
Dibujo de Javier Jiménez Sánchez-Dalp
Hay una Puerta Grande entre el arrabal de San Bernardo y la orilla del río, una puerta estrecha, a veces oblicua, siempre abierta. Una puerta que cada Miércoles Santo es refugio de quien trae perfumes de historias taurinas. Ahí sigue, Costanilla abajo, en los muros de una Iglesia, por donde se entra y se sale sin taleguillas de oro ni alamares.
Caridad se escribe con C mayúscula, igual que se escribe Curro Cuchares, aquel aprendiz rebelde que enmendó la plana al mismísimo Pedro Romero para empezar a convertir en leyenda el patio de un matadero. Orgulloso estará, ahora que descansa a los pies de su Señor, cuando vea que en el patio cuadrillas de la Real Maestranza no hay destellos brillantes, ese día solo cabrá la fuerza del campo, traje corto y capotes de brega; hasta Villalón tendrá envidia de la estampa.
No hagan oídos sordos al clarín seco y redondo de San Bernardo, – la leyenda – y el Amor – la tradición – , porque echaron la “pata p’adelante” a la sombra de aquella C mayúscula que dignifica al hombre y al torero.
Quiero escribir San Bernardo, pero el lápiz de mis recuerdos solo sabe escribir Vázquez. Pepe Luis, el padre, aquel Dios de la templanza, en el sillón de su casa, mientras la luz roza su rostro reverenciando la paz del maestro de un arte pleno. Miraba sus manos, y entendí por qué me contaban que mandaban tanto que hacían del albero un suelo de cristal donde mudaba en eterno lo efímero.
A Manolo sí lo vi, y no sé quién lo inventó, pero una tarde de Corpus me enseñó “el toreo que hace llorar”. “En San Bernardo se hacen las cosas así”.
Qué despacio va la gloria, y qué reloj tan distinto, ni tic-tac ni horas certeras; un reloj que mide la vida en catavinos llenos de arena.
¿Qué digo de ti, viejo amigo? Vi cómo te vestías – camisa de lino, zapatillas de lazo -, pero no eras otro hombre, solo sabias ser la armonía sin prisa, el cite sin arrogancia; al fin y al cabo tus manos juraron la tradición de una sangre. El gesto sereno, limpio y grande, del que hace de una herencia religión.
Pepe Luis, ¡qué abrazo tan grande volvería a darte!
Vuelvo a la realidad, a este tiempo de zozobra, donde a la Caridad quitaron el alma para llamarla por mil nombres.
Será el trece de octubre – vaya guasa con el día, que diría Luis León –, se abrirá la Puerta Grande, tan grande como aquella estrecha de la Cuesta del Rosario, y tan grande como la que rindió sus cerrojos a los toreros de San Bernardo.
No lo olviden, no es de hombre sabio ignorar la Caridad.

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