“Hasta que el pueblo las canta,
las coplas, coplas no son,
y cuando las canta el pueblo
ya nadie sabe el autor”.
Manuel Machado.

Arrimarse a Poeta flamenco. Cómo hacer letras para el cante (Colibrí Ediciones, 2025), del profesor paradeño José Cenizo Jiménez, requiere una actitud que hoy en día, por desgracia, no abunda: leer despacito, con el oído atento y el juicio despierto. No nos encontramos ante un libro de los que llenan el oído de frases hechas y de versos ripiosos. No. El libro en sí mismo es flamenco y como tal, es un museo de estampas a medio fotografiar, que el resto de la imagen corre de parte, a cargo, del lector. Un libro que precisa de una lectura activa. Y esta es una característica que gusta y que podríamos definir como fundamental, pues leer no debe ser nunca la pasividad, sino la acción de disfrutar y de querer aprender.
Desde este punto de no inacción nos enfrentamos a su lectura para tratar de describirlo tanto del derecho como del revés, como examen de conciencia estética, al modo en que don Leopoldo Alas, Clarín, entendía la literatura. Esto es; como un hecho moral del estilo.
En el prólogo, José Luis Rodríguez Ojeda lo deja claro: “esta idea de conocer y crear coplas o letras flamencas es extensible a cualquier persona de cualquier edad, en la que puede despertar la necesidad de hacer sus propias composiciones siguiendo los modelos del libro”.
Cenizo escribe desde dentro del flamenco, y ese “dentro” no es sólo conocimiento técnico o cercanía biográfica, sino una adhesión de tono. Podríamos decir que Poeta flamenco no describe el cante, sino que lo convoca; que Poeta flamenco enseña a la vez que nos hace disfrutar y recordar. La voz que recorre el libro se sabe heredera de una tradición oral y de mil horas de trabajo tratando de desentrañar el secreto de la poesía en el seno del flamenco. Aquí radica uno de los méritos de la publicación: su capacidad para transformar un arte esencialmente sonoro y efímero en una experiencia de lectura que conserva ritmo, que sugiere compás sin convertirlo en caricatura tipográfica.
Estilísticamente, Poeta flamenco posee como apoyatura fundamental: la imaginería sensorial, donde el oído manda pero no gobierna. Hay tactilidad, hay sombra, hay olor a tiempo. Sin embargo, el autor no cae en el preciosismo sino que se vuelca en la didáctica, tan necesaria siempre. Se diría que Cenizo ha aprendido del cante la virtud de la economía expresiva, que para eso se enamoró de este arte en la voz de Miguel Vargas, un cantaor que nunca quiso asomarse al efectismo, son hacerlo todo desde la verdad y la pureza. Tanto Vargas como Cenizo tienen una premisa: decir lo justo para que lo demás resuene.
Desde una perspectiva crítica estricta, Poeta flamenco destaca por su absoluta coherencia y originalidad. Se nos avisa que “está destinado al mundo de la enseñanza y del flamenco”. Pero, al final de su lectura, nos aporta más. No en vano, nos muestra una visión abierta y amplia de lo que se dice en el cante flamenco. No hay piezas sobrantes ni concesiones al efectismo. El libro se sostiene en una voz reconocible, algo cada vez menos frecuente en un panorama literario proclive a la dispersión, cuando no al copismo. Cenizo no escribe para sorprender, sino para afirmar una manera de estar en este mundo, para mostrar sendas y caminos que, no por muchas veces transitados, están aprendidos.
Volvamos a Clarín, que exigía a la literatura verdad y estilo. Y aquí las hay. Verdad entendida no como confesión biográfica, sino como adecuación entre lo que se dice y cómo se dice. Estilo no como ornamento, sino como ética de la forma. Poeta flamenco no aspira a explicar el flamenco a quien no lo conoce, ni a halagar al aficionado que quiere seguir aprendiendo.
En definitiva, el último libro de José Cenizo Jiménez se inscribe en una tradición lírica reflexiva que encuentra en el flamenco no un tema, sino una manera de pensar el lenguaje.





