Todos los veranos embarco con mi amigo Mario Lobo en su pesquero O terror dos mares. En la inmensidad de agua, espuma y salitre uno se siente insignificante en aquel cascarón, pero con la insondable paz de saberte sostenido por las Misericordiosas Manos de El De Arriba, Aquel que Sostiene Nuestra Existencia.
Estamos escanciándonos entre pecho y espalda veinte copas de fino de Chiclana cuando Lobo me enreda en una de esas fascinantes historias que aprendió en su Universidad… en la Universidad de su mar…
Cuentan las crónicas que allá por el año 1714, cuando el mar Caribe se hallaba infectado por arriscadas gentes filibusteras de habla holandesa e inglesa… surgió de entre la niebla el barco bucanero Whydah, capitaneado por el temible Black Bellamy, enarbolando la bandera de la caravela y los huesos, a un disparo de mosquete de un patache en el que, por una fatal casualidad, se hallaba a bordo don Diego Mendoza, Gobernador de La Española.
De nada valía oponer resistencia y comprometer las vidas de los suyos. Don Diego ordenó alzar bandera blanca a la vez que arrojaba por la borda sus ilustres ropajes y se calzaba andrajos de marinero, no fuera a ser que los asaltantes lo capturaran para exigir su rescate.
Dieguito, de once años e hijo del Gobernador, es el único que disfruta del siniestro espectáculo de aquellos pordioseros del averno, plagados de cicatrices, mugre y piojos, que saquean el barquito.
– ¡Quiero ser pirata! ¡Papá, quiero ser pirata!
El chico ha leído cuentos de aventuras de corsarios y su imaginación envuelve aquel encuentro maldito en un halo de romanticismo. Algo así como la novela de La Isla del Tesoro, pero viviéndola en persona.
– ¡Quiero ser pirata!
Don Diego le pide que guarde silencio. Pero Bellamy, fundador del código bucanero, que exigía acoger en la tripulación a cualquier varón que expresase libremente su voluntad de
hacerse Hermano de la costa, no puede obviar tan evidente deseo.
– ¡Pero si es un niño! ¡Apenas sabe atarse los cordones de los zapatos! —-protesta su padre.
Bellamy somete el tema a decisión de su tropa, en un sistema democrático totalmente extraño para las gentes del siglo XVIII.
La mayoría de esos indeseables vota a favor de incorporar al muchacho en su cuadrilla del infierno. Y Bellamy, inundado por un sentimiento de compasión, vedado a cualquier buen pirata, le dice que …
– Lo siento, señor español, pero el código es la ley de la mar.
Con el alma hecha jirones don Diego abraza a su hijo, cuelga en su cuello un escapulario de la Virgen del Carmen y mira a los ojos a Bellamy …
– Por favor, si mi hijo en alguna ocasión quiere volver a casa, le ruego que respete su voluntad. Déjelo ser libre como yo estoy haciendo ahora.
– I promise you, señor español.
Nada más poner un pie en tierra firme, el Gobernador ordena que zarpen sus navíos mas veloces y artillados, para surcar las aguas cual sabuesos, dar caza al Whydah y traerle a su hijo.
Don Diego acude a Misa diaria en La Española. Y cuando escucha la parábola del hijo pródigo, al que su padre espera cada día oteando el horizonte por si logra divisarlo, el Gobernador siente que esas sagradas palabras van dirigidas a él mismo, que se pasa las horas escudriñando
las infinitas aguas desde la almena más alta del Castillo de San Juan, o desde la cofia del navío Esperanza, en el que se embarca en la búsqueda de Dieguito.
Los primeros meses el niño vivió en una nube de ilusión su sueño de ser pirata. Pero a medida que pasan los días, el joven advierte la dureza de las arduas tareas de a bordo, en un barco que pega la escollá huyendo a todo trapo en cuanto divisan algún galeón del Gobernador. Solo de vez en cuando roban de la chalupa de cualquier pobre pescador sus sardinas y mojarras, para no desfallecer de hambre.
No. Aquella no es la vida trepidante que imaginó. Ningún enemigo le va descerrajar en el careto un tiro de mosquete que le deje tuerto y con un parche en el ojo. Ni tampoco llevará una pata de palo por perder una pierna en combate. Solo le queda trabajar como un mulo, aburrirse de puro tedio en jornadas de calma chicha y aficionarse al alcohol. Un verdadero peñazo.
De modo que, pasados cuatro años, Dieguito se arma de valor y se lo dice al capitán Bellamy …
– Quiero volver a casa.
Bellamy sabe que para devolver al niño tiene que entrar en la cueva del lobo: su barco Whydah está en búsqueda en todos los puertos de la Nueva España. Pero le hizo una promesa a don Diego y el código pirata le obliga.
De modo que de noche cerrada y cerca de la costa monta al chico en una barquita auxiliar y le pide que reme hasta la orilla … y el Whydah huye para perderse en la inmensidad oceánica.
Esa noche don Diego se halla, como todas las noches, en un duermevela, pensando en su niño. Y en entrecortados sueños intuye, o sabe, que su hijo … ¡ha vuelto!
Salta en la cama. Se echa por encima cualquier jubón y corre hacia la costa … para abrazarse con Dieguito a pie de playa.
Al día siguiente organiza una fiesta en su honor. Su hijo ha vuelto a la vida. Tal que en la parábola del hijo pródigo del Evangelio.
Me encanta esta historia de mi amigo Mario Lobo. Y toca de veras mi corazón porque solo uno sabe lo que se quiere a un hijo.
Los que somos padres llevamos en el contrato el drama que supone aceptar abnegadamente la libertad del hijo … cuando no coincide con lo que esperabas. Conocemos la esperanza desde la que uno mira, quizá durante años, el
desarrollo de tu niño a quien amas más que a tu propia vida.
Y no quedan aquí las vivencias que me trae esta historia. Me acuerdo de aquellos amigos y amigas que han pasado por el trance del fallecimiento de alguno de sus hijos y que me merecen un infinito respeto. En la quietud de mis vacaciones rezo por ellos, convencido de
que, en el misterio que es la vida, la muerte de su hijo o hija tendrá un sentido que no podemos explicar y que Nuestro Creador les dará a esos padres la paz que necesitan.
Y sigo bebiendo vino chiclanero en el bauprés del pesquero de mi amigo, con el sol arreándome fuerte en el coco.
Porque «quien no bebe no es humano«, según dice el bucanero Código. Y porque así, confiada y alegremente, me encomiendo a El De Arriba y a la Virgen del Carmen, sabiendo que siempre guían a quienes son nuestra esperanza, nuestro amor y nuestra historia: nuestros hijos.
Pepe Rodríguez Hervella: perrogrifon1965@gmail.com





