En su afán por dotar a la Economía del carácter de Ciencia, hubo economistas que intentaron representar en unos ejes de coordenadas la conducta económica de los consumidores mediante una función matemática. Así, con respecto al Consumo, dijeron que éste estaba en relación directa con la renta personal, afirmación que parecía no sujeta a discusión: consumimos con arreglo a nuestros ingresos. Más adelante se matizó que, dado que una cosa eran los ingresos brutos y otra los netos (deducidos los impuestos), era función de la renta disponible.
Hoy día creo que estamos todos de acuerdo en que esa función habría que representarla haciendo depender al consumo de la capacidad de endeudamiento: no consumimos según nuestros ingresos por las rentas (trabajo, inmuebles y capital) sino que lo hacemos hasta el punto en que nos podemos endeudar.
En el plano familiar, la financiación propia por la vía del ahorro, se vio sustituida poco a poco por la financiación ajena (deudas con entidades financieras: bancos, cajas de ahorros, cooperativas de crédito, financieras de coches y de grandes superficies…) favorecido por una Política Monetaria expansiva de bajos tipos de interés y facilidades crediticias a particulares (préstamos convenio, anticipos de nóminas, descubiertos en cuenta corriente, financiación del 100 % en la compraventa de viviendas, y el consabido “compre hoy y pague mañana”).
Los bajos salarios y aumento del subempleo han tenido mucho que ver en esta situación, hasta el punto en que el montante de los préstamos al consumo (corto plazo) se sitúa hoy día por encima de los préstamos a la inversión productiva (viviendas, formación, etc.)
El endeudamiento actual se ve como algo normal en todos los órdenes (familiar, empresarial, y no digamos en el Sector Público), pero nos encontramos probablemente en el período de la Historia donde se da con mayor fuerza. Echando la vista atrás unas décadas, podemos recordar como hasta entrados los ochenta del pasado siglo, se utilizaba el término “trampa” para hablar de un préstamo, que sólo se “pedía” (el lenguaje ya marcaba la asimetría entre prestamista y prestatario) para una necesidad: vivienda, coche o enfermedad.
El préstamo con garantía hipotecaria primaba sobre el préstamo al consumo, con garantía personal; la financiación de la vivienda tenía un máximo tajante del 80 % del valor de tasación, y había que cubrir el resto con ahorro o ayuda familiar; la morosidad se veía como algo inmoral, incumplimiento de una obligación, faltar a la palabra; la cultura de la austeridad, inculcada por la generación de la posguerra, aún se dejaba sentir, pero poco a poco la tarjeta de El Corte Inglés se iba haciendo extensiva a casi toda la población urbana, y el hábito del ahorro (libreta de ahorro ordinario, plazo fijo) dejó de verse como una virtud.
Llegados los noventa, el Marketing (recuerden el tren del plan de pensiones del Banco Santander y su pegadiza melodía) comenzó a tomar peso en el presupuesto de gastos de las entidades financieras, las habilidades comerciales eran más importantes que las administrativas; se adoptó el sistema de Dirección por objetivos (el componente variable tomaba peso en la nómina de los ejecutivos bancarios); los préstamos que antes se pedían, ahora se ofrecían; las tarjetas de crédito comenzaron a proliferar: Visa, Máster Card, American Exprés,… hasta el punto de que España llegó a ser el país con más tarjetas de crédito por habitante de Europa.
James Petras, sociólogo estadounidense, reflejó en un informe elaborado en 1996 (les invito a buscar en internet Informe Petras) el cambio de paradigma laboral y participativo que él constataba en España en los catorce años de gobierno socialista, con una juventud que se veía ya obligada a endeudarse para mantener hábitos de consumo y el estilo de vida en los que habían crecido.
Posteriormente, la obligatoria bajada de los tipos de interés (precio del dinero) junto a la inexistencia de riesgo de cambio con Europa a partir del uno de enero de 1999 (entrada del euro) se tradujo en tipos reales negativos, lo que derivó en una desincentivación del ahorro y una mayor propensión al endeudamiento (el endeudamiento familiar pasó del 32, 1 % al 47,1 % del PIB.)
Con el boom inmobiliario, la deuda de las familias pasó de 380.000 millones de euros en 2002 (50,7 % del PIB) a 876.000 millones de euros (81,1 % del PIB) en 2007, cuando el 58 % de los trabajadores, después de impuestos y cotizaciones a la seguridad social, ingresaba menos de 1.000 euros mensuales (el tiempo de los mileuristas).
Desde entonces hasta ahora atravesamos una gran recesión (2008 – 2014), una recuperación favorecida por la entrada de capital extranjero y las exportaciones, un COVID-19 que frenó en seco esa tendencia, y así hasta hoy.
Dicho esto, ¿qué entendemos por sobreendeudamiento? ¿Cuáles son los síntomas y sus consecuencias? ¿cómo prevenirlo? ¿qué ventajas tiene elaborar un presupuesto familiar y cómo hacerlo? Espero responder a estas preguntas en nuestra próxima cita de la semana que viene. No falten, por favor.
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com






1 Comment
Medulosa explicación del economista Alberto Tobaja acerca del «sobreendeudamiento»: quedo a la espera de las respuestas de la semana que viene.
Felicito y saludo al autor.