Tras tres años de gobierno, el marxista Allende ha dejado un fuerte desabastecimiento de productos de primera necesidad, consecuencia de su política de expropiaciones masivas de tierras, que redujeron la producción local de alimentos, siendo fijados por el gobierno precios por debajo del coste, desincentivando la producción, además de nacionalizar empresas, lo que hizo que fueran ineficientes, cubriéndose las pérdidas a través de la emisión masiva de dinero por el Banco Central.
Las políticas empobrecedoras de Allende dieron lugar a paros nacionales prolongados, que en el caso de los camioneros duró casi un año, agravando, en consecuencia, el desabastecimiento de artículos básicos, con largas colas para adquirirlos y el país endeudándose al tener que importar alimentos para la población, como la Venezuela chavista. A todo ello se sumaba que grupos armados paramilitares de extrema-izquierda y extrema-derecha perpetraban atentados, al borde del enfrentamiento civil, y en el caso de los primeros, tomando de manera forzada tierras y fábricas al margen de la ley, para lo que contaban con la pasividad del gobierno.
Allende, que dejó el país en una situación propia del Tercer Mundo, con racionamiento de alimentos y escasez de medicinas, iba encaminándose a marchas forzadas a la construcción de un régimen cada vez más antidemocrático, aprobando la Cámara de Diputados por mayoría que el gobierno había violado sistemáticamente la Constitución, suprimiendo derechos fundamentales como la libertad de expresión. También fue acusado por la Corte Suprema de no cumplir las sentencias emanadas por la máxima autoridad judicial del país, y por la Contaduría General de la República por dictar numerosos decretos ilegales. No debe extrañar, habida cuenta que Allende gobernaba en coalición con el Partido Comunista Chileno, firmemente aliado de Moscú.
Cabe subrayar la responsabilidad histórica de la Democracia Cristiana chilena en la deriva del presidente, que trataba de construir una segunda Cuba, ya que el marxista pudo ganar en 1970 gracias a la división de esta corriente política, mayoritaria en el país, pues parte de los socialcristianos formaron coalición electoral con la izquierda radical.
Se recuerda que el general Pinochet aplicó políticas económicas liberales, pero eso no lo hace liberal, del mismo modo que tampoco lo son Franco, Deng Xiaoping o Felipe González cuando, por pragmatismo, dieron un giro liberalizador en ese plano, de hecho, el dictador chileno, tenía una mentalidad corporativista y proteccionista en línea con los militares autoritarios de su época. No obstante, al constituir una Junta Militar, y carecer los militares de las nociones más básicas de economía, recurrieron a un grupo de la Universidad Católica que había adquirido notoriedad por elaborar un programa de reformas denominado “El ladrillo” por su voluminosidad. Estos economistas eran conocidos como los “Chicago Boys” al haberse formado en la Universidad de Chicago, teniendo como referente intelectual a Milton Friedman, exponente máximo del monetarismo.
Afortunadamente, y a diferencia de Franco, que en su primer etapa apostó por el socialismo en camisa azul de la Falange, que agravó la ya depauperada situación económica de la posguerra, Pinochet optó dese el principio por estos tecnócratas liberales, recibiendo en Chile la visita del propio Milton Friedman, quien lejos de la manipulación de la izquierda, no contribuyó a forjar la dictadura chileno sino a hacer posible el milagro económico chileno, pues como no pocos analistas han señalado, el Nobel de Economía logró algo que parecía impensable: un espacio de libertad en una dictadura.
Pinochet abogó por esa política a la espera de que diese buenos resultados que revirtieran la catatónica situación heredada de Allende, lo que aumentaría su popularidad y de paso, extirparía las bases ideológicas del marxismo, llegando a acabar con los sindicatos y las huelgas. No obstante, prueba de que el dictador no comulgaba personalmente con el liberalismo económico es que las minas de cobre, nacionalizadas por su predecesor, siguieron siendo de propiedad estatal, ya que el 10 % de los ingresos de las mismas se destinaban a la compra de armas.
Se privatizaron empresas públicas y se adoptó un sistema de capitalización de pensiones que los gobiernos de la izquierda de la Concertación han mantenido, mejorando drásticamente tanto las cifras macroeconómicas como la calidad de vida de la población:
- Se acabó con la hiperinflación, pasando de más de un 600 % al 14.7 %.
- Se redujo el gasto público del 41 al 20 % del PIB.
- Se redujeron los aranceles a la importación del 105 al 10 %.
- Chile se integró plenamente en los mercados internacionales, atrayendo inversión extranjera, sentando las bases del modelo diversificado de exportaciones del país, naciendo y desarrollando sectores como la fruta, la celulosa, el vino y el pescado.
- Se pasó de un déficit del 25 % a superávit.
- Se dio un giro copernicano, de sufrir una recesión, con contracciones del PIB del 5 % anual a un crecimiento del 7 %, llegando a un máximo del 10 % en 1977.
- Se garantizó la autonomía del Banco Central, evitando, como había sucedido hasta entonces, que los gobiernos imprimieran dinero para financiar el gasto público.
- La esperanza de vida aumentó de 63 a 73 años.
- Se redujo la mortalidad infantil de 79 a 17 por cada diez mil casos.
- El paro bajó del 18 al 8 %.
- Se dieron subsidios a las familias pobres para que pudiesen adquirir viviendas, acabando con los campamentos improvisados.
- Se llevaron a cabo históricas infraestructuras como la Carretera Austral, permitiendo conectar incluso zonas del país que antes sólo eran accesibles por mar o a través de Argentina. También es el caso del Metro de Santiago y de numerosos puentes y centrales hidroeléctricas.
- Firmó la paz con Argentina, solucionando la histórica disputa por los límites fronterizos entre ambos países.
Estos logros no restan, en absoluto, gravedad, a los atroces crímenes que cometió durante su gobierno en aras de eliminar opositores políticos. Es el caso de los vuelos de la muerte, que implicaron desapariciones forzadas en las que éstos eran arrojados con bloques de metal al mar o a ríos caudalosos desde helicópteros, pues se pretendía, de este modo, evitar rendir cuentas ante la Justicia y las instancias internacionales. También fue el caso de la caravana de la muerte, es decir, las redadas en helicóptero por el conjunto del país para fusilar disidentes e incluso el uso de armas químicas para que pareciera que los asesinados habían sufrido paros cardíacos repentinos en su domicilio.
Dicho esto, es menester subrayar la hipocresía de la izquierda, que lo presenta como el culmen de la brutalidad, cuando fue menos represivo que Fidel Castro, al que ven con exotismo y se niegan a calificar como dictador, llamándole en su lugar líder revolucionario, algo que hacen también los medios oficiales, desde La Sexta (y en concreto, Jordi Évole) a TVE cuando el autócrata cubano falleció en 2016, es decir, con Rajoy en el gobierno, de modo que el ente público entonces estaba controlado por el PP.
En efecto, Pinochet asesinó, según las cifras ampliamente aceptadas, a 3500 personas, mientras que Castro segó 8000 vidas, lo que convierte al comunismo cubano en la dictadura más sangrienta de América. No obstante, puede ser desbancada por Venezuela, ya que según Amnistía Internacional (nada sospechosa de ultraderechismo), el régimen de Maduro perpetró 8000 ejecuciones extrajudiciales en sólo dos años, entre 2015-2017, simulando los asesinatos como resistencia a la autoridad.
También cabe añadir su corrupción personal, desvelada en el caso Riggs, donde se constató el uso de más de cien cuentas corrientes que él mismo abría con pasaportes falsos y diferentes identidades. En efecto, su fortuna personal ascendió a 21 millones de dólares, de los cuales, 18 no encontraban justificación con sus ingresos, pues venían de la apropiación de los Fondos Reservados para la seguridad del Estado y el cobro de comisiones ilegales por la adjudicación de contratos de Defensa, tratando de blanquear tan cuantioso caudal económico a través de un entramado de empresas fantasma radicadas en paraísos fiscales. Aunque fue procesado por este caso, no llegó a ser condenado porque falleció, aunque sus herederos sí lo fueron a restituir las cuantías de las que ilícitamente se apropió.
Otra diferencia fundamental entre la dictadura cubana y la chilena es que Pinochet convocó un plebiscito sobre su continuidad, lo perdió y abandonó el poder, un escenario completamente distinto al de Cuba, donde el poder pasa de hermano a hermano, o de Corea del Norte, donde lo hace de padres a hijos, algo que no está de más recordar a los comunistas españoles, que se rasgan las vestiduras por el carácter hereditario y no electivo de la Jefatura del Estado, pero que luego reivindica, cuando no abraza, regímenes que en la práctica son monarquías feudales absolutas. En el caso de Chile, de no haber sido depuesto Allende, hoy, en lugar de ser un país próspero y libre, sería en el mejor de los casos una pseudodemocracia (por llamarla de algún modo) como la Rusia de Putin, donde los opositores son, de manera cada vez menos sutil, envenenados con Polonio.
Es cierto que el dictador chileno, al ver que perdía el referéndum, intentó perpetrar un autogolpe, a través de apagones masivos y operaciones de falsa bandera, para tener el pretexto con el que sacar los tanques a la calle e impedir que se desarrollara la votación. Para ello, se reunió con los jefes del Ejército, dictando un Decreto que le confiriese plenos poderes tras la declaración del estado de sitio, pero los altos militares no le apoyaron, cortando de raíz su intento cuando manifestaron en televisión que tenían la certeza de que había ganado el voto contrario a Pinochet, ya que el Ejército actuó como garante de la ley y el orden por encima de la lealtad hacia él. A ello se sumó la presión de Estados Unidos y Reino Unido, ya que Thatcher y Reagan le amenazaron con devastadoras consecuencias económicas y diplomáticas si no abandonaba el poder.
El plebiscito venía previsto en la propia Constitución que Pinochet aprobó en 1980, y que fue la base de la estabilidad política que ha gozado Chile. En efecto, el general creía que, al tener el control de la prensa en su conjunto, podría ganar holgadamente el referéndum, reforzando su posición a nivel interno y dando una apariencia de democracia a nivel internacional. Sin ser consciente de ello, creó la válvula de escape de la dictadura y el camino hacia una transición pacífica a la democracia.
Ninguna dictadura es buena ni deseable, pero las hay peores que otras, y como dijo Jiménez Losantos, “de las dictaduras de derechas se sale, de las de izquierdas no”. No debe olvidarse que cuando el disidente soviético Solzhenitsyn vino a nuestro país en 1976, la España de Franco no le parecía una dictadura en comparación con la Unión Soviética, cuyos horrores narró minuciosamente en su obra “Archipiélago Gulag”. En efecto, los regímenes comunistas no acaban únicamente con las libertades políticas sino con todo resquicio de autonomía personal, impidiendo no sólo salir del país sino desplazarse libremente dentro de él, mientras que los regímenes autoritarios de derechas crean riqueza, sentando las bases de una clase media que garantiza la estabilidad social, y que, precisamente en España, al tener cubiertas sus necesidades materiales, ampliaron sus horizontes, tomando conciencia de que, a la muerte de Franco, tenía que haber democracia.
En el caso de Pinochet, se puede concluir que evitó una dictadura peor, que habría emulado al régimen castrista, y sin pretenderlo, creó los resortes que permitieron desalojarlo del poder. No obstante, para la izquierda, como dicen las malas lenguas, “lo importante no es ser demócrata, sino ser de izquierdas”, algo que en su época evidenció Felipe González cuando en una reunión internacional se negó a dar la mano a Pinochet mientras que no le importaba compadrear con Fidel Castro. No obstante, en 2015, llegó a decir, en línea con lo que he manifestado previamente, que “Pinochet respetaba muchísimo más los Derechos Humanos que Maduro”.





