Todos los veranos visito el paraíso. Las playas desde la barra de Sanlúcar hasta Tarifa son de una belleza inenarrable. Y, como guinda, la amabilidad de las gaditanas gentes te eleva al mismísimo cielo.
Pero no puedo hablar igual sobre su accesibilidad. Quien firma estas líneas tiene un 98% de discapacidad y es usuaria de silla de ruedas. Con dolor de mi corazón, me veo en la obligación ética de presentar una hoja de reclamaciones en la práctica totalidad de los llamados «puntos accesibles»:
– No se me permite el baño con mi marido o hijo, sino que debe acompañarme un miembro de protección civil, como la antigua carabina que iba junto a los novios.
– Me exigen una serie se datos de carácter personal para ser usuaria de tal servicio. ¿Se los piden a vds para darse una ducha?
– Las rampas de madera suelen ser de breve anchura y distar muchísimos metros de la orilla, con el esfuerzo añadido que ello conlleva para el acceso al agua.
– Hay zonas costeras espectaculares y de extensiones kilométricas, que no se hallan dotadas siquiera de una silla anfibia, quedando vedado su disfrute por personas con movilidad reducida.
– Y un largo etcétera.
Reconozco estar cansada de poner reclamaciones y de constatar su nula virtualidad.
Y también reconozco hallarme indignada, insultada, cabreada … cuando veo la inmediatez con la que se atienden las peregrinas demandas de las feministas radicales, mientras que desde los respectivos Ayuntamientos nos dan una larga cambiada, evasivas inmisericordes y echan balones fuera a las razonables peticiones de mujeres con discapacidad, como una menda, que sencillamente pretendemos unas playas accesibles para el disfrute de todos, tengamos o no movilidad reducida.
Y para muestra, un botón. En cierta emblemática playa de Cádiz, de cuyo nombre no quiero acordarme, las integristas del hembrismo han logrado recabar varios informes del Ayuntamiento asegurando que el acceso a ella se halle dotado de «una mirada feminista». Créanselo. No es coña marinera ni letrilla de chirigota de carnaval.
«Una mirada feminista». Por favor, ¿alguien me puede explicar qué diantres conlleva tal mirada? ¡Ah! ¡Claro! Se refieren a los carteles de «Las mujeres defienden al ave hembra chorlita patinegra», que he tenido que ver en el gaditano litoral, sin que tales luchadoras por la libertad (como se hacen llamar) hayan advertido que los accesos playeros tienen hermosos escalones y barreras arquitectónicas, imposibles de superar por personas con discapacidad. Por mujeres y por hombres, lógicamente.
Y, por todo ello, acudo a este medio de comunicación con la esperanza de que despierte conciencias de los servidores públicos competentes, de modo que, más pronto que tarde, mi amada Cádiz sea un paraíso de veras. Sin tonterías de miradas féminas y monsergas,
que una sabe de lo que habla porque es mujer y se siente orgullosa de serlo. Orgullosa, que no superior. Un paraíso accesible. La gloria para todos.





