Soy un historiador que ha desarrollado sus propios principios teóricos en el estudio de la historia o investigación de los hechos. Unos principios teóricos que, sin haber sido nunca atacados de forma racional, han tenido una nula aceptación en el mundo racionalista aunque bastante en el mundo hispanoamericano donde impera el realismo mágico, según me muestran los informes de la Academia Edu, donde los tengo colgados. Pues bien, tengo claro que la teoría se ha de adaptar a los hechos, y por eso, dado que nuestro cerebro es dual (emocional y racional al mismo tiempo) tengo en cuenta que en una investigación hay que tener en cuenta esta dualidad que todo lo domina, no limitándome al lado racional, al que nuestra civilización ha dado la categoría moral de “bueno”. Si tomamos en cuenta lo que decía Ramón Reig cuando sostenía que sólo el uno por ciento de la población se mueve por motivos emocionales antes que por los racionales, me parece absurdo no tener en cuenta tales motivaciones a la hora de historiar los hechos.
Porque historiar no es determinar si algo es bueno o es malo. El historiador entiendo que si en algo se parece a un juez es sólo en el proceso de instrucción de una causa, al margen del juicio moral sujeto a la ley. No es posible contemplar la realidad sólo desde una forma de pensamiento. Es sabido que la palabra historía, derivada del ambiente judicial (hístor es el testigo), implica una búsqueda racional del pasado, una investigación lógica de lo que ha sucedido (¿Qué?, ¿Quién?, ¿Cómo?, ¿Cuándo?, ¿Dónde?, ¿Por qué?, ¿Para qué?, son preguntas que ha de formularse un historiador-investigador tras fijar los hechos para su contraste), y sin embargo cuesta trabajo desligarse de la idea de que un lugar donde han ocurrido hechos, que una comunidad considera importantes para su existencia, es un lugar per se histórico, a diferencia de otros que no lo serían tanto. Lo mismo que se puede decir de un tiempo: Está muy bien decir que algo sucedió en un momento antes del presente (BP en inglés) pero, dado que el presente siempre cambia, parece más conveniente referirnos como hito a un tiempo emocional, como puede ser el que se refiere a la huida del profeta Mohamed o al nacimiento del Cristo.
Lo que, en cualquier caso, tengo claro es que la teoría ha de sujetarse a los hechos y no al contrario. Que lo que llamamos verdad (sea racional, como tiende a considerarse entre nosotros, donde se opone a la mentira; o emocional, donde se opone al olvido, como señala la palabra griega aletheia, que es la que ha dominado siempre y que ahora toma la forma de memoria histórica) es algo que se busca en la lontananza pero que no tiene un camino claro a seguir para llegar a ella. Sin embargo somos muy aficionados a lo contrario, a ajustar la realidad a la teoría. Las ideologías buscan normalmente mejorar la vida de las comunidades, pero lo cierto es que hasta que logran -si lo hacen- imponerse, suelen causar muchos daños.
Mis estudios historiadores del pasado me han enseñado que -como me decía mi compañero Cristóbal en mis primeros años como becario en la Universidad- todas las revoluciones tienen que tener víctimas, aunque sean inocentes. Que el paso de las sociedades simples a los primeros estados (basados en el poder como algo distinto de la autoridad) siempre conllevó graves trastornos y muertes, sobre todo a los más débiles, como vemos, por ejemplo, en la Atenas de Solón y las autocracias que le sucedieron. O en el tránsito, en España, del antiguo régimen nobiliario al nuevo liberal, cuando grandes cantidades de pequeños colonos de tierras de colectividades civiles o religiosas se vieron reducidos a la condición de simples proletarios. Si se uncían voluntarios a la carroza de quien representaba a lo antiguo por algo sería. Tal vez se podría decir lo mismo hoy de quienes se ven reducidos al precariado en unas sociedades que han alcanzado niveles de riqueza antes insospechados después de haber disfrutado un cierto bienestar en el marco del liberalismo, que ahora parece haber quedado anticuado.
Ajustar la realidad a la teoría puede, a veces, resultar positivo para la mayoría, pero para comprobarlo desde luego es necesario que pase algún tiempo. Y a veces, cuando no se observa el éxito de una vía, se sigue otra, como vemos por ejemplo hoy en China, después de producir millones de víctimas. Algo muy doloroso para cualquier sociedad. Pues bien, algo similar es lo que parece estar sucediendo, hoy en día y entre nosotros, con la imposición de hecho de un nuevo concepto de vacuna antivírica basada en principios revolucionarios, como es la utilización de ácido ribonucleico utilizado como emisario, que si bien ha superado la prueba inicial entre una serie de individuos seleccionados para ello, no sabemos cuál puede ser su efecto a medio y largo plazo. Como en su día sucedió con el medicamento llamado Talidomida, que tanto dolor produjo tras ser comercializado de 1957 a 1963 como sedante y como calmante de las náuseas durante los tres primeros meses de embarazo. No suele ser lo habitual, pero soy viejo y, por razones estadísticas, no creo que dure ya mucho. Por eso prefiero no arriesgar. Al fin y al cabo sigo siendo un becario de la vida.
Las industrias farmacéuticas, conociendo lo que estoy diciendo, han pedido que se les exima de responsabilidades. Es, pues, una decisión política, no de cuidado de la salud. Y no me interesa.





