnerable y amenazada, o el replantearse la lenta e insuficiente reacción gubernamental tanto en la fase inicial como en las semanas posteriores, donde se puso de manifiesto lo engañoso del “relato” de la resolución de la crisis. Nada de lo dicho cabe en el relato. Ni siquiera la actitud de un gobierno irresponsablemente de vacaciones, desatendiendo una crisis calificada por el mismo Pedro Sánchez como «un ataque y una violación de la integridad territorial de España». Suelte usted eso, y plántese enseguida en La Mareta.
El relato oficial es otro. Mafias de seres humanos (¿ochenta mil en un día?). Efecto llamada por una sentencia concreta. Crisis de migración, que genera un problema humanitario. Resolver cuanto antes el problema de las personas mediante el traslado a la península, a repartirlos por las CCAA. Ni una autocrítica, ni el menor esbozo de responsabilidad. Rascando un poco a algún fervoroso creyente de este relato oficial, le sacas lo de un bloqueo ultraderechista europeo y transatlántico, con ramificaciones sionistas y alauitas, con el objetivo de desestabilizar al faro de progreso de Europa Occidental. Pero nada de cuestionar los bandazos, errores y debilidades del “amado líder” frente al listísimo vecino del sur.
Somos un país más libre que muchos otros, y así debe continuar. Se puede ser del Sevilla o del Betis, o pasar del fútbol. Del mismo modo, uno puede tragarse y digerir el cuento que a uno le dé la gana, sea la “España negra” o el “Imperio donde no se ponía el sol”, por poner un ejemplo.
Con todo, los hechos están ahí, y continúan desarrollándose. En artículos precedentes he esbozado una interpretación. Ello me ha valido las previsibles descalificaciones de algunos acólitos de la parroquia alternativa. He intentado mantener con ellos una relación civilizada. Confieso que es difícil: lo del relato se ha convertido en religión, pura y llanamente. Artículo de fe.
Tomando la idea del padre de las izquierdas contemporáneas: “la religión es el opio del pueblo”. Y el relato oficial así construido, difundido, servido, tragado, digerido y proclamado se convierte, casi de inmediato, en una distorsión malintencionada y torticera de la realidad. En un relato para bobos. Claro que se puede vivir muy tranquilo en el opio de la bobada. Es el ataque que la izquierda tradicional propinaba al catolicismo practicante, ¿no?





