Totalitarismos New Age

Una conocida se preguntaba hoy cómo es posible que la izquierda haya pasado del ‘prohibido prohibir’ a prohibirlo todo. La pregunta tiene todo el sentido, visto el panorama.

En realidad, el ‘prohibido prohibir’ y toda la monserga pacifista y ‘happy flower’ de finales de los sesenta (Mayo del 68) fue una excelente herramienta propagandística de la URSS para desestabilizar a Occidente desde dentro y sin pegar un tiro. Los regímenes totalitarios conocen perfectamente la fragilidad de las democracias y las sociedades abiertas y usan perfectamente su mastodóntica maquinaria propagandística para minar las instituciones democráticas.

Cuando la opción revolucionaria no es posible, queda abierta la agitación social (que en sociedades abiertas es inevitable) y después cooptación de las instituciones con la promesa de ‘regeneración’. El ‘Hombre Nuevo’ y el ‘Paraíso en la tierra’ son reclamos publicitarios muy atractivos, por eso cada nueva generación vuelve a caer en la trampa.

Eso lo vieron (tarde) hasta los fundadores de la Escuela de Frankfurt – Adorno y Habermas, no tanto Marcuse-, a pesar de haber formado parte de esa intelectualidad occidental tan comprensiva con la tiranía si esta se declaraba de izquierdas. Una intelectualidad occidental, que, por cierto, siempre ha odiado a las masas a las que pretende ilustrar. Léase a este respecto el interesante ensayo ‘Los intelectuales y las masas’ de John Carey.

Mientras las sociedades libres (o sea, Occidente) se flagelaban por sus culpas reales o imaginarias (imperialismo, colonialismo, poder nuclear…), la URSS y el resto de sistemas liberticidas aprovechaban la desestabilización interna de las democracias occidentales para expandir su totalitarismo en numerosos países, a los que con ese paradójico lenguaje se denominó ‘no alineados’. Y las tiranías comunistas se camuflaban siempre bajo el paraguas de ‘democracias adjetivadas’: República Democrática Alemana, democracias populares, democracia plebiscitaria o ‘de los sondeos’ (según Bovero esto sería un oxímoron) y así una larga lista de ‘democracias’ que en realidad eran tiranías disfrazadas de virtud popular. Cuando alguien se escuda detrás del ‘pueblo’ no alberga buenas intenciones.

No es preciso decir que en los totalitarismos, no existe crítica interna al ‘gran líder’. Allí todo parece ser perfecto, sincronizado y bien alineado con una vida constantemente ideologizada desde el Estado-Partido único y su ponzoñosa combinación de terror y propaganda. En realidad, es una falsa percepción de ‘normalidad’ y la evidencia histórica demuestra que los ‘pobladores’ -llamarlos ‘ciudadanos’ sería otorgarles un estatus que no poseen- de las tiranías comunistas tratan de huir saltando muros, alambradas electrificadas o cruzando a nado mares infestados de tiburones.

Este fenómeno de autodestrucción de las democracias lo analiza muy bien Jean-Fran¢ois Revel en ‘La tentación totalitaria’ y en ‘Cómo terminan las democracias’. También Bruckner en ‘La tiranía de la penitencia’ y Glucksmann en ‘Occidente contra Occidente’. En los sistemas liberticidas – hoy en día mayoritariamente de izquierdas, aunque sólo hablemos de ‘fascismo’ – no existe ninguna crítica disolvente del nivel que sufrimos en Occidente. Seguimos cayendo en la trampa urdida en la Guerra Fría.

Afortunadamente, el monstruo soviético tenía pies de barro y se derrumbó junto con el muro de Berlín en 1989. Quedaron sólo los rescoldos de Cuba o Corea del Norte. Hoy, para desgracia, el comunismo vuelve a renacer con otro disfraz atractivo (siempre eligen ‘buenas causas’): las políticas de identidad. ¿Quién va a estar en contra del antirracismo o de la igualdad entre hombres y mujeres? Nadie, claro. Sin embargo y centrándome en el racismo, cualquiera que conozca un poco el discurso y la lucha por los derechos civiles de Martin Luther King, Robert Kennedy o Mandela debería darse cuenta de que aquellos ideales de integración han sido absolutamente tergiversados y pervertidos por unas políticas de identidad cuyo mayor logro es volver a la segregación racial en las universidades norteamericanas. Esto no es una reducción al absurdo imaginada, sino una realidad. El sueño de la razón produce monstruos.

Creo que las llamadas ‘políticas de identidad’, cuando son llevadas al extremo de la confrontación como se está haciendo (negros contra blancos, mujeres contra hombres, gays contra heteros, etc), son una especie ‘comunismo New Age’, despojado de sus elementos más anacrónicos (lucha de clases, dictadura del proletariado) pero también de su sustento filosófico más respetable (Marx). En realidad, creo que detrás de toda esta enorme ‘performance’ solamente hay un anhelo de poder absoluto que termine con todas nuestras erróneas libertades para hacernos verdaderamente libres a golpe de torturas, hambrunas, prisión, exilio o muerte. Y es que en una tiranía nadie es más libre que los muertos.




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