Con esta orden interrumpió la sesión de investidura de Leopoldo Calvo Sotelo el Teniente Coronel Antonio Tejero (que acaba de fallecer), cuando accedió al hemiciclo del Congreso de los Diputados la tarde del 23 de febrero de 1981. Muchos españoles estaban con la radio encendida y se les heló la sangre al escuchar estas palabras seguidas de los disparos —de 30 a 35— de los subfusiles Z-62 y Z-70B de las fuerzas de la I Comandancia Móvil de Valdemoro de la guardia civil.
A través de las ondas de Radio Nacional de España (RNE) y de la Sociedad Española de Radiodifusión (SER) y de la recién estrenada Segunda Cadena de Televisión Española, el pueblo español fue testigo, en riguroso directo, de un Golpe de Estado, de una de las asonadas a las que España siempre fue tan aficionada. Desde aquella del 1814, que acabó con las Cortes Constituyentes de Cádiz, hasta el del Segismundo Casado —respaldado por Julián Besteiro, Melchor Rodríguez y el General Miaja— en 1939, cuando derrocaron el gobierno republicano del socialista Negrín para formar el Consejo Nacional de Defensa con el objetivo de pactar una rendición honrosa. Desde el fallido del 7 de julio 1822 hasta el del 18 de julio del 36, pasando por el de Pavía en 1874 —que puso fin a la I República—, el de Sagunto del mismo año —que supuso la restauración borbónica—, el pronunciamiento de Villacampa en 1886 —fallido intento por recuperar la República—, el de 1923 de Miguel Primo de Rivera, la Sanjuanada del 26, la Sublevación de Jaca del 30, la Sanjurjada del 32 y la Revolución de Asturias del 34.
Afición que le tenemos a quitarnos el mando unos a otros por la fuerza. La costumbre de querer arreglar los asuntos ibéricos a garrotazos, como ya lo dibujó Goya. Parece que nunca hemos sido capaces de ponernos de acuerdo hablando. Parece…
El golpe de estado más cercano en el tiempo es el del 23 de febrero de 1981. Han corrido río de tinta sobre el mismo. Se han publicado sobre el asunto más de un centenar de libros, de los cuales solo unos cuantos nos pueden servir para comenzar a comprender y vislumbrar lo que ocurrió antes, durante y después del golpe. El texto capital, bajo mi humilde opinión es “Con la venia… yo indagué el 23F” (1982), de Pilar Urbano. Que posteriormente lo completaría con “La gran desmemoria: Lo que Suárez olvidó y el Rey prefiere no recordar” (2014). Acercándose al nivel de investigación de Pilar, podemos citar “23 de febrero de 1981. El día en que fracasó el golpe de Estado” (Taurus, 2020), de Juan Francisco Fuentes y “23-F. El golpe del Rey” (Almuzara, 2020), de Antonio J. Candil. “Anatomía de un instante” (2009) de Javier Cercas, recientemente llevado a la televisión, no es más —ni menos— que una magnífica crónica de lo sucedido, pero sin aportar demasiado a lo que ya se conocía.
Por su parte, dos participantes en el golpe de estado también escribieron sobre el mismo: Álvaro Romero Ferreiro publicó “Tejero: un hombre de honor” (SND Editores, 2021) —biografía autorizada— y el Comandante Ricardo Pardo Zancada hizo lo propio en “23F. La pieza que falta” (Playa Janés, 1998) y en “23F. Las dos caras del golpe” (Altera Ediciones, 2006).
Con todo esto y con la memoria de aquella tarde fría de invierno con toda las familias en casa, pegadas a la televisión y a la radio —por donde se escuchaban marchas militares— cada uno se hizo, y se sigue haciendo, sus cábalas y sus cuentas. Sus suposiciones Sus historias. Aquella noche terminó a las una y ocho minutos, cuando el rey Juan Carlos I apareció en las pantallas de todas las televisiones de España para pronunciar el discurso que desarmaría el intento de golpe de estado. Pero la historia no se ha acabado. Quedan muchos cabos que atar aún.
Ahora seguimos como en aquel momento: quietos, expectantes… esperando a lo que nos digan los papeles que el gobierno de España va a desclasificar. A ver qué dicen, a ver qué nos cuentan. Mientras, quieto todo el mundo…





