En ocasión anterior, la inasistencia de S.M. el Rey a la entrega de nuevos despachos de la judicatura en Barcelona en fecha tan cercana como septiembre del año pasado, el Gobierno explicó que no autorizó su presencia por motivos de «oportunidad y seguridad» para el Monarca.
Ahora, en cambio, el Gobierno no sólo autoriza, sino que más bien utiliza su asistencia y se parapeta tras la figura del Rey, también por motivos de oportunidad y seguridad, para… Pedro Sánchez.
Quizá porque no hay coj… de visitar la fábrica de SEAT en Martorell a pecho descubierto sin el envoltorio de la Monarquía y ponerse frente a los ‘uñas negras’ de la Ugetés (nuevo nombre para el mismo bochorno) y los ‘cocos’ de la factoría, que no son siempre la misma cosa que sus dirigentes en el sindicato, que estos permanecen, impasible el ademán, en la batalla del trinque y la subvención eterna.
Ni una sola huelga, ni un amago sindical, cuando las cifras alcanzan los seis millones de parados y apenas el 34% de la población (trabajadores por cuenta ajena del sector privado y autónomos) sostienen los salarios, pensiones y ayudas a la población del 66% restante. Insostenible. Y abyecto.
Con un monumental despliegue para la comitiva del presidente del gobierno, compuesta de 11 vehículos oficiales, más toda la parafernalia de francotiradores apostados en edificios estratégicos, patrullas volantes, un ejército de escoltas, corte de calles, un batallón de policía motorizada y agentes camuflados de paisano, Sánchez deja entrever cada día de manera más flagrante que es su presencia en según qué lugares la que necesita ser medida con tipómetro de cíceros y milímetros por razones de «oportunidad y seguridad».
Un presidente que en poco más de un año de gobierno vive en un particular estado de alarma, incapaz de visitar un mercado ni siquiera en campaña electoral, como aquel Rajoy al que un majareta le estampó un tortazo en Pontevedra y le partió las gafas, es un presidente de gobierno alarmante.
Fuera del Congreso, a Sánchez no lo salva de su estado de aislamiento ni siquiera toda la demagogia que son capaces de exhibir sus ministros de cuarta división y será difícil que lo volvamos a ver nunca tratando de buscar un baño de masas si no es en el contexto medido de uno de esos mítines que ahora se organizan con doce sillas asintiendo alrededor del líder, con un aforo restringidísimo bajo la excusa de la pandemia y que recuerdan tanto a la presentación de una Thermomix o de la nueva vaporeta.
Fuera de eso, a Sánchez sólo le queda el plasma teatral con maquilladoras ‘ex profeso’ y la aparición por sorpresa en eventos ficticios diseñados ad hoc, como el del otro día frente a una apisonadora, sin víctimas, himno ni bandera, o como aquella especie de aquelarre pseudomasónico con el que se pretendió rendir homenaje en julio a las víctimas de la primera ola en el Patio de la Armería del Palacio de Oriente (¿o era del «Gran Oriente»?).
Y eso que en aquellos días aún no conocíamos (aunque lo intuíamos con plena certeza) el estudio de la Universidad de Valencia que acredita que, de haber tomado las decisiones prudentes y adecuadas una semana antes del 8-M, se habrían evitado más de 20.000 muertes.
De todos modos estamos ante un tipo de un engreimiento colosal que, antes de la crisis sanitaria, se limpiaba con un pañuelo disimuladamente tras rozarle la mano a una inmigrante africana, y bajo la sospecha de reunir una aversión desmedida hacia el contacto directo con la calle, lo cual quizá le viene por carácter y desde mucho antes de acceder a la Moncloa, como le ocurre a los fulleros y a los tramposos, que rehúyen en lo posible su presencia para camuflar las intenciones.
La debilidad y pretendida especialidad de Iván Redondo es la recurrente inventiva para teatralizar las ocasiones en que el líder deba exponerse por TV ante el público y, sobre todo, anticiparse a toda costa a que un día las circunstancias, como en el capítulo primero de la serie «Black Mirror», le obliguen a bajarse los calzones ante las cámaras de Internet y de TV para zumbarse a un cerdo a cambio de su absoluta pérdida de credibilidad ante las masas.
He dicho.





