Un tipo con suerte

“El humor es el lenguaje que emplean las personas inteligentes para entenderse con sus iguales”. Esta frase de Edgar Neville es toda una definición de su personalidad y de su actitud ante la vida.

Hoy es un genio demasiado olvidado (aunque personalmente creo que a él eso le daría igual, quería disfrutarlo todo en vida y lo demás le daba igual). Sí, porque digámoslo rápidamente:, Neville fue un genio, un genio que realizó varias de las mejores películas del cine español de los años 40, un intelectual brillante y cosmopolita, un original periodista y articulista, un brillante escritor, cuentista, dramaturgo y poeta, pero, sobre todo, un genio del saber vivir. Uno de esos escogidos que saben hacer de su existencia una historia más de las que inventan en sus escritos. En el caso de Neville el tono de esa historia sería el de una comedia, una comedia romántica y lujosa a veces, en otras una comedia loca o disparatada, casi una screwball comedy del Hollywood de esos años. Su más depurada obra maestra. 

Porque nuestro personaje era un hombre afortunado, nacido bajo una buena estrella que le acompañó durante toda su vida. Un vividor también, en el mejor sentido de la palabra (aunque “bon vivant” suena mejor), una persona a la que le gustaba exprimir cada segundo y sacar lo mejor de cada instante.

Como en el caso de otro genio contemporáneo a él, también amante de la buena vida, Agustín de Foxá, Neville eligió la diplomacia para comenzar a disfrutar de los placeres y lujos de la existencia (se ve que en aquellos años las embajadas y consulados eran los sitios ideales para gente que pretendía trabajar lo menos posible y hacer del ocio una profesión, quizá, salvo peligrosas excepciones de lugares en conflicto, aún lo sean).

Neville hizo, por tanto, de su ocio una obra de arte más, como dejó escrito en algún poema de sus últimos días:

 “Trabajé sólo en lo que me gustaba, 

y jamás hice esfuerzo extraordinario….”

 

 

Aunque en sus románticos ardores de juventud se alistó con los Húsares que se destinaban a la Guerra contra Marruecos, allí estuvo poco tiempo pues, enfermo, retorna a España y aquí da ya comienzo a esa vida bohemia que en realidad y desde siempre le había atraído. Va a las legendarias tertulias del Café Pombo y allí conoce, entre otros, a José López Rubio. Acaba su carrera de Derecho en Granada y allí frecuenta el mundillo de las tertulias literarias y el de los tablaos flamencos. En ambos mundos encuentra amigos, Lorca, Falla…

Después, aprovecha su estancia en Estados Unidos como agregado de la embajada española en Washington, a la que llego en 1927, para acercarse al  Hollywood dorado de aquellos años y meterse de lleno en ese mundo de color (aunque al cine aún tardaría en llegar y aún se filmaba en glorioso blanco y negro y sin sonido), lujo y lentejuelas, haciendo gran amistad con Charles Chaplin, Mary Pickford o su marido, el gran Douglas Fairbanks. El inmortal Charlot lo introdujo en el cine, y hasta figuró haciendo una breve aparición como guardia (un toque irónico de Chaplin, que demostraba conocerlo bien, pues nada más alejado de la personalidad de Neville que lo reglamentado) en su obra maestra “Luces de la Ciudad”. Gracias a este ilustre padrino, es contratado por la Metro Goldwyn Mayer como dialoguista y guionista, y rueda la versión en español de un par de películas americanas. Amigos suyos como José López Rubio, Luis Buñuel, Tono (el que dijo, riéndose de su grupo generacional y de el mismo, “fue nuestra generación una verdadera generación precursora, pues todavía se están riendo de nosotros“) o Enrique Jardiel Poncela llegan a Hollywood llamados por él. 

Y fue uno de esos amigos llevados a Hollywood por nuestro personaje, José López Rubio, el que acuñó, años después y con ocasión de su discurso de ingreso a la Real Academia de la Lengua en 1983, el nombre de “la otra generación del 27” para esos cinco amigos que eligieron el humor, el costumbrismo y la cercanía al público (esa cercanía al pueblo causó que Lazaro Carreter negará la condición de “Generación” como tal a la formada por estos): “Tono”, Miguel Mihura, Jardiel Poncela, el propio López Rubio y Edgar Neville. 

La trayectoria de Neville en el cine tras su regreso a España está salpicada, como dije al principio, de algunas de las mejores películas del cine español de aquellos años: “El Malvado Carabel” (1935), “La Señorita de Trevelez” (1936), “Frente de Madrid” 1939), “La torre de los siete jorobados (1944), “Domingo de carnaval“(1945), “La vida en un hilo”, mi preferida, una deliciosa comedia al nivel de las comedias hollywoodienses de la época y que podían haber protagonizado Cary Grant y Katherine Hepburn perfectamente (1945), “El crimen de la calle de Bordadores (1946), la neorrealista y, en cierta manera, ecologista “avant la lettre”, “El último caballo”(1950) con un inconmensurable Fernando Fernán Gómez o, ya casi al final de su carrera cinematográfica, “El Baile” (1959), basada en su propia obra de teatro y protagonizada, como era frecuente en su cine, por su habitual Conchita Montes, unida sentimentalmente a Neville desde el año 39 (en que, mucho más joven que él, y recién licenciada en Derecho, colaboró en el guion de “Frente de Madrid”) hasta la muerte del director y escritor, en 1967, son títulos que ocupan un lugar privilegiado en la historia del cine español. 

Pero es que como escritor y poeta también desarrolló una obra magnífica, en buena parte humorística, satírica, extravagante, y un poco o bastante surrealista, haciendo gala de una brillantez de la misma estirpe de la de Jardiel, Mihura o Muñoz Seca (en 2018, la magnífica editorial Reino de Cordelia nos regaló un magnífico volumen donde se recogían, recopilados por José María Goicoechea, cerca de cien relatos, la mayor parte de los cuales no habían sido nunca reeditados además de unos cuantos que nunca habían sido publicados más que en alguna revista olvidada). 

En cuanto a un tema controvertido como es su, digamos, talante acomodaticio, no olvidemos que su principal ocupación y desvelo en la vida era disfrutar de ella. No puedo negar que me cuesta ser crítico con Neville. Porque me resulta extraordinariamente  simpático y también porque me produce una sensación mezcla de admiración y no sé si sana o insana envidia esa capacidad de caer siempre de pie y serle grato a todo el mundo. Pero la verdad verdadera es que Edgar no tenía más religión ni ideología que el propio Edgar.

Se dice que tuvo el carnet del partido de Azaña, la Izquierda Republicana, en la República y que, durante y después de la contienda civil y a su regreso de Estados Unidos, gracias a sus contactos, amistades, verborrea e imaginación (no se en que medida cada cosa) consiguió hacerse un lugar preeminente en la España que venía. Amigos como Dionisio Ridruejo, que lo escogió para rodar documentales y noticieros propagandísticos en el frente y gracias al cual y al acuerdo que éste había firmado con Italia para rodar películas allí, pudo marchar en 1939 a Roma con su ya entonces amante Conchita Montes y alejarse del ruido y la furia que reinaban en España para rodar, mientras disfrutaban de Cinecittá, “Frente de Madrid”, basada en su propia novela. Una cinta, por cierto, que no entusiasmó en estos lares por un final un tanto conciliador entre las dos Españas en esos momentos enfrentadas (dos combatientes, cada uno de un bando, morían dándose la mano). Final al que posiblemente no fue ajeno Dionisio. 

La verdad es que luego se instaló cómodamente en la sociedad resultante de la guerra civil para no perder ni uno sólo de los privilegios y lujos de los que siempre le gustó gozar. Fernando Fernán Gómez, impresionado cuando lo conoció, escribió años después: “ya tenía perro, chalet, coche, piscina, amante, secretaria y mayordomo, cuando los demás teníamos café con leche”…

En fin, como dijo su también amigo Ramón Gómez de la Serna, parecía “criado con biberón de leche de elefante traída de la India”. 

Un personaje simpático, brillante, agudo, inteligentísimo y cosmopolita que fue pionero, entre otras cosas, en lanzar la imagen de una Marbella casi californiana, llena de lujo, fiestas interminables, elegantes damas y refinados caballeros y, sobre todo, mucho frenesí, que atrajo a toda la jet set mundial y que el disfrutó hasta el final de sus días.

Edgar se definió él mismo perfectamente en aquellos días dorados: “Nos damos la gran vida los que tenemos propensión a ello, los que gastamos todo lo que ganamos no en comprar valores ni en hacer negocios, sino en vivir como queremos”. 

A fe mía que lo consiguió. Sin hacer daño a nadie pero también procurando que no se lo hicieran a él. ¿Es eso reprochable?. 




 

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