En los últimos tiempos, a los dirigentes de Podemos no se les cae la palabra “golpe de Estado” de la boca. Pablo Iglesias lo ha mencionado recientemente incluso en el pleno del Congreso, acusando a Teodoro García Egea, portavoz del PP, de estar maquinando para dar un golpe de Estado. Poco después, en la Mesa para la Reconstrucción de la economía, el mismo Iglesias acusó a Iván Espinosa de los Monteros, de VOX, de pretender hacer lo propio, precisando que en realidad VOX estaba deseando dar un golpe de Estado, “pero no se atrevía a hacerlo”, como si todo fuera una cuestión de testiculina. La misma acusación ha sido hecha por el vicepresidente en declaraciones a periódicos extranjeros. Alguno puede suponer que el dirigente morado no ha pensado en los pésimos efectos que pueden tener tales declaraciones en la reputación de España como país fiable al que se puede venir de visita e invertir. Si el mismo vicepresidente de un país dice a troche y moche que existe un peligro cierto de involución democrática, los hipotéticos turistas o inversores pensarán que mejor buscar un país más tranquilo al que ir de vacaciones o en el que se pueda uno dejar el dinero. A lo mejor, el Sr. Iglesias no ha caído en la cuenta, o a lo mejor sí lo tiene muy meditado y es eso precisamente lo que quiere: que no venga nadie y que nadie invierta aquí.
La misma matraca del golpe de Estado la ha retomado Alberto Garzón, quien, no contento con haber hecho una radiografía patética y denigrante del turismo nacional, la principal industria de España, ha vuelto con la misma historia acusando a la Guardia Civil de estar llena de franquistas nostálgicos que tienen tentaciones golpistas. Y es que cuando uno oye eso del golpe de Estado se nos viene a la mente la imagen de Tejero en el Congreso como un contemporáneo General Pavía secuestrando a los diputados. Todos sabemos, sin embargo, que los golpes de Estado post-modernos no se parecen a ese, ni a los diagnosticados por Curzio Malaparte en 1931, en su conocido ensayo, Técnica del golpe de Estado. Los tiempos han cambiado mucho desde entonces. En una sociedad como la nuestra, todo va a ser mucho más sutil, equívoco y envuelto en soft power. No piense usted en tropas, disparos, ni tomas de palacios de invierno. Y, sin embargo, las connotaciones que despierta la palabra siguen muy vivas en el imaginario actual. Cuando se habla de golpe de Estado en seguida se piensa en militares ultraderechistas, sin escrúpulos, uniformados y con ansias de pisotear la voluntad del pueblo.
Un golpe de Estado post-moderno se va a fundamentar, sobre todo, en un proceso similar al que se ha verificado, por ejemplo, en Venezuela. En ese país el Gobierno ha conseguido hacerse con todos los resortes del poder, demonizando a la oposición precisamente como golpista (¡qué casualidad!) y excluyéndola de toda forma de fiscalización del poder con excusas variadas. Allí fueron las crisis provocadas por los huracanes o por la bajada del precio del petróleo; en otro lugar puede ser, por ejemplo, la crisis sanitaria del COVID 19. Unos expertos sabihondos a los que nadie conoce podrían dictar unas normas precisas a las que todos deberemos rendir pleitesía. Todos los que se resistan a asumir la “nueva normalidad” recibirán una sanción correspondiente en forma de marginalidad, ninguneo y acoso físico, si fuera necesario.
En la actualidad, hacen falta mover muy pocas cosas para controlar un país. Por ejemplo, los medios de comunicación solo necesitan estar muy concentrados en favor del Gobierno y recibir suculentas subvenciones para que no sean críticos. Los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado están acostumbrados a obedecer a sus mandos, y aunque su lealtad al Gobierno a veces puede ser un poco crítica, basta con encontrar unos cuadros superiores dóciles y premiarles con una subida salarial, que tampoco tiene que ser demasiado cara. Los jueces también pueden ser un obstáculo, pero controlando la Fiscalía y la Abogacía del Estado, muchos acaban renqueando. Al final, un buen escrache funciona de manera ejemplar: señalas a uno y aterrorizas a ciento. Así se aprende la virtud de la obediencia.
Por lo demás, la situación actual parece pintiparada para quien tiene intenciones de controlar el poder, siempre que esté en determinada posición. Nunca el decreto ley ha tenido tanta utilidad en una situación como la actual, que lo mismo acaba con el sistema de clases pasivas, que sirve para nombrar a los miembros del CNI. Incluso la numérica parlamentaria les “obliga” a los miembros del Gobierno a estar en permanente diálogo con unos golpistas ya crónicos, los nacionalistas catalanes, quienes han llegado al final de su enloquecida carrera golpista y necesitan hacer algo para seguir en su eterno golpe sin fin.
Por una vez les damos la razón a los dirigentes de Unidas Podemos. Si ellos insisten tanto en el riesgo de golpe de Estado, debe ser porque conocen información privilegiada. Así que, querido lector, convénzase de que en España hay peligro real de que esté en marcha un proceso golpista.





