He repetido en muchas ocasiones que la mejor manera de ocultar algo importante es exponerlo a la vista de todos hasta hacerlo parecer banal o incluso conocido y aceptado de antemano. Es una fórmula magistral que aparece empleada en ciertas narraciones de las 1.001 noches y que recogió Hans Christian Andersen en el siglo XIX en su cuento titulado «El rey desnudo».
El marxismo, apoyado en el infame y desmedido manoseo retórico al que denomina «dialéctica», modelo que copió más tarde el nacional-socialismo, ha explotado sus mentiras y ocultaciones de ese modo por más de 150 años. Y ahí sigue, vendiendo mentiras insaciables e insostenibles, sin un solo ejemplo que poner ante la Historia con el que demostrar que el comunismo les arregló en algo la vida a sus súbditos (nunca ciudadanos). ¡Ni uno solo!
La existencia del régimen cubano por 67 años ininterrumpidos, con sus mentiras colosales, sus trabalenguas infantiles y su execrable lenguaje lleno de dogmas aplicados con picana a mano, porque no hay dónde enchufarlas, constituye una infamia absolutamente impresentable. Sus muchos millones de muertos, torturados, presos políticos, exiliados y represaliados, además del derrumbe a cámara de lenta de un patrimonio histórico inigualable (la dinamita en los Budas de Bamiyán resultan en comparación una nimiedad solemne), así como la vida arrastrada y aplastada de seis generaciones de cubanos, es ya una afrenta a la conciencia de cualquier ser humano cuando el marxismo isleño se aproxima al record establecido en la URSS desde 1917 a 1989.
La farsa es colosal y a la vista de todos. Ni siquiera en el período más bonancible de aquella podredumbre, cuando los soviéticos le compraban toda la producción de azúcar muy por encima de su precio y se les permitía revender a terceros países de todo el mundo el excedente de petróleo que les regalaba la URSS, Cuba logró aparentar siquiera que podría prolongarse, salvo a base de represión, adoctrinamiento y miedo.
Su participación criminal y arbitraria en toda clase de conflictos bélicos alrededor del mundo convierte a Cuba, por más que allí muevan las maracas y meneen el culo a ritmo de sandunga y salsa, en una siniestra madriguera del terror y a sus dirigentes en sanguinarios enemigos de la libertad. Y ahí sigue el régimen cubano, prolongado por un puñado de sanguijuelas que ni siquiera pueden apoyarse en las ficticias heroicidades de los dirigentes asesinos que les precedieron. El rey cubano se pasea en pelotas por La Habana desde hace 67 años y ya ni los gritos de millones de exiliados son escuchados por ningún organismo internacional.
Pero nótese la paradoja de que sobre Venezuela Occidente aún discute los resultados electorales y hasta envía observadores internacionales para rubricar la limpieza de los comicios que sabemos una farsa, porque hasta Smartmatic (hija de indra), la empresa que realizaba tradicionalmente el recuento de los votos, denunció ya en 2017 que manipulaban los resultados como les daba la gana y en estos días hemos sabido que lo siguió haciendo al menos hasta las presidenciales de 2018, a pesar de que el año anterior sus fundadores habían jurado en una rueda de prensa internacional convocada en Londres y antes en Boca Ratón (Florida), que abandonaban la gestión del recuento electoral después de casi 20 años manipulando los resultados a favor del chavismo.
Llamo la atención sobre este hecho, porque a nadie en su sano juicio se le ocurriría enviar observadores electorales a comicios de ninguna clase en Cuba, como tampoco lo harían a Arabia Saudí, a Qatar, a Irán, a Corea del Norte o a Brunei…, básicamente porque ni siquiera se convocan elecciones que pudieran merecer el apelativo de democráticas o no se reconoce derecho alguno a votar.
Visto de este modo, al chavismo le importan tres puñetas los óbices y reparos de Occidente y de sus observadores ciegos y les encanta, incluso, que María Corina o sus santos predecesores se personen en foros internacionales a repetir la monserga de que los resultados fueron amañados, pues mientras discuten de esa mierda lo que logran es legitimar al régimen mismo, convertido por ello, como mucho, en presunto o sospechoso.
Mientras siguen con la palabrería, a nadie se le ocurrirá gritar nunca lo evidente, que a la vista de todo el mundo, en La Habana como en Caracas, el rey va completamente en pelotas y se limpia la punta del cipote en las cortinas.
He dicho.





