Viajar por la historia

Una de mis cuatro cosas favoritas (My Favourite Things, según compusieron Richard Rodgers y Oscar Hammerstein II, cantó Julie Andrews en “Sonrisas y Lagrimas” o acarició genialmente John Coltrane con su saxo), una de las que más me gustan en esta vida, es viajar.

Las otras tres son el cine (el clásico sobre todo, es decir, hasta los años 70:  para mí los “Padrinos” 1 y 2 de Francis Ford Coppola marcan el punto y final de ese cine), la literatura (toda la buena, disculpen la indefinición) y la música, y aquí mis gustos son amplios y eclécticos, desde mis clásicos juveniles, Pink Floyd, Eagles, Bob Dylan, música electrónica, hasta mi pasión por el Jazz, el Blues, pasando por lo que se llamó música New Age o mi otra pasión musical, la música celta y la tradicional irlandesa, esta íntimamente relacionada con la primera de mis cosas preferidas, viajar. Y es que siento una atracción especial por todo lo británico y, de otra parte y sobre todo, lo irlandés.

En lo que se refiere a los viajes, nunca he entendido ni entenderé a aquellos que pudiendo hacerlo (por tener tiempo libre suficiente y medios económicos para ello) no viajan sin parar: una de mis mayores frustraciones siempre ha sido pensar en la cantidad inmensa de lugares que dejaré sin haber visto cuando me llegue la hora de partir de este mundo.

Albergo la esperanza de atenerme a aquello que dijo Chesterton: “El viajero ve lo que ve, el turista ve lo que ha venido a ver”. Y ello a pesar de las condiciones en que viajo desde hace dieciocho años: con niños…

Por el contrario, aun me asombro ante la gran cantidad de personas, son ya multitud, que viajan por el simple afán de hacerse unas fotos, sin fijarse siquiera en lo que están fotografiando sino en su pose,  en su gesto y en salir lo mejor posible para poder colgar la foto en Instagram o Facebook. El viaje se utiliza solo como un escaparate mas colorido, más exótico o simplemente diferente al habitual, como mero exhibicionismo egocéntrico ante los demás.

Decía el maestro Jardiel Poncela que viajar era “un signo de inteligencia”. A mí, viajar me proporciona la mayor de las alegrías. Tiene, por decirlo así, poder terapéutico, me sana el alma, me oxigena el espíritu, me provee de eso que a veces me falta: ganas de vivir.

Viajar, en el sentido del viajero, que no del “turista”, es de gente curiosa, ansiosa por saber, por conocer. Y no sólo paisajes, sino también a las gentes del sitio que visita, su idiosincrasia  su carácter, su hospitalidad…..y termina uno comprendiendo tantas cosas. 

Como aquello de lo falso y mendaz del “chauvinismo”. Me refiero a eso de “De Madrid al cielo” o “como Sevilla no hay nada”, etc. Por supuesto que amo mi ciudad y que no en pocas ocasiones me pongo en el lugar de un turista, un “guiri”, como decimos por estos lares, paseando por el barrio de Santa Cruz o la Catedral o cualquier otro rincón de nuestro casco histórico y pienso: si yo fuera él, estaría maravillado ante la belleza de esta ciudad… Pero eso no es óbice para que relativice. Yo pienso podría vivir estupendamente en ciudades como Roma, Edimburgo, Dublín o alguno de esos  pueblos encantadores de la campiña inglesa o la irlandesa……

En fin, viajar siempre nos enriquece si vamos con ojos curiosos y mente abierta. Con la capacidad que el viajero, raramente el turista, tiene: la de sorprenderse, la de maravillarse.

Con mi familia aproveche el último puente antes de las Navidades pasadas para volver a visitar la que, por el intenso verde de sus campos, es llamada la Isla Esmeralda, la bella tierra irlandesa, y esta vez, por motivo de horarios y, sobre todo, precios de vuelos que al viajar cinco es cuestión no baladí, elegimos como destino la ciudad de Cork, la segunda más grande de ese querido país tras Dublín.

Yo ya llevaba, además del esplendido libro de hace unos años de Antonio Rivero Taravillo que lleva por nombre “En busca de la Isla Esmeralda”, donde, a la manera de un diccionario, va desgranando todos los términos relacionados con la isla en todos sus aspectos, historia, música, literatura…que me acompaña siempre que visito esos lares, llevaba, como decía, y como suelo hacer en cada viaje, un esbozo de plan de lo que quería ver, qué incluía, aparte de la propia ciudad de Cork, las localidades cercanas de Cobh y, sobre todo, Kinsale, una pequeña población costera de casas coloridas que cuenta apenas con dos mil trescientos habitantes censados, aunque se ha transformado, gracias a sus pintorescas callejuelas y su magnífico y bello litoral en enclave turístico veraniego para los irlandeses.

La razón, aparte sus atractivos, es que tenía curiosidad, si, una de las características del viajero frente al turista, por rastrear los recuerdos y vestigios que allí hubiera sobre la batalla que lleva su nombre, la batalla de Kinsale.

He de reconocer que no sabía nada de esta batalla ni de nada de lo que la rodeaba hasta el año 1992. Ese año contaba yo con veintinueve y se celebró en Sevilla un acontecimiento que aun hoy muchos recordamos con nostalgia. La Exposición Universal, la “Expo” como todos la llamábamos. En el Teatro de la Maestranza, el día cuatro de octubre de ese año se estrenó y se interpretó por primera vez ante un público, la composición del músico irlandés Bill Whelan para una orquesta de cincuenta instrumentos que este llamó “The Seville Suite” y que llevaba cono subtítulo “Kinsale to La Coruña”. Este a la sazón sería el primer disco publicado por Whelan aunque ya antes había producido discos de muchos intérpretes de música tradicional irlandesa como Davy Spillane o Andy Irvine, entre otros.

La obra había sido encargada a Whelan por el jefe del Gobierno de la República de Irlanda (An Taoiseach en gaélico) para su estreno en el marco de la Exposición mundial. La bella composición de Whelan, posteriormente  autor de la mundialmente famosa “Riverdance”, espectáculo de danza y música tradicional irlandesa visto por millones y millones de personas en todo el mundo, me provocó la curiosidad, una vez más, por saber más de ese Kinsale que le daba título. Realmente muy pocos de los espectadores que asistieron al estreno en la Maestranza sabrían qué relación tenía Kinsale con España o, más en concreto, La Coruña.

Pero lo peor del caso es que hoy en día una aplastante mayoría de españoles siguen desconociendo este episodio, como tantos otros, de los protagonizados por España en su historia. Ello contrasta de forma sangrante con los no pocos recordatorios y vestigios que en la pequeña población de Kinsale existen de la batalla. Aunque es claro que fue mucho más importante para la futura República de Irlanda en la lucha por su independencia de Inglaterra que para los españoles, enmarcada como estuvo esa intervención de los Tercios en la enemistad profunda que existía entre Felipe II y la Corona inglesa, ello no es excusa para dejar de denunciar el escaso conocimiento de los españoles sobre su propia historia, en gran parte fomentado por los sucesivos poderes políticos y sus planes educativos, cada vez  más y más pobres.

El caso es que allí me encontraba yo con mi familia. De súbito me vi a mi mismo intentando explicar a mis hijos, más bien torpemente y ante su mirada a ratos impaciente, lo que aquella colorida y bella población de la lejana Irlanda tuvo un día que ver con España. 

Y así les conté que el Rey de España mandó a los tercios de Juan del Águila y de Francisco de Toledo, más de cuatro mil cuatrocientos hombres, con una flota de treinta y tres barcos que salió del puerto de La Coruña con la misión de tomar la ciudad de Cork, pero que un fuerte temporal dispersó las embarcaciones antes de llegar a su destino, quedando dividida de manera que nueve de ellas regresaron a España, tres llegaron a Baltimore  y el resto se refugió allí, en Kinsale donde desembarcaron en septiembre del año 1601 tres mil quinientos hombres al mando de Juan del Águila. El objetivo de la intervención de los tercios ordenada por el Rey era auxiliar a los rebeldes católicos irlandeses capitaneados por el rey “Red” Hugh O`´Donnell y Hugo O´Neill en su lucha por la independencia de Irlanda de la corona inglesa, en lo que se llamó la guerra de los Nueve Años. O´Neill había ayudado en 1588 a los náufragos españoles de la derrotada Armada Invencible y tenía por ello estrechas relaciones con España. La derrota padecida por los caudillos del Ulster a pesar de la ayuda española en las costas de Kinsale se debió en gran parte a la caballería inglesa y aunque Juan del Águila logró un favorable acuerdo con Lord Mountjoy, el jefe de las tropas inglesas, que permitió que los españoles fueran evacuados, en España se consideró que el fracaso de la intervención y la posterior capitulación habían sido negligentes, sometiéndose a Juan del Águila a un proceso a su llegada al puerto de La Coruña que no pudo culminarse por la muerte de este en agosto de 1602, antes que se pudiera celebrar el consejo de guerra. Y ello a pesar de que el capitán de los tercios sufragó de su propia bolsa un hospital de campaña para atender los soldados heridos. 

En cuanto a los rebeldes, “Red” Hugh siguió a del Águila a España y se estableció en Valladolid, donde murió por causas dudosas (¿una infección?, ¿un envenenamiento?) cuando estaba de nuevo inmerso en reunir hombres para volver a intentar la liberación de su Irlanda. O´Neill por su parte se retiró al Ulster y se rindió año y medio después de la derrota de Kinsale. 

El Ulster cayó en manos de Isabel I, conquistando toda Irlanda y se dio paso a una terrible época para los católicos irlandeses que vieron como sus tierras eran confiscadas, se les confinaba en zonas determinadas únicamente y en que matar a un irlandés se consideraba raramente delito, hasta el punto que el historiador protestante del siglo XIX, William Lecky, escribió “la matanza de irlandeses, en esa época, era literalmente considerada como una matanza de bestias salvajes”…

En fin, no albergo muchas esperanzas de que algo de lo que les conté, que fue bastante menos de lo que aquí he relatado, quedara en su memoria más allá de unos pocos minutos, los que transcurrieron hasta acogernos a una de esas deliciosas Tea Rooms para entrar en calor y tomarnos un chocolate caliente con unas pastas y hablar de que recuerdos de este viaje iban a comprarse los niños… 

Yo, por mi parte, llevaré siempre conmigo el recuerdo de esa bella costa, de ese puerto, donde un valiente grupo de españoles lucharon hombro a hombro con los aguerridos católicos de esas tierras para vencer la opresión inglesa. Hombres como Juan del Águila, valiente y generoso Maestre de Campo de los Tercios españoles, que participó en el sitio de Malta, el saqueo de Amberes o el Milagro de Empel además de en esta expedición o en la de apoyo a los católicos franceses.

O como cada uno de sus hombres, que por la mísera soldada que les pagaba la corona, luchaban hasta la muerte donde el monarca los enviara.

O como “Red” Hugh O´Donnell, el rey irlandés de cabellera roja que fue recibido con honores a su desembarco en el puerto de La Coruña, que fundó un colegio irlandés  en Santiago de Compostela, y que murió en el Castillo de Simancas con apenas treinta años, mientras esperaba reunirse con el rey Felipe III ansioso por recabar de nuevo su apoyo para continuar la lucha por la liberación de su tierra irlandesa. El príncipe luchador de Donegal.

Y del que aún hoy se pueden ver retratos en pubs católicos del Ulster en que tiene la apariencia de un príncipe de cuento de hadas. Al que Irlanda, el pueblo musical por antonomasia, el pueblo alegre y desdichado al tiempo, el que, como dijo el maestro de escritores de viajes Javier Reverte, nunca ha dejado de cantarse, no ha cesado de cantarle también a él:

“Orgullosamente suena el toque de corneta,

con voces muy altas los gritos de guerra se escuchan en la tempestad.

Avanza con rapidez el corcel por el lago Swilly

Para unirse a los grandes escuadrones

En el verde valle de Saimier….

(……..)

“¡Adelante, por Éire,

con O´Donnell a la victoria!” 

Michael McCann compuso esta balada a mediados del siglo XIX en recuerdo de la batalla de Ballyshannon (región antes llamada Saimier), ganada por “Red” Hugh O´Donnell en 1597).

Y es que, al término de cada viaje, por modesto que este sea, recuerdo y entiendo cada vez mejor esa frase de Gustave Flaubert:




 Viajar te hace modesto. Ves el pequeño espacio que ocupas en el mundo”.

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