Esta foto dio la vuelta al mundo. Esta foto se hizo en Sevilla. Otra vez Sevilla tuvo que ser: el 13 de junio de 1993, hace hoy 25 años.  Juan Pablo II reza arrodillado ante la imagen de la Pura y Limpia del Postigo, la Inmaculada que recibe el culto espontáneo y callejero de los transeúntes que pasan ante su capillita adosada al Arco del Postigo, una de las puertas antiguas de la ciudad,  la que comunica el centro con el barrio del Arenal. La escena se produjo en el campo de la Feria, cuando el Papa acababa de subir la larga escalinata del altar montado  para clausurar el 45 Congreso Eucarístico Internacional. Y esa instantánea es captada  -no he logrado averiguar por quién-  cuando el Pontífice se topa de improviso con la imagen de la Virgen y su reacción inmediata es postrarse ante Ella y orar durante un tiempo tan indefinible como emocionante e intenso. Aquel momento se convirtió en uno de los recuerdos gráficos más representativos de la cuarta visita papal a España, además de multiplicarse repartido en miles de estampas y reproducciones. Pero lo que se ignora es que nadie propició de antemano o protocolariamente que Juan Pablo II se encontrara frente a frente con la Pura y Limpia del Postigo del Aceite, sino más bien todo lo contrario, se pretendió disimular a la sagrada imagen dentro del conjunto del presbiterio.

Conocer la verdad de lo que ocurrió es conocer una anécdota bellísima, que alcanzo hasta a interpretar como un reflejo más de los que el Evangelio esparce desde siempre por la vida. Verán…

El día antes al de la celebración, cuando los operarios instalaban el altar en el campo de la Feria,  Juan Castro Nocera, el inolvidable cofrade de Sevilla  -alma y espíritu tantas décadas de La Carretería, miembro del más originario Consejo en las comisiones de penitencia, coordinador de la procesión del Corpus, la de la Virgen de los Reyes, hermano mayor de la Pura y Limpia-, Juan Castro (acompañado por sus hijos Juan, Pepe y Rafael) lleva la imagen de la popular Inmaculada hasta allí, para que forme parte de la iconografía y ornamentación de la misa que el Papa va a celebrar a la mañana siguiente.  Al colocar a la Virgen sobre el suelo, Castro observa que se pierde entre los diversos elementos decorativos y, sobre la marcha, decide elevarla en una especie de pedestal improvisado, al que forra del mismo color que la inmensa moqueta de la plataforma que servirá de amplia base al altar. Resuelve así la ubicación de la Virgen y se marcha, pensando en volver a la mañana siguiente para asistir a la ceremonia que se celebraría ante 600.000 personas. Pero cuando lo haga, cuando llegue en las más tempranas y madrugadoras horas del 13 de junio, se llevará la desagradable sorpresa de que la imagen de la Pura y Limpia ya no está sobre el pedestal donde la dejó…


La halla en el suelo, desplazada a un lado del altar, a ras de la moqueta,  sin peana siquiera. Lo han hecho por su cuenta y riesgo, a su antojo,  los canónigos de la catedral de Sevilla. Juan Castro y sus hijos se disgustan enormemente. La justificación que oyen de los sacerdotes es que han corregido un presumible ánimo de protagonismo intolerable por resaltar la presencia de la Inmaculada. Juan Castro y sus hijos se resignan en la contrariedad. Y acuden a ocupar sus asientos en la misa que pronto va a comenzar. Es a partir de ahí cuando va a ocurrir lo inesperado, cuando parece que Dios va a volver a escribir derecho con renglones torcidos.

Pero antes de contarlo, es imprescindible una clave valiosa para entender la preciosa y escondida historia de aquella mañana de hace 25 años: Juan Pablo II fue un Papa mariano por excelencia, un gran devoto de la Virgen que hizo del Totus tuus (“soy todo tuyo”) el lema de su pontificado.

Cuando el polaco Karol Wojtyla, que accedía por la larga escalinata que le conducía al altar, llegó al último peldaño, se encontró de cara con la Pura y Limpia del Postigo. Llevado de inmediato por su profunda veneración a la Virgen, el Pontífice interrumpió su camino para arrodillarse ante Ella y aprovechar tan grata aparición para elevarle sus plegarias.

Juan Castro no daba crédito a lo que estaba viendo, con los ojos llenos ya de lágrimas, conmovido por experimentar de aquella manera tan rotunda cómo Dios lo giraba todo en unos segundos. Y cómo la humilde muchacha de Nazaret, otra vez en su historia, era ensalzada desde su sencillez.

Estoy seguro de que la Virgen tiene memoria para los seres que la aman tanto. Y que en el caso del hombre irrepetible que fue Juan Castro, también la Virgen lo puso a la altura y en el sitio que él se mereció.