Desde la ventana a la que tantas veces se asomó para ver la luna o los fuegos artificiales de la feria, saltó. Sin pensarlo, con la misma celeridad con que subió las escaleras, con la misma rapidez con que cerró la puerta de casa, con la misma frialdad con la que se despidió de su abuela esa mañana para ir al colegio.
Dejó de esperar el milagro, dejó de soñar con las sonrisas cómplices de unas compañeras de clase que no eran sus amigas pero que podrían serlo algún día. Y pasaba el tiempo y ese milagro no llegaba. Ni alisándose el pelo ni llevando la falda del cole más corta… Ni fumando a la salida ni inventando un novio imaginario. Por más que empezaba a vivir cada día, cada día le volvían a cerrar las puertas de la felicidad y los cumpleaños. Por más que inventaba soluciones, los problemas ganaban terreno en el recreo y en la cocina de casa, donde mil veces intentó gritar y otras tantas se calló… Y también se calló en el colegio porque nadie hizo por escucharla… Y como ella, callaron otros y volverán a hacerlo. Y volverán a querer volar por la ventana del miedo, como el niño al que le aterran los perros y quiere un cachorro. O como el que nada tiritando una y otra vez para disimular su pánico al mar.
Y mientras se fragua la muerte en vida de unos padres, el resto damos un puñetazo en la mesa, maldecimos la crueldad adolescente de unos pocos, lloramos o escribimos y… ya. Dolor e impotencia unos días para volver a sentir dolor e impotencia dentro de unos meses. Porque la historia se repite… pasó con Clara, con Manuel, con María… Y volverá a pasar con tu nieta, tu primo o tu hijo. Volveremos a golpear la mesa y a maldecir para nada. Y ayer, hoy y mañana, otros padres morirán en vida… DEP.





