A Amada, Antonio, José Antonio y Juan Carlos, compañeros de viaje.
El panel de salidas de la noventera estación de Santa Justa parpadea con una precisión casi quirúrgica. Las estaciones de tren modernas son como las salas de los tanatorios, como las salas de espera de los hospitales, como los halls de los novísimos teatros: espaciosas, asépticas, impersonales… Pero aun así, en su ambiente se conserva algo de ritual antiguo: despedidas breves, cafés apurados con prisas, maletas que arrastran historias. Son las nueve y pocos minutos de una mañana de mayo en Sevilla y el AVE con destino a Madrid anuncia su partida puntual. Cruzamos los dedos para que la llegada también lo sea.
En el andén, entre turistas y viajeros de negocios, hay también otro tipo de pasajeros. Por ejemplo, el que viaja por una razón íntima. Este es mi caso, pues embarco para asistir al concierto de Eric Clapton en los madriles, después de más de dos décadas sin aparecer por España el que nació en 1945 en Ripley, en el condado de Surrey. Clapton es una figura que no solo pertenece a la historia del rock y del blues, sino también a la biografía emocional de varias generaciones.
El tren arranca con suavidad. En el entre tanto, nos topamos con DManuel, que viaja a Madrid para una sesión fotográfica para su próximo lanzamiento discográfico (“Me sobra quererte”). Y hablamos de Paradas, nuestro pueblo y de su familia. ¿Casualidades? ¿Causalidades?
Casi con elegancia, como si fuera el primer acorde de una larga canción. En cuestión de minutos comenzamos a dejar atrás a la ciudad. Nudos viarios, San Jerónimo, talleres, huertas… La crónica del viaje comienza aquí, entre raíles que cortan el paisaje y pensamientos que se deslizan con la misma velocidad. El AVE pronto alcanza los 200 kilómetros por hora, convirtiendo olivares, cortijos y caminos en una sucesión de pinceladas verdes y ocres.
La provincia de Córdoba es el primer cruce de fronteras. El campo se abre como una partitura repetida, ordenada en hileras de olivos que van sombreando los cerros, cada vez más valientes, más espigados. Es imposible no pensar en la disciplina, en los comienzos de todo. Como cuando un joven guitarrista británico se abría paso en la escena musical de los años sesenta formando parte de The Yardbirds, una banda que marcaría el inicio de una trayectoria excepcional. Allí comenzó a forjarse ese sonido limpio y emocional que más tarde lo distinguiría. En aquella época, en Islington (Londres) apareció aquella pintada del “Clapton is God”. Pero también fue un tiempo breve. Pronto abandonaría el grupo en busca de una mayor autenticidad en el blues.
El tren avanza, y con él la narración. En el vagón, el silencio es apenas interrumpido por el leve murmullo de conversaciones y el zumbido constante de la velocidad. Mientras tanto, en los auriculares que me he colocado nada más sentarme, suena una guitarra que ha sabido atravesar décadas. En paralelo, la carrera de Clapton continúa en la memoria: tras su salida de The Yardbirds, se uniría a John Mayall & the Bluesbreakers, donde consolidó su reputación como uno de los grandes guitarristas de blues en Europa. Aquella etapa fue, para muchos, el verdadero nacimiento del mito.
Pasa el tiempo al compás de “All Your Love”. Atravesamos ya la provincia de Ciudad Real. La llanura manchega se extiende como un lienzo inmenso bajo la luz clara del mediodía. Aquí el viaje adquiere un tono más introspectivo. La velocidad del tren contrasta con la calma del paisaje, como si el tiempo se hubiera dividido en dos ritmos distintos. Es inevitable pensar en otra etapa crucial: la formación de Cream, el supergrupo que revolucionó el rock con su potencia y virtuosismo. Junto a Jack Bruce y Ginger Baker, Clapton alcanzó una dimensión nueva, explorando improvisaciones largas, eléctricas, casi hipnóticas. Fue un éxito arrollador, pero también breve, que las tensiones internas se encargaron de disolver la banda en apenas tres años, como un azucarillo en el primer café de la mañana.
En el asiento contiguo, un pasajero hojea un periódico; más adelante, alguien consulta el móvil. La vida cotidiana sigue su curso, ajena a la carga simbólica que para algunos tiene este trayecto. Porque no todos los viajes son iguales: algunos están atravesados por la memoria. Y este lo está profundamente.
El tren continúa su marcha y, como en una crónica bien estructurada, el relato entra en una fase de transición. Tras Cream, Clapton participó en Blind Faith, otro supergrupo efímero que, pese a su corta vida, dejó una huella notable. Después vendría Derek and the Dominos, quizá una de las etapas más intensas y emocionalmente complejas de su carrera. De ahí surgiría una de sus canciones más emblemáticas —“Layla”, nacida de un amor no correspondido—, una pieza que ha acompañado a millones de humanos en sus propios desengaños.
A medida que el AVE se aproxima a la provincia de Toledo, el paisaje cambia sutilmente. Aparecen colinas suaves, tonos más secos, señales de que el destino está cerca. En paralelo, la trayectoria de Clapton también se estabiliza: su carrera en solitario, larga y diversa, lo consolida como una figura imprescindible. Pero no exenta de dificultades. Problemas personales, adicciones, pérdidas profundas… todo ello transformado en música, en canciones que han sabido convertir el dolor en belleza compartida.
La crónica del viaje no puede obviar ese componente humano. Porque si algo define tanto al trayecto Sevilla-Madrid como a la vida de Clapton es la capacidad de avanzar pese a todo, seguir adelante aunque haya que sortear las mil trabas de la vida. El tren no se detiene en las provincias que atraviesa; las bordea, las conecta, las integra en un recorrido mayor. Del mismo modo, cada etapa musical, cada grupo, cada crisis personal forma parte de un todo coherente, que termina siendo lo que es hoy en día Eric Pratick Clapton.
Madrid aparece finalmente en el horizonte. Las vías se multiplican, los edificios crecen hasta convertirse en moles de cristal y cemento, el ritmo se acelera. El AVE reduce la velocidad, como si quisiera prolongar los últimos compases de este viaje. En el interior del vagón, algunos pasajeros comienzan a recoger sus pertenencias. Yo también lo hago, pero con la sensación de haber recorrido algo más que una distancia física.
La llegada a la estación marca el final de la crónica, pero no del relato. Porque lo que espera fuera es la culminación de este trayecto: un concierto, sí, pero también un encuentro con una parte esencial de la propia vida. Ver en directo a Eric Clapton no es solo asistir a un espectáculo. Es cerrar un círculo, dar forma tangible a años de escucha, de compañía silenciosa. Nos pasamos por cualquiera de los cinco arcos de la Puerta de Alcalá, lo que dicen los que dicen que saben de esto. Que si Clapton no tiene ya nada que aportar, que escucharlo en directo es ir al Botánico a ver el esqueleto de un dinosaurio, que si es más viejo que Matusalén, que si ya no es ni la sombra de lo que era… A nosotros nos da igual. Las leyendas dicen más que cualquier mentira, por mucho que la quieran pintar de verdad.
El tren se detiene. Las puertas se abren. Madrid recibe al viajero con su pulso inconfundible. Y mientras avanzo por el andén, entre la multitud, hay una certeza que se impone con claridad: algunos viajes, aunque duren apenas unas horas y se midan en kilómetros, contienen en su interior toda una vida. Así son las peregrinaciones. Y esta es una peregrinación laica para disfrutar de las cosas de Eric Clapton.






1 Comment
Sr Pastor, CHAPEAU, a eso lo llamo yo ESCRIBIR, expresar lo más sincero en palabras y con personalidad, como el señor Clapton, con su propio estilo identificativo que le representa y diferencia de otros.
Cómo lector que suscribe y hace como propias cada línea de su articulo, me alegra comprobar que hoy día haya alguien, que más allá del ruido, de las presiones y condicionantes que nos rodean, intentando que nos metamos en su rueda y olvidemos quienes somos y aún peor, quienes éramos y que lo olvidemos, que cambiemos toda nuestra pasión por las cosas que desde chavales nos hicieron como somos, ayudándonos a sobrevivir, que abandonemos a nuestros ángeles de la guarda, que nos acompañaron y por suerte, aún lo hacen, como dice usted ,en un viaje vital a lo largo de los años, tan fieles, que ahora nos resulta imposible traicionarles y nos vamos a hacerlo. El popular dicho «renovarse o morir» tan de actualidad, que hoy día arrasa, para que aceptemos lo actual, con lo que está de moda, con lo que hace que la gente se relacione, entrar por el ojo de la aguja, para estar dentro, para ser aceptado, y no ser un inadaptado antisocial, vamos que mandes a tomar por saco a CLAPTON y todos tus otros ángeles y proclames tu amor incondicional por cualquier mindundi de hoy día, que por narices te tiene que gustar, sólo así encontrarás la felicidad entre miles de iguales que te acogerán con los brazos abiertos adorando a falsos dioses que dicen ser de oro……
No, eso no va conmigo, quizás por los valores que me enseñaron mis queridos padres, no está en mi código traicionarme a mí mismo, me quiero demasiado para dañarme y por supuesto jamás abandonar a mis ángeles y maestros que por suerte me eligieron, para protegerme unos y para enseñarme otros….
Cómo podría hacerlo si gracias a ellos estoy aún aquí y ser lo que soy?
Quizás es que me educaron en los valores de la vieja escuela, con unos códigos de conducta que hoy día parecerán caducos, pero a mí me sirven, hacen que me reconozca y pueda mirarme a los ojos en el espejo cada noche antes de dormir. Sí, con mis fallos y aciertos, con mis virtudes e imperfecciones, y a pesar de no haber podido actuar siempre de la mejor manera, creo que tengo a mis demonios atados y las paces hechas conmigo mismo. Dice uno de mis maestros, esos que nos aconsejan y dan lecciones impagables, que ése es el único camino a la felicidad, que sólo puede conseguirse con uno mismo, aceptándose y perdonándose todo lo que uno haya errado, y así quererse de forma honesta, sabiendo que ahora, actuarías de otra forma si pudieras, siendo consciente de tus errores y fallos humanos….
El maestro Swamp Dogg lo sabe, y por eso lo enseña, y el maestro Clapton también lo sabe y por ello lo transmite a todos los que queramos seguir atendiendo a sus lecciones, tantas décadas después, más sabias aún, oro puro para quien pueda o quiera asistír a sus clases, porque seguro que nos seguirán ayudando en esta vida tan cruel como maravillosa…..
Y quieren que los olvidemos?
Pretenden que sin más, y sólo por estar dentro les digamos adiós?
Qué cada uno elija su camino y tome sus propias decisiones que yo las tengo muy claras…..
Saludos y de nuevo mis felicitaciones