A lo largo de estas páginas, tendremos oportunidad de referirnos a una figura histórica que es recordada gracias a Jesucristo, a quien debe su fama, ya que juzgó a alguien que marcó un punto de inflexión en la Historia de la humanidad, siendo Pilatos el romano más famoso junto a Julio César.
Son muchas las fuentes que señalan (aunque sin indicios sólidos), que Pilatos era español, naciendo en concreto en Tarraco (actual Tarragona), aunque se sabe que su padre era Marco Pontius, un general al que Julio César envió a pacificar Asturias, recibiendo como distinción una jabalina (un pilum de honor), de donde Pilatos recibe su nombre. Atendiendo a sus antecedentes familiares, es lógico pensar que comenzó como soldado porque Roma exigía una cierta preparación castrense a aquellos que enviaba como gobernadores. Pilatos pertenecía a la orden ecuestre, inferior a la senatorial, motivo por el que le enviaron a Judea, una plaza de importancia estratégica aunque desprovista de toda relevancia económica o industrial, por lo que no era un destino deseable. Se puede afirmar que venía de la casta militar y no de la nobleza.
Algunos pueden negar la veracidad del relato de los Evangelios y por ende, la propia existencia de Pilatos, la cual ha quedado acreditada con la aparición de una inscripción en Cesarea en 1961, donde figuraba su nombre y aludía a su condición de prefecto de Judea, del mismo modo que recientemente (en 2018) se halló un anillo de dos mil años de antigüedad en el que se podía leer “pilato”, el cual se dató entre el siglo I a.C. y el siglo II d.C., por lo que hay una clara coincidencia cronológica.
En lo relativo al cargo que desempeñaba, fue prefecto romano de Judea entre el 26-36 d.C., manteniéndose diez años en su puesto cuando dichos cargos eran renovados cada trienio, lo que acredita que tenía capacidad de gobierno, siendo junto a Grato el prefecto que más tiempo se mantuvo en el cargo. Se puede deducir que tenía entre 30-40 años al ser de la generación posterior a Sejano, a quien le debía su cargo.
Las funciones que el prefecto desempeñaba incluían la administración de justicia (aplicaba la ley romana), la recaudación de impuestos y la dirección de las fuerzas militares, por lo que era un cargo con rango militar.
De su etapa, además del juicio a Jesucristo, no hay mucha información salvo algún desencuentro con los judíos que de no haberse solventado podría haberle costado el cargo, de hecho, se vio obligado a trasladar su puesto de mando de Cesarea a Jerusalén para controlar las revueltas. Algunos de los conflictos que han trascendido son derivados de sus intentos de romanizar Judea, tratando de introducir imágenes del César para que los judíos le prestasen adoración y exigió que el Templo aportase dinero para construir un acueducto, ya que Judea tenía abundante agua pero carecía de una red de abastecimiento. Cuando éstos se negaron, amenazó con decapitarlos y éstos les respondieron poniendo el cuello en el suelo, por lo que el prefecto no se atrevió a ejecutar su castigo, ya que llevaba semanas en el cargo y tendría que ejecutar a 6000 personas. Estos episodios contribuyeron a acrecentar el antisemitismo de Pilatos.
El prefecto tiende a ser señalado como un gobernador cruel y tiránico, pero esta visión se basa en las fuentes históricas que disponemos, es decir, Flavio Josefo y Filón de Alejandría. El primero era un judío ortodoxo y el segundo, cercano a los saduceos y anti-romano, lo que les convierte en fuentes parciales que además pretenden defender a los judíos de las acusaciones de los primeros cristianos cargando las culpas sobre los romanos.
El Sanedrín conduce a Jesucristo ante Pilatos porque era éste el único que podía condenarle a muerte. Una vez allí, Caifás le acusa de blasfemo a la ley de Moisés, algo que a Pilatos le traía sin cuidado, por lo que le acusaron de rebelión contra Roma, acusación de la que tampoco le encontró culpable una vez que le tomó declaración. Le dijeron que alborotaría Judea igual que había hecho en Galilea, por lo que cuando Pilatos le preguntó si era galileo, dedujo que la competencia para juzgarle correspondía a Herodes Antipas. Pocos días después, éste devolvió en torno burlesco a Jesús vestido de rey, lo que suponía señalar que no era en absoluto un peligro. Lo veía, por el contrario, como un farsante y un impostor, imponiéndole la túnica real, considerando que la burla era suficiente castigo. Este hecho acercó políticamente a Pilatos y Herodes, que eran enemigos.
El motivo por el que el Sanedrín planteó esta cuestión a Pilatos no era sólo porque buscasen una sentencia de muerte sino para evitar enemistarse con el pueblo que seguía a Jesús, por lo que Roma cargaría con las culpas de la decisión.
Pilatos intenta ponerle en libertad aprovechando la costumbre por la que se liberaba a un reo durante las fiestas, cuando pudo comprobar el grado de fanatismo de parte de los judíos, que preferían que se liberase a un asesino convicto como Barrabás, algo que a su vez se produce porque los seguidores de Jesús estaban dispersos y no hay nadie que pida su libertad. En este sentido, en el relato de los Evangelios, se observa una imagen de Pilatos que choca con las otras crónicas históricas, ya que se ve a alguien que actúa conforme a la ley, que deseaba hacer el bien, recto en su conducta y accesible a la idea de justicia, pero, sobre todo, temeroso de Roma, lo que pesó en que diera su brazo a torcer. No debe olvidarse que Judea era una provincia rebelde muy unida a la fe, y Pilatos quería el reconocimiento del emperador, por lo que cabría analizar la situación de debilidad en la que se encontraba, que motivó su decisión.
No sólo contaba con un limitado aparato militar sino que había caído Sejano, su principal valedor. Éste último era prefecto del pretorio y en la práctica ejercía como semi-emperador, de modo que Tiberio le cesó por extralimitarse de su autoridad y querer convertirse en emperador. Tras su caída en desgracia, sus partidarios pasaron al bando de Tiberio, mientras que Sejano fue condenado a muerte: le estrangularon y su cuerpo fue arrojado a la calle, donde una multitud lo desgarró a pedazos. Tras su muerte, se le aplicó la damnatio memoriae: se destruyeron sus estatuas, su nombre desapareció de los registros públicos y las monedas con su nombre se retiraron de la circulación, a lo que se suma que los pretorianos que le apoyaban fueron detenidos. Estos acontecimientos, indudablemente afectaron a Pilatos, ya que su padrino político había sido condenado como traidor al emperador, por lo que le interesaba mantenerse en su cargo y hacer el menor ruido posible. No sólo estaba en riesgo su cargo sino su vida, ya que Tiberio era un gobernante cruel al que le gustaba arrojar a los condenados por un barranco y presenciarlo.
Cuando Pilatos se lavó las manos no hizo más que seguir una tradición judía que simbolizaba que alguien estaba libre de culpa, en su caso, por condenar a un inocente, a lo que la muchedumbre gritó: “¡Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos!”, lo que significa que estaban tan seguros de su culpabilidad que pedían su muerte. En este sentido, cuando Pilatos ordena que azoten a Jesús pretendía que el pueblo sintiese lástima para poder ponerlo en libertad en un desesperado último intento.
Por sus intentos de salvar a Jesucristo, Pilatos es santo en la Iglesia Ortodoxa etíope, del mismo modo que su esposa Claudia Prócula, que pidió a su marido que no condenase a Jesús por un sueño que había tenido. Ésta era nieta del emperador Augusto y para los romanos los sueños eran importantes porque los consideraban profecías, comunicándose los dioses con ellos, lo que dio lugar a que Pilatos creyese que podía ser un semi-dios, ya que los dioses paganos tenían hijos en la Tierra.
Lo último que se sabe sobre Pilatos es que fue apartado de su cargo por la dureza con la que reprimió una rebelión de samaritanos, siendo cesado y volviendo a Roma para rendir cuentas sobre lo sucedido, por lo que Vitelio le sustituyó como prefecto. Tras esa travesía se le pierde el rastro, aunque los gobernadores hallados culpables eran condenados al destierro, siendo privados de sus bienes y de la ciudadanía romana, siendo éste su más probable destino, ya que el resto son leyendas que buscan llenar el vacío de la historia, siendo éstas muy variopintas. Una de ellas cuenta que Pilatos se persona ante Tiberio con la túnica de Jesús y el emperador le ordena que se despoje de ella porque no puede condenarle mientras la lleve puesta. Tras oír la sentencia, se suicida con su propio cuchillo y su cadáver es arrojado al río Tíber, donde su cuerpo causa tempestades que atrae a los demonios, aunque otras leyendas cuentan que se convierte al cristianismo y muere como mártir. Con independencia de su destino, lo que es cierto es que los romanos podían ser violentos y corruptos, pero nunca descreídos, y cuando el propio Pilatos juzgó a Jesús vio en él algo sobrenatural que se escapaba de su lógica.
De no ser por el juicio a Jesús, Pilatos hubiese caído en el olvido como un gobernador romano más entre tantos otros. Si no hubiese condenado al Mesías, no habría habido crucifixión ni resurrección. La importancia de Pilatos se aprecia en el propio Credo, cuando se recuerda que Jesucristo “fue crucificado en tiempos de Poncio Pilatos”, lo que acredita que dichos hechos tuvieron lugar en un momento y en un lugar determinado.
Bibliografía:
– Alonso Piñeiro, Armando. “Yo, Poncio Pilato. El complot de la traición”, Dunken (2006).
– Moreno-Luque Casariego, Juan Ignacio. “La decisión de Pilato”, De Buena Tinta (2013).
– Vidal, César. “Jesús, el judío”, Plaza y Janés (2010).





