Hay que regresar. Es el último salto de hoy.
Si te paras, si dejas de hacer algo con las manos, empiezas a notar el cansancio que ya a estas horas se va acumulando y se deja sentir pero no te lo puedes permitir.
Los que saben del tema dicen que de tres a cinco de la mañana son las peores horas, da igual cuándo hayas dormido, a esas horas el cuerpo no rinde al 100%. Y este vuelo está programado justo ahí. Así que… a aguantar.
Son rápidos aquí. Los que más. Nada más que bajan la carga que hemos traído, empiezan a cargar de nuevo el avión y eso es de agradecer; por lo menos no habrá retraso y, por tanto, más cansancio acumulado a la hora del descenso y el aterrizaje.
Hoy tenemos luna casi llena; lo que da a la noche un halo, una pátina, de reflejos y luces tibias que alejan un poco la sensación habitual de volar en un simulador sin saber si cruzas mares o montañas.
Hace un rato, mientras descendíamos, hemos cruzado los Alpes occidentales y la ausencia de nubes y la luna nos han dejado ver que ya están cubiertos por las primeras nieves. Se ve todo en tonos grises de película antigua, no hay HD por ninguna parte y aunque haya un poco de luz no hay colores.
Desde los relatos de Antoine de Saint-Exupéry, el escritor piloto o piloto escritor, reflejando en sus historias mucho más que lo expresado en “El Principito”, han cambiado mucho las cosas.
En “El Aviador”, “Piloto de Guerra” o “Vuelo nocturno” nos contaba sus sentimientos, deseos, placeres y miedos con la aviación de la hélice, los pistones, la navegación básica y la audacia personal. Las hélices soplando y peinando la hierba hacia atrás han dejado paso al agua expulsada por las turbinas secando la pista. Los pistones ahora son turbinas. La navegación por faros, carreteras o a “ojímetro” ha pasado a ejecutarse a través de esa miríada de acrónimos -RVSM, PRNAV, RNP, ILS, CAT III…- que han hecho de la aviación algo al alcance de cualquiera y mucho más seguro.
Y la audacia personal… bueno, antes los aviadores eran hombres -casi todos- que querían volar para cumplir el sueño más antiguo de la humanidad, ahora hay muchos pilotos que vuelan como medio de vida pero que no distinguen un ME-109 de un Spitfire.
Pero no todo ha cambiado tan radicalmente. Algunas cosas de entonces siguen volando aunque para encontrarlas haya que adentrarse en las almas, en los sentimientos de los que habitan esas cabinas antes tan heladoras y ahora tan calentitas.
El clic al abrochar los cinturones de seguridad es, sin variación, la antesala de una aventura. Quizás repetida. Pero muchas veces original y que te deja una huella diferente a todo lo vivido anteriormente. Cuando te amarras al avión te fundes con él. Lo que él sienta lo sentirás tú. Lo que le hagas a él te lo devolverá y te lo hará sentir a ti. De hecho es él el que se se comunica con el mundo exterior y nos hace saber a través de los cascos y el micro que ceñimos por corona lo que está sucediendo fuera. Hablamos con él y él se lo cuenta a los demás.
El avión aguanta… mucho. Pero no sabemos cuánto. Y a lo peor aguanta más que tu. No sabemos. Es capaz de tragar mucha agua, despegar hasta las trancas de peso y más helado que Pingu, sacudirse como un perro mojado o soportar que le caiga un rayo. Pero tú no aguantas tanto. Porque él no siente y tú sí. Tú te cansas y él no. Tú un día eres audaz y al siguiente prudente y el avión padece de alexitimia; lo mismo le da Juana que su hermana. Sólo necesita velocidad para irse al aire, la justa para volver al suelo y combustible para recorrer lo que hay entre esas dos circunstancias.
Sobrevivir a cada vuelo, sin la incertidumbre de los aviadores de cabina abierta a los que la luz de la luna o una noche estrellada daban la confianza de poder llegar a su destino, en nuestros tiempos es como pescar en un barril. Ningún piloto de los reactores de hoy duda de que vaya a llegar a su destino sano y salvo. Otra cosa es que a veces llegue con algunas canas nuevas.
Volar de noche siempre, te va convirtiendo en dependiente. Dependiente de los cachivaches que llevamos a bordo para poder seguir adelante, colocar esta masa de muchas toneladas desde diez kilómetros de altura y 900 kilómetros por hora en una franja de terreno de 45 metros de ancho por tres kilómetros de larga y, lo que es más divertido, ¡a la primera!
Una vez tras otra. Un vuelo tras otro. Siempre a la primera.
Para eso está esa orquesta de instrumentos, aparatos y sistemas que llevamos delante de nuestros ojos y a todo nuestro alrededor que suenan, vibran, se mueven, parpadean y nos dan toda clase de información para, si la procesamos bien y a tiempo, dejarnos en el suelo exactamente donde pretendíamos.





