
“Una sacudida más fuerte que las demás golpeó el avión”
Cuando era niño, ese tiempo que se riega con la gente y las cosas que harán que nuestra vida sea lo que va a ser, mis padres a veces me dejaban en casa de unos tíos para pasar unos días. Mi tío Pepe era un hombre afable, cuidadoso y quizás porque no había tenido hijos desarrolló unas capacidades que nos hacían a todos los sobrinos ir hacia él cuando lo teníamos cerca. Me enseñó a pescar, a remar en una patera con la que paseábamos por la bahía o a arreglar el pinchazo de una bicicleta con aquel papel de lija, pegamento y un parche recortado de una cámara vieja.
“De un vistazo al radar y a la posición vi que íbamos a tener problemas”
Aquella casa era muy especial. Y no porque se oyesen ruidos extraños por la noche ni porque se cayesen vasos de la alacena sin que nadie los tocase. Era especial porque estaba junto a una factoría aeronáutica construida en 1926 para la fabricación del hidroavión Dornier Do J Wal y que era única en España por su ubicación a la orilla del mar con el que se hermanaba por una rampa de hormigón que permitía la botadura de los hidroaviones; uno de los cuales fue el protagonista del raid Plus Ultra de España a Buenos Aires en 1926.
“Una de mis peores pesadillas se hacía realidad y se nos echaba encima muy de prisa”
Detrás de la casa había un enorme campo de hierba que además de servirme para jugar con Dalí, el pastor alemán de mis tíos, tendría un papel decisivo en lo que ha sido después toda mi vida y que brotó de una semilla en forma de helicóptero Sikorsky H-19 que un día allí aterrizó soplando como el levante en un callejón de Cádiz y haciendo un ruido majestuoso. Venía de Rota, la Base Naval Conjunta, para pasar alguna revisión en los talleres de la factoría.
“Hoy llevamos muchas horas de actividad y es muy tarde, espero que la adrenalina nos haga dar lo mejor de nosotros porque lo vamos a necesitar”
Ese helicóptero se quedaba solo… y con su portalón lateral abierto. Tentación insoportable para mí que con la curiosidad propia de la edad me hizo acercarme y muy impresionado pero con mucha decisión meterme dentro y contemplar ese entorno, ese decorado, que tantas sensaciones me producía. Los asientos de los pilotos elevados a un nivel superior sobre el resto de la bodega, los arneses, las telas características de los equipamientos de los aviones… yo miraba todo eso por primera vez en mi vida y estaba dentro de esa máquina, esa cosa, ese aerodino que no hablaba pero me gritaba con voz clara que allí estaba mi futuro sin que yo en aquel momento me diese cuenta de la semilla que se acababa de plantar en mí. Metal, cables y combustible en reposo pero capaces de VOLAR!!
«Han pasado muchas cosas desde que aquel crío se hermanó para siempre con la aviación”
Despegamos con el desahogo, el bienestar, que todos sentimos cuando hacemos el último salto antes de irnos a casa unos días y este era el caso. La ruta estaba despejada y era una fría noche de invierno. Ahora la luna la llevábamos un poco más a la espalda y nos dejaba ver su reflejo enorme, -desde 34.000 pies de altura el reflejo de la luna en el mar es mucho mas grande de lo que vemos en la orilla de una playa- brillante, sobre el mar Mediterráneo a lo largo de la Costa Azul mostrándonos sin necesidad de nuestros instrumentos que llegábamos a las estribaciones de los Alpes franceses.
Un avión en vuelo encierra mucha magia y muchas sensaciones que no se pueden tener en el suelo. Las regula y te las va entregando según no sé qué dosificador que a veces se abre mucho y es un chorreón de percepciones y sentimientos que cuesta poner en fila y que no se amontonen. Solo la luz muy tenue de los instrumentos de a bordo y el zumbido de los motores nos recordaban suavemente que no éramos ángeles suspendidos entre el cielo y la tierra por mor de alguna misión celestial sino aviadores contemplando como sólo está a nuestro alcance una de las maravillas del Creador.
«El porqué de mi afición a la aviación desde la más tierna infancia siempre fue un misterio para mi madre”
El cansancio me venció. Con la cabeza echada hacia atrás apoyada en el respaldo de mi asiento, cerré los ojos recreándome en pensamientos que me llevaban de aquí para allá y me quedé dormido. Aunque a muchos les pueda parecer una temeridad o les pueda escandalizar, descansar un rato y dejar el vuelo a cargo del otro piloto no solo no es una imprudencia sino que está recomendado por los especialistas aeronáuticos para mejorar las capacidades de las tripulaciones en los momentos más necesarios. A nadie le escandaliza que el capitán de un buque se retire a su cámara y deje en su lugar en el puente al primer oficial.
«No había en la familia antecedente alguno de aviadores ni nada que se le asemejase»
Cuando ya has echado canas volando no tardas mucho en darte cuenta exactamente de lo que está pasando. Ya no son aquellos tiempos felices de copiloto joven en los que no ves peligro por ninguna parte, no porque no lo haya a veces, sino porque no tienes la experiencia suficiente para evaluar correctamente la situación y además, qué demonios, a la izquierda iba siempre sentado un tipo que «seguro que esto ya lo ha vivido muchas veces». Eso pensabas.
Todo copiloto que se precie disfruta en silencio del manejo del avión cuando el comandante está frito. Y como en crucero hay poco que hacer en general, lo bueno llega cuando hay que iniciar el descenso y el «capi» no se da cuenta y sigue a lo suyo. Pedir descenso al control con voz queda, manejar con suavidad el selector de altitud y el de descenso para que los motores desaceleren lentamente y el avión baje el morro despacito, evita cambiar bruscamente el nivel de ruido en cockpit, que el avión baje con brusquedad y se despierte «el jefe».
«En los años de mi adolescencia no había, casi, literatura sobre aviación en España»
Abrí los ojos y antes de incorporarme eché un vistazo. De la oscuridad del sueño a la semi oscuridad de la cabina hay poca diferencia y los ojos ven rápidamente. Vi los altímetros girando y el variómetro indicando un régimen negativo. Estábamos bajando. En esta ruta solemos iniciar el descenso sobre los Pirineos. Control Marsella nos había autorizado descenso a nivel 230 y nos había pasado con Madrid para posteriores autorizaciones. Me incorporé despacio, puse el respaldo en posición menos relajada y bajé los brazos de mi asiento.
Había muchos relámpagos al frente!! Como un estroboscopio natural con un patrón caótico la noche se iluminaba intermitentemente pero con una frecuencia inquietante. El barrido del radar se movía lentamente de derecha a izquierda y de izquierda a derecha y pintaba muchos colores en la pantalla. Nos metíamos en una zona de tormentas justo en nuestra ruta y en descenso.
¿Encontraríamos un paso? ¿Cuál sería la base de esas nubes, de toda esa actividad? ¿Saldríamos de ellas con altura suficiente para evitar las montañas que rodean el aeropuerto de destino?




