‘Le expliqué que ya tomé medidas contra los corruptos de mi partido y que lo de mi esposa y mi hermano “es otra cosa”; ellos no son culpables’
— Hombre, don Pedro. ¡Cuánto tiempo!
— No sabe cuánto necesitaba volver a verle.
— A ver, la última vez estaba bastante alterado. Túmbese.
— Sí, fue después de los cuatro fachas que salieron a la calle por lo de Ceuta.
— Sí. Y fue incapaz de reconocerme que había españoles que se manifestaban sin que nadie los convocara desde Ferraz.
— Aquello fue un episodio aislado.
— Y desde entonces, ¿qué ha pasado?
— He viajado.
— Eso no es novedad. El Falcon tiene que pasar la ITV cada seis horas ¿Y ha viajado mucho?
— Internacionalmente, pero esta vez me he cogido el Airbus.
— Eso no responde a la pregunta.
— Pero mejora mi currículum.
— ¿Estados Unidos?
— Sí.
— ¿Qué tal la reunión con Trump?
— No, a ese no lo vi, mejor dicho: no quiere verme.
— ¿Y con quién estuvo entonces?
— Con el alcalde de Nueva York.
— Ah.
— Zohran Mamdani, socialista y musulmán.
— Ya, como Fátima Hamed en breve.
— Un encuentro magnífico. Dos líderes progresistas hablando de economía, vivienda, igualdad…
— ¿Y no asistió Trump a un encuentro de ese nivel?
— No estaba invitado.
— ¿A la reunión?
— A mi realidad política.
— Comprendo, va mejorando.
— Después fui a Naciones Unidas.
— ¿Y qué tal?
— Histórico.
— ¿Le ovacionaron?
— Digamos que no, pero hubo una gran movilidad diplomática.
— ¿Movilidad?
— La gente se levantaba y salía como si no le interesaran las palabras del nuevo líder mundial, aquí presente, aunque esté feo reconocerlo.
— ¿Salieron durante su discurso?
— Sí, tendrían que hacer sus necesidades. Si no, nadie lo entiende.
— ¿Tantos desaguando a la vez?
— Bueno… quedaron los justos para demostrar que España sigue siendo una potencia internacional.
— ¿Cómo ha llegado a esa conclusión?
— Porque para que abandonen una sala durante tu discurso tienes que tener una audiencia, pedir permiso y… lo pidieron.
— Don Pedro…
— ¿Sí?
— Eso no es exactamente lo que significa dar una audiencia.
— Doctor, no empecemos con tecnicismos. El caso es que levantaron la mano como en el cole y les dimos la venia.
— ¿Y después?
— Un estudiante de Harvard me hizo unas preguntas.
— ¿Sobre sus políticas?
— No exactamente.
— ¿Sobre qué?
— Corrupción… mi esposa… mi hermano…
— ¿Qué más?
— Y Ceuta.
— ¿Y usted qué le dijo?
— Le expliqué que ya tomé medidas contra los corruptos de mi partido y que lo de mi esposa y mi hermano “es otra cosa”; ellos no son culpables.
— Bueno, su hermano ha sido condenado por la Audiencia de Badajoz.
— ¡Bah! Eso lo arregla mi Cándido sin necesidad de afeitarse.
— ¿Y eso fue todo?
— No. También le expliqué que la tecnooligarquía amenaza la democracia.
— Tecnooli… Bien ¿Y cómo se sintió después de todo eso?
— Me quedé con la sensación de que había ido a una conferencia y había terminado en una comisión de investigación.
— Y esa situación, ¿le puso nervioso?
— ¿Yo nervioso? No.
— Don Pedro…
— Bueno, un poco.
— ¿Cuánto?
— Lo suficiente para echar de menos una pregunta sobre cambio climático, que llevo dos meses preparada y no hay manera de largarla.
— Y, después, volvió a España.
— Sí.
— ¿Tranquilo, más relajado?
— Eso creía.
— ¿Qué pasó?
— Maricarmen.
— ¿Maricarmen?
— Una señora a la que habían desahuciado en aplicación de la ley de vivienda felipista.
— ¿Y qué hizo usted?
— Lo normal en mí.
— Recuérdeme que es lo normal.
— Nada. Lo de siempre: culpar a Ayuso y a Almeida. Bueno, sí, también condené el desahucio desde Nueva York.
— ¿Estaba en Nueva York todavía? ¿No dice que había vuelto?
— Sí, bueno, yo qué sé. No sé ni donde estoy ahora, ni si he venido en Falcon o en el Super Puma. ¿Dónde cojones estoy?
— En el diván, tranquilícese.
— Gracias.
— ¿Y de las competencias sobre vivienda…?
— Dije que era una tragedia social que no podíamos aceptar como país.
— Una frase contundente.
— Gracias.
— ¿Y solucionó usted el problema?
— No, pero ¡qué más puedo hacer!
— ¿Pero, al menos, lo condenó?
— Enérgicamente.
— Entonces hemos avanzado muchísimo.
— Eso pienso yo.
— ¿Y qué ocurrió después?
— Manifestaciones.
— ¿Otra vez?
— En varias ciudades.
— ¿Y esta vez contra quién?
— Contra el desahucio de Maricarmen.
— ¿Y qué sintió usted?
— Una sensación extraña.
— ¿Cuál?
— Que la gente se manifestaba sin haber recibido el argumentario de quién era el culpable.
— ¿Y quién lo era?
— Según Maricarmen, yo.
— ¿Usted?
— Eso dijo.
— ¿Y usted qué pensó?
— Que aquello era profundamente injusto.
— Ya, el desahucio.
— No, eso no, que me culpara a mí.
— Don Pedro…
— ¿Qué?
— Quizá el problema no sea que le culpen de todo.
— ¿Entonces?
— Quizá el problema sea que usted sea el problema.
— Eso es absurdo.
— En Nueva York habló usted de vivienda, en la ONU de derechos humanos, en Harvard de corrupción y tecnología.
— Sí, sí a todo.
— Y en España, mientras tanto, se encontró una manifestación alrededor de una señora que decía que es usted el responsable de su desahucio.
— Sí.
— ¿No ve un patrón?
— Claro.
— ¿Cuál?
— Que tengo una agenda internacional impresionante, que ya quisiera para sí Donald Trump.
— No.
— ¿Que la derecha me persigue? ¿Que los medios están obsesionados conmigo?
— Tampoco.
— ¿Qué, entonces?
— Más fácil: que quizá el mundo no gira alrededor de usted.
— Doctor…
— ¿Sí?
— ¿Podría repetir eso?
— Quizá el mundo no gire alrededor de usted.
— Un lápiz, necesito apuntarlo.
— ¿Por qué?
— Para incluirlo en mi próximo discurso: “La amenaza global de un mundo que no entiende a su líder.”
— Cita para la semana que viene, sin excusas, ni cumbres internacionales.
— ¿Tan mal me ve?
— No peor que otras veces.
— ¿Entonces?
— Es que dentro de siete días probablemente habrá habido otras manifestaciones.
— ¿Otra vez contra mí?
— No necesariamente.
— Ah.
— Ese es precisamente el aspecto que tenemos que trabajar, don Pedro.
Este texto es una obra de ficción en clave de humor y sátira política.





