Nunca imaginé que me pasaría algo parecido a lo que me ha sucedido, que fuese a recibir una resolución judicial -sentencia firme- en los términos que la he recibido, teniéndome como me tengo por una persona normal que acude diariamente a su trabajo y que paga lo que come, lo que bebe, los seguros que me apremian, los impuestos que me fríen, la casa que habito y el lecho donde yago, y que por caprichosos avatares del ignoto destino me vi envuelto en una polémica cotidiana sin importancia que mutó a conflicto y de tal a un proceso de cuyo resultado ya les he hablado, pero que no desvelaré hasta el final del escrito para hacerme acreedor del posible interés del lector, tan exigente en esta edad de la inocente digitalización global de las redes sociales -redes inventadas hace tanto tiempo como el transcurrido desde que, por ejemplo, un grupo de cuatro o cinco vecinos se reunieron en la puerta de la casa de uno de ellos para criticar a un ausente por habérsele visto salir a deshoras de una casa que no era la suya, con el compromiso de no comentarlo con nadie, acuerdo que fue roto por cada uno de ellos a los dos minutos de disolverse el encuentro espontáneo- y, como decía, envuelto a mi pesar en una discusión con el dueño -dueña, quiero decir- de un animalito de cuatro patas, rabo y proliferante de sonidos que quieren decir ¡guau! ¡guau!, por el simple y simpático comentario hecho por mí aludiendo a la indumentaria del cánido, al que le habían encasquetado un traje hortera azul y verde, -muerde-, con remates de faralaes en los ajustes bajos de las cuatro patas y encaje plisado a la usanza de un traje de flamenca de corte tradicional encima de la cabeza, sobre el que dije, sin ánimo de ofender a nadie, tampoco a su dueña, “anda, ahí va la Lola Flores del barrio”, expresión desgraciada, sin duda, si nos atenemos al calvario que he tenido que pasar no solo en los primeros intercambios verbales el día de los hechos sino en los sucesivos tramos del procedimiento judicial porque la dueña de la Lola Flores del barrio -que me perdone la Lola de España- interpuso contra mí una querella criminal por un delito de odio contra un miembro de su familia -Arquímedes, que así se llamaba el perro, que además, ¡baja Dios mío”, era perra-, querella que fue admitida a trámite por el juez de guardia -ya estaría aburrido el juez- porque la señora no esperó al día siguiente sino que corrió para el juzgado después de mi comentario y de haber discutido conmigo y haberme dicho de todo (maltratador de perros, negacionista de la violencia contra los animales, machista, fascista, anti feminista…) y haber tenido que escucharme algunas cosas, también, (señora, los perros han sobrevivido perfectamente sin atuendo alguno desde que el lobo es lobo y, además, les incomodan todos los trapajos esos que les ponen, el pelo es su abrigo…), porque uno paga lo que come, lo que bebe, lo que debe y lo que no debe (ay, los impuestos confiscatorios de estos políticos aprieta pescuezos), pero no tiene ni los tímpanos ni el corazón ni el sentido común de piedra pómez que está más muerta que cualquier otra piedra, y allí que se fue la señora -nos gusta más un juzgado de guardia que un spa- a destripar el código penal contra mi soez atrevimiento por haber llamado -qué digo llamado, insultado- la Lola Flores del barrio a su vulnerable miembro familiar, con nombre de científico clásico, sin duda un hombre de principios, sosteniendo en la denuncia que mi comentario no significaba, simplemente, un comentario jocoso, ocurrente, desenfadado y trivial, que por supuesto era todas esas cosas, sino que fue un ataque deliberado con ánimo de hacer daño porque mi motivación última y rebuscada -decía la indignada “madre”- no era otra que ridiculizar con desprecio y ensañamiento a su pobre Arquímedes, ya diez años con ellos, uno más de la familia, valedor (por Arquímedes) y valedora (por ser perra) de la felicidad de todo el grupo, no sólo de los que vivían bajo el mismo techo sino de los parientes hasta el segundo grado y, por supuesto, de los vecinos y de los amigos y los vecinos de los amigos, y los amigos de sus vecinos, en fin, tuve la desgracia de referirme con mis “palabras alevosamente insultantes”, dice la sentencia, al Arquímedes farandulero más vulnerable de la historia de la humanidad, -que nos perdone Arquímedes-, expresión, la mía, que afectó a la salud mental de la “madre” de la Lola Flores del barrio, a la de su pareja (a ver qué remedio), a la de los nietos -de la de los hijos no se dice nada en la resolución judicial- y, ¡agárrate Alejandro, que entramos en un meandro!, mis culposas palabras afectaron gravemente a la salud mental de Arquímedes, que necesitó atención veterinaria especializada, rama psicológica, durante tres meses, dado que el perro, quiero decir la perra, perdió los guaus para siempre -yo creo que aquel Arquímedes era tan flojo que no había ladrado nunca, al menos eso fue lo que me llegó a través de otro vecino perrero- y vistos los hechos y los fundamentos de derecho, el juez no ha tenido más remedio que condenar y me condena al pago de las pastillas tranquilizantes que ha tenido que tomar la perra, que por el precio creo que también habré pagado las de la neurótica de su “madre”, y a la pena de realizar trabajos sociales para la comunidad durante veinte días, una hora por día, recogiendo cacas de perro de la vía pública, fallo que me parece imposible de cumplir y que a través de mi abogado se lo haré ver al juez, puesto que según la “madre” de la Lola Flores del barrio y de otras miles de madres de otros tantos Arquímedes -el amor a los perros es filosofía, pero vestirlos como personas es decadencia moral- como miembros, todos ellos, de pleno derecho de sus respectivas familias, en las calles de nuestra ciudad -dicen- no hay mierdas de perro, cacas, según el juez. ¡P´a cagarse!





