En esta tremenda ola de calor paseaba esta mañana por donde llegan las otras olas ya desmoronándose y se ahogan, ¡pobres!, en la misma orilla. Es uno de julio. Vacaciones. Paz. Tranquilidad. Bueno, un decir, pero son días de planes distintos y buenas intenciones: flexiones y reflexiones. Me había echado crema al 50% de protección por aquello de los carcinomas, gorra enristre y descalzo como Pedro, el pescador, paseaba hacia la hora del ángelus cuando la canícula aprieta, pero no ahoga, porque siempre cuentas con una bañera inmensa a tu lado. A unos cien metros por delante de mí había una concentración considerable de gente. Bromeé conmigo mismo al pensar que quizá los congregados pudieran estar hablando o, incluso, discutiendo sobre el ingreso en prisión de la última mano derecha de Pedro, el pescador no, el político. Inevitablemente, lo primero que pensé fue en un ahogado, no en el de la mano derecha de Pedro sino en un anónimo bañista. Me sobresalté un poco.
Siempre paseo de manera sosegada, si no, no sería paseo. Habitualmente veo que la gente más que salir a pasear sale a esprintar, razón por la que es muy difícil liberarse del estrés, aunque se esté haciendo ejercicio. Después de mis auto bromas y de mi mal presagio, aunque mi paso era moderado, me encontraba ya a tiro de piedra del grupo, lo que me permitió percibir que había en él cierta agitación, en algunos bastante nerviosismo e incluso en otras personas, semblantes de incredulidad. Cobraba fuerza lo del ahogamiento. Aquellas personas, además de mirar hablaban entre ellas e incluso gritaban, pero nada iba referido al ingreso de Cerdán en el parque temático de la falta de libertad con piscina. Por fin me topé con el grupo, era más grande de lo que yo había supuesto, razón por la cual no conseguía ver cuál era el motivo de aquella concentración. En cambio, sí pude escuchar algunos comentarios que, por desgracia, se pisaban las sílabas unos a otros impidiendo con ello la nítida comprensión de lo que se decía. “Le ha pasado a un niño justo rozando la cara”, “¡Qué barbaridad!”, “Y a mí también”, “Y a mí”, “Y a esa mujer mayor”, “Madre Santísima”. En medio de todas estas airadas protestas, apartando compulsivamente la multitud ávida de mirar y de saberlo todo, apareció una mujer joven con un niño en brazos y echó a correr preguntando dónde había una ducha. No se correspondía su desparpajo histriónico con la solicitud de una ducha. Yo seguía más confundido que Sánchez en la Cumbre de la OTAN. “Ha venido de allí” -decían algunos gritando. “No, no, yo lo he visto claramente, ha venido por este lado” -decía otro señalando la dirección opuesta. “Qué más da de dónde ha venido. Lo inaceptable es que estas cosas ocurran y que las autoridades costeras, portuarias o de donde sea, no tomen cartas en el asunto de una vez por todas” -gritaba un hombre con tenor de prejubilado, pero con todo el ímpetu de un ciudadano ofendido, indignado habría que decir, que paga religiosamente sus impuestos y que está legitimado para protestar ardientemente por cosas como la que estaba sucediendo y que yo aún no había conseguido enterarme de qué se trataba. Así que pregunté a un hombre joven que había a mi lado, del que, lamentablemente, tuve que escuchar que acababa de llegar y que no sabía por qué se había parado tanta gente allí. “Igual es una medusa, no sé” -me contestó. “De ser una medusa, tendrá que ser una medusa gigante, lo digo por la gente que hay aquí” -contestó una mujer risueña que sabía del asunto tanto como nosotros, es decir, nada. Cuando llevaba unos minutos pegado al misterioso grupo -imposible penetrarlo porque la apretura de filas no me dejaba, e imposible abandonarlo porque mi curiosidad, tampoco- comprendí que el extraño objeto de la observación era algo que había sobre el agua a pocos metros de la orilla y sobre cuya naturaleza y origen había disparidad de opiniones, si bien, se había creado, grosso modo, dos corrientes de pensamiento que comenzaron a tomar cuerpo. Entre el rum rum del fondo podíamos oír el intercambio de pareceres de los más exaltados. Nuevamente, lo de siempre, una sola cuestión y dos corrientes de opinión contradictorias que, por momentos, parecían irreconciliables. “Creo que debe ser un tiburón, el año pasado apareció otro por estas playas. La discusión será, seguramente, qué tipo de escualo pueda ser. Todo español lleva un comandante Cousteau dentro” -dijo una abuelilla con un bañador chillón, pero chillón, chillón. Supongo que se lo habrían puesto sus familiares por si se perdía. Desde luego podían estar tranquilos.
Y vuelta la burra al trigo. “Es una vergüenza. Estar asustados cuando te bañas por si te topas con algo así” -gritaba otro hombre, al que pudimos oír muy bien, dado el golpe de garganta que sacó desde sus adentros. Se dispararon las salvas corales insultando a los responsables políticos, los que fueran, increpándolos con todo tipo de lindezas calificativas. “Si me llega a tocar, a rozar simplemente, me voy para el ayuntamiento y le pego fuego” -dijo otro abriéndose paso de salida entre los concentrados. La gente volvía a aplaudir con entusiasmo. Intenté aprovechar la vía abierta por el disidente para llegar hasta la orilla y enterarme de una vez de lo que ocurría, pero el canal dejado por la persona se cerró automáticamente, apretadamente, de manera que mi intento quedó otra vez en simple intención. “Esto es obra de una persona” -gritó una mujer, la cual se sintió respaldada por mucha gente y recibió un aplauso cerrado. “Pero mujer de dios, no está usted viendo el cuerpo que tiene, el color, la apretura y hasta la forma de acabado. Cómo va a ser esto producto de una persona. Seamos serios, digamos la verdad. Otra cosa distinta es que usted, por lo que sea, que ya me imagino por qué, no quiera reconocerlo” -le contestó un joven a grito pelado, también. El apoyo que recibió el muchacho quizá superara al de la mujer, lo cierto es que el aplauso sonó más y durante más tiempo que el anterior. Los dos bandos estaban ya formados, de manera espontánea, compartiendo playa y mar, pero dispuestos a discutir y a aplaudir la idea que creían más acertada de las dos lanzadas, aunque nadie estaba totalmente seguro de cuál podría ser la procedencia del elemento flotante que todos ellos contemplaban. Menos yo.
Después del apretón incondicional del ánimo de unos y otros sobre aquel punto de la playa, el grupo, sin atender indicación de nadie, fue aflojándose poco a poco como una embarazada que se desmaya, -habría cosas que hacer, digo yo-, los bañistas marcharon en busca de su sombrilla paraíso y de sus parejas que estarían ya preocupadas, otros continuaron el paseo, otros el esprint, y en menos de dos minutos la asamblea acalorada que había discutido hasta hacía unos instantes sobre un misterioso objeto que flotaba en el Atlántico, desapareció. Al ver la facilidad con la que me podía aproximar a la orilla, hasta ese momento vetada para mí, comencé a andar expectante, cauto, hacia el punto del hipotético origen de la discusión. Otro hombre me acompañó, no nos conocíamos de nada, pero cuando vimos de qué se trataba nos miramos sin dar crédito a lo que acabábamos de vivir. “¿Está usted viendo lo que yo?” -le pregunté. “Creo, amigo mío, que los dos estamos viendo lo mismo” -contestó mientras ambos rompimos a reír. El origen de la intriga y de la discusión de los concentrados no era otra cosa que un mojón, es decir, una mierda, eso sí, como una casa de grande. Nos dimos la mano, nos presentamos e intercambiamos algunas reflexiones sobre la anécdota colectiva que acabábamos de vivir. “Es evidente, por comentar la misteriosa aparición -me dijo- que es una caca humana”. “¿Humana? Querido amigo, esa tortilla con tirabuzón central y color negruzco es una mierda de perro como la copa de un pino. ¿No lo ve?” -le contesté. “La industria alimentaria de las mascotas, tras años de investigación, ha conseguido poner en el mercado unos alimentos caninos que en ningún caso pueden dar como resultado el Objeto Flotante No Identificado (OFNI) que tenemos delante de nuestras narices, por favor” -repuso mi recientísimo amigo, lo cual, además, lo dejó caer con un retintín ofensivo que no me gustó ni un pelo. De manera que no quedó ahí la cosa y repliqué. Sobre el tiempo y el tono que empleé en ello no diré nada si no es en presencia de un abogado, de oficio, porque yo abogado no tengo.
Y las vacaciones de verano del año de gracia de 2025 acaban de empezar. Sigamos.





