¿No lo han notado ustedes?… No, no es el olor de la goma que queman los “canis” en las ilegales carreras de coches. Ni tampoco la humareda de los fines de semana que arrojan las fábricas de determinadas ciudades españolas para blanquear un poquito la contaminación que no cesa. Tampoco me huele a boñiga de vaca –no estoy en el campo, caramba-, ni a las cacas de perro que hay que saltarlas a veces hasta con pértiga. No, es otro olor. Algo que ya se está convirtiendo en etiqueta identificativa de esta tierra nuestra, en cuanto nos levantamos y abrimos las ventanas. Algo peculiar, muy peculiar, diría yo; casi una marca en los tiempos que corren. (Que no creo, desde luego, que sea ésta la mejor tarjeta de visita que se pueda exhibir ante los ojos del resto del mundo)
¿Todavía no lo notan? Al olor, me refiero. ¿Será posible? Entonces es que andan un poquito resfriados y así las narices no detectan nada de nada. O me quieren engañar y miran hacia otro lado; porque el olor, amigos, el olor ya va siendo insoportable. Y en cuestión de olores, algunos somos catedráticos. Hombre, la verdad es que no tiene semejanza esta pestilencia con ninguna otra. E intuyendo como intuyo que este aroma no se desprende, precisamente, de los trabajadores que a diario deben ganarse el pan con el sudor de sus frentes, sino que se fabrica directamente en los laboratorios oscuros de la avaricia más abyecta y anida allá en la cúspide de la pirámide, no es de extrañar que el olor de marras lo descubra el ciudadano por oleadas. Oleadas, eso sí, que emponzoñan todo lo que envuelven encrespando los ánimos más nobles.
¿Aún no lo notan? No me sean perezosos y hagan un esfuerzo, o miren de frente el panorama y huelan. Es un olor que inyecta asco, se mire como se mire, y que produce vómitos. Es el olor, estimados lectores, de quienes se saltan a la torera sus “magníficos” principios y además salen a hombros por la puerta grande, de los que ponen en solfa todos los días el verdadero sentido de la justicia, de quienes se apropian del voto y vuelcan las urnas en su propio beneficio y en el de sus allegados, de los que se creen inmortales y viven por encima del bien y por encima del mal. Es el olor de aquellos que le quieren dar la vuelta a su país inyectándole odio y violencia sin vergüenza alguna, a ver si cuela. Es el olor de la vileza, la bajeza, la ruindad, la mezquindad, el baldón, el vicio, la degeneración… Es el olor de los dioses con pies de barro, metidos a políticos, y su podredumbre.





