Así comenzaban los conciertos de Joaquín Sabina por los años noventa, chapas en las solapas de las cazadoras de cuero, cuando iba acompañado por la banda Viceversa. Pues a este grito de “ocupen su localidad”, los flamencos nos preparamos, otro año más, para vivir una nueva Bienal de Flamenco de Sevilla. Digo los flamencos porque la Bienal se ha aflamencado. Sí, sí, no me miren así. La Bienal de Flamenco se ha aflamencado porque lo que hemos sufrido en las últimas ediciones era insufrible e imposible de soportar por mucho que se quisiera justificar con lo del flamenco universal, lo del porcentaje turístico y lo de las divisas —qué antiguo es uno ya, por Dios— que dejan los guiris o los japoneses en taquilla. Que ya lo dijo el maestro Burgos, q.s.g.h, que el hall —que no la sombra— del Teatro de la Maestranza parecía, por el personal que andaba por allí, de todo menos Sevilla, cualquier ciudad del mundo antes que la que mira al río desde el Paseocolón.
Parece que desde que el nuevo —nuevo por joven y por ser su primer año— director de la Bienal, Luis Ybarra, el rumbo de la programación ha dado un giro copernicano, una pirueta con doble tirabuzón, un pase en redondo de esos interminables que se han puesto ahora tan de moda en las faenas de muleta de los toreros pegapases.
Lo cierto es que la deriva de la Bienal en manos de Chema —“que no te embarquen”, te lo advertí, pero nada, terminaron embarcándote… para Cuba— era un camino feo, que dicen en mi pueblo. Y es que el “mayor festival flamenco del mundo” no podía permitirse tanta necedad, tanta estupidez y tanta ridiculez juntas… a palás, como si programar fuera llenar una hormigonera con arena, cemento y agua. Y ea, ya está esto arrematao, que decía Rafael El Gallo.
—No des pistas de hormigoneras y flamencos no sea que cualquiera suba una a un escenario y cante por soleá al compás de la máquina.
Pues nada, que se ha confeccionado una Bienal coherente, con su faltas —como es normal— y, seguramente, con sus sobras —también normal—. Una programación flamenca para un festival flamenco que parece querer volver a sus orígenes flamencos acordándose de las peñas flamencas y los peñistas, de los aficionados flamencos cabales al fin y al cabo. Porque no olvidemos que la Bienal de Flamenco nace en las peñas flamencas y de los aficionados al flamenco. Por eso miro con buenos ojos una programación tan flamenca para la Bienal (y perdone usted tanta repetición de flamenco, pero es que es noticia).
Actividades culturales —quizás eche en falta más literatura relacionada con el flamenco—; paseos por la ciudad de los hermanos Machado —“Cuánto Manuel en Antonio y cuánto Antonio en Manuel”, que escribe José Luis Rodríguez Ojeda— con cante, toque y baile; documentales, de los que resalto el magnífico “Fernanda y Bernarda de Utrera”, de Rocío Martín; espectáculos en la calle, en los barrios, que tan sevillanos son como la misma plaza de la Campana; los encuentros entre Universidad y Flamenco diseccionando la obra y la figura del fundamental Niño Ricardo; mirar al Polígono Sur, que necesita que lo miremos más y alabemos menos con ojanas huecas… Una Bienal abierta, bien diseñada y con criterio, aunque nos hayamos quedado sin Hotel Triana y sigamos sin Lope de Vega.
El escenario está listo, los técnicos de luz y sonido prestos, los directores de escena comiéndose las uñas pero atentos, la ciudad entrando en un nuevo otoño, las espadañas blanqueadas, los cielos que perdimos los encontraremos preñados de estrellas y los artistas locos por pisar las tablas. Señoras y señores, flamencos de Sevilla: “ocupen su localidad”.





