Imaginemos ver la esquela funeraria, con fecha actual, de alguien a quien sabemos fallecido hace mucho tiempo. Daría una extraña sensación de irrealidad…
Pues algo similar experimentamos bastante a menudo, notoriamente en el ámbito de la enseñanza, cuando dan como noticia, y como noticia mala, esta o aquella característica del sistema educativo que lleva muchísimos años funcionando sin que nadie pareciera pestañear. Recientemente se han oído lamentos ante el disparate que supone la eliminación del sentido cronológico de la Historia. Representa una barbarie, sí. Pero, ¿ahora se comenta?
Llevamos varios decenios sin sentido cronológico de la Historia (que es lo mismo que decir, sí, “sin sentido de la Historia” a secas). Los libros de texto de esa materia se componen de un conglomerado de personajes y situaciones “de entonces y de ahora”, un puzpurrí de fotografías, dibujos, esquemas, flechitas, preguntas y respuestas “interactivas”. Greta Thunberg ya figura, claro, en las páginas dedicadas a la antigua Grecia de un libro de texto de Primero de la ESO (pero si nos vamos al milenio anterior, en los años 80 recuerdo fotografías de Ana Torrent –una niña actriz de entonces- ilustrando también un libro de texto). ¿Por qué? Bueno: diálogo del pasado con el presente, mirad lo importantes que son “niños como vosotros”, etc.
Esta pérdida del sentido lineal de una narración no se limita a la enseñanza; invade el ámbito de biografías, memorias y documentales de todo tipo. Los best-sellers de memorias de políticos y personajes famosos no suelen regirse, como sería lo normal, por el orden cronológico. Son un conjunto de anécdotas, agrupadas de manera arbitraria. Se entiende que esa presentación es “más atractiva”, sin duda es más banal; son libros que invitan a ser hojeados como una revista ilustrada.
A veces esperamos algo más de formalidad. La muerte de Juan Pablo II en 2005 despertó una oleada de respeto incluso en ámbitos tradicionalmente despectivos de cuanto este Papa representaba. Salieron a la luz libros, documentales sobre su vida, algunos anunciados de modo que parecían prometer cierta profundidad. Pues prácticamente ni uno había que siguiera un desarrollo cronológico. Todo era una acumulación de anécdotas y fotografías, deliberadamente “salteadas”. Había incluso un empeño especial en subrayar la ausencia de orden cronológico ni de ninguna otra línea argumental.
Aquel mismo año 2005 se cumplieron treinta años del reinado de Don Juan Carlos, entonces aún no caído en desgracia, y los amantes de la Historia se dispusieron a ver un documental que emitían con ese motivo; con la ingenua ilusión de darse un pequeño baño de historia reciente, que empezara con imágenes de los años setenta en blanco y negro, y luego ir recreando una evolución hasta llegar al momento presente de nuestras vidas. Un chasco se llevó quien eso esperara. El documental, como el del Papa, no tenía nada de didáctico, ni de resumen histórico. Como el del Papa, se trataba de una sucesión de imágenes desordenadas, colocadas de la manera más rápida y banal posible, sin criterio aparente alguno. Cronológico ciertamente no. ¿Por qué cito dos ejemplos tan anticuados, en vez de los cientos que tenemos cada día? Para ilustrar que como mínimo, mínimo, esta ruptura con lo cronológico a la hora de hablar de Historia (un sinsentido en sí mismo) estaba ya plenamente instalada hace diecisiete años. Y aun muchos más.
Sumergirse en una narrativa histórica es como enfrascarse en un relato de ficción. Debe poseer un argumento, un desarrollo, un hilo conductor. Al leerla, o seguirla si es una grabación, se ponen en juego la memoria, la atención, la capacidad de razonamiento, la capacidad crítica.
Quien la escribe debe interpretar la Historia, algo peliagudo, pues eso significa implicarse. Acaso ese temor a “pringarse”, en una época tan insegura de todo y obsesionada por lo políticamente correcto, lleva a producir el tipo de libro de texto antes indicado. No hay una línea argumental, no hay nada sólido, no hay buenos ni malos… sólo ilustraciones, preguntas, anécdotas salteadas. La falta de contenido real los hace incluso difíciles de entender, por más que en apariencia física (un puro colorín) parezcan “facilones”.
La pérdida del orden cronológico, la desaparición progresiva de cuanto es un relato con planteamiento, desarrollo y final… ¿será muy rimbombante y exagerado calificarla de “fin de la civilización”? No queremos ser tan solemnes, pero hablamos de anular algo tan esencial al ser humano –esto sí que es “esencial” y de verdad- como la capacidad de transmitir y recibir relatos coherentes.
Y dejamos para otro día la puntilla final que para este asunto ha supuesto el uso de los móviles y redes sociales.





