El aparente penitente, con cara de circunstancias, se acercó al confesionario, se arrodilló y comenzó a descargar su corazón, o su conciencia o su alma, no lo sabemos, no lo sabremos nunca. El cura que lo recibió con el consabido “sin pecado concebida” se sintió sorprendido por aquel visitante, inesperado, singular, y abrumado por la posible vuelta a la cordura espiritual del doliente, sobrecogido por la responsabilidad del perdón que una casualidad de la vida le había brindado aquel día, preparó su lado bueno –la oreja derecha- que era por donde mejor oía para metabolizar el detritus pecaminoso –de palabra, obra y omisión- que le echaría encima aquel presunto pecador. “Dime, hijo, dime” –dijo el confesor después de unos instantes de incertidumbre de ambos. Y el arrodillado abrió el tarro de las esencias de su estercolero interior. “He meditado mucho últimamente. Le he dado muchas vueltas a los asuntos que me enredan la voluntad. He tratado de llegar a conclusiones positivas, tratando de mejorar no solo las decisiones venideras sino las ya tomadas. No soy tan malvado como dicen las redes”. “¿Qué redes?” –le interrumpió el confesor. “Sí, digo, las redes sociales. Pero claro, se me ha de comprender. Cuando puedes hacer algo para que todo, en general, vaya mejor, tienes que hacerlo, aunque esas decisiones, colegiadas todas, perjudiquen o disgusten a unos pocos, o a unos cuantos, o bueno, aunque perjudiquen a muchos. Entiéndaseme, padre, mis pecados no es que sean errores, son cambios de parecer, porque la arena, a veces, es más valiosa que una bombona de gas, y un cojín puede ser más poderoso que un párrafo escrito en un libro, aunque este sea un libro gordo y con la letra muy pequeña, vamos, aunque estemos hablando de que ese libro sea un código, y que el código sea el penal. Le he dado muchas, muchas, muchas vueltas a las cosas antes de tirar por un lado o por otro, y, curiosamente, he comprobado que todos los caminos llegan a Moncloa, perdón, quise decir, Roma, llegan a Roma. Yo actúo por profundas convicciones. Me acusan, padre, de que no soy fiable, de que digo mentiras, cuando eso es mentira, quiero decir que las mentiras son de los otros, no mías, porque yo no miento, solo cambio de opinión. ¿Usted me comprende?”. El cura sentía que la sotana se convertía en un plumífero y empezó a sudar, tenía mucho calor, porque su digestión espiritual solo estaba hecha a pecados normales y corrientes, como mucho algún revolcón indebido, pero lo que le estaba dejando aquel personaje extraño era una enmienda a la totalidad de la conciencia, no la suya (la del cura) sino la suya, la otra (la del penitente). Le estaba dejando en el tímpano sanador de su oreja derecha una ristra de faltas y pecados, algunos imperdonables, que nada más confesarlos los desmentía y los justificaba. “Entonces, si usted cree que no son mentiras, ni traiciones, ni pecados, ni injustos penales, ¿por qué está arrodillado en este confesionario?” –pensó el confesor sin decírselo claramente al arrodillado, y no lo hizo por miedo a algún cambio de opinión ad hoc del confesante. Él –el cura- no era ningún santo, pero vivía de escuchar y perdonar, y quería seguir ganándose las habichuelas de aquella manera. Si el hombre que tenía delante era quien parecía que era, un progresista nato, no sería él –el cura- el que denunciara aquella dudosa confesión. Conocía a un colega suyo, el cura de la parroquia de al lado, que después de decir en una homilía que tal cosa que había dicho el ahora penitente era una mentira como una casa, al día siguiente le mandaron un monaguillo oficial para que, además de ayudar a misa, que por cierto no sabía, contara y guardara el cepillo de los feligreses. El cura, pues, el que le estaba confesando, no se atrevió a decir nada más, porque si era la persona que sospechaba que era, estaba ante un individuo poco fiable, peligroso, por lo tanto, que jura, pero perjura, roba, pero parece que regala, y le toca, por debajo de la mesa camilla, la rodilla a la mujer del amigo. Cuando es descubierto, niega; para ser creíble, promete; para salirse con la suya, entrega la honra de la mujer del amigo y de quien haga falta. Es tan persuasivo que, por el tono de su voz, su lenguaje corporal, y por las sonrisas tan de hormigón, el cura del confesionario aún tenía dudas sobre si era o no quien pensaba que era. Cuando llegó la hora de dictar penitencia, el cura tampoco sabía qué hacer, allí había oído cosas para mandar miles de padrenuestros y avemarías, pero no se atrevía por miedo a la fama del que acababa de confesarse sin confesar que no se había confesado. En fin, el pobre cura le dijo que todo aquello no tenía importancia, un poco de propósito de enmienda y ya está. Sin embargo, nunca creyó que podría escuchar lo que iba a escuchar de boca del absuelto: “Estoy muy arrepentido, padre, pero lo volveré a hacer”. Le dio la bendición y siguió al sujeto con la mirada, una vez que salió por la puerta de la iglesia corrió hacia ella para estar seguro de que se había marchado. El perdonado se montó en un coche que estaba aparcado en lugar prohibido y salió tranquilamente, seguido de tres coches más, por la calle de al lado que, seguro que no se dio cuenta, era contramano. El cura se santiguó y dijo para sí: “En verdad, en vedad, es el hijo de puta en el que había pensado desde el principio”. Caminó hasta el primer banco y arrodillándose, oró hasta la hora nona.





