Fallece Rafa Serna

Sabía mucho de Esperanza y La Esperanza sabía de él. Se entendía con La Macarena en el habla materna de sus ojos. Se le daba bien ese idioma. Lo entendía a la perfección. No en vano fue el hombre capaz de contar  -y cantar-  el tiempo que te destrona cuando el brillo de una mirada ha dejado de ser cosa nuestra. Vino a decir que cuando cambian las cosas con el paso de los años, hay que saber tomar el camino del exilio buscando en otros labios la oportunidad de volver a besar.

Esta ciudad debería despedirlo con esa rara forma de adiós que Sevilla guarda  para quienes siente que nunca se le van a ir. Sevilla siempre deja un reservado de balcones y palcos celestiales para que se asomen cuando gusten, aquellos que necesitamos sentir donde las cosas se sintieron con ellos. Yo mismo, nunca he soltado la mano de mi abuelo mientras sale Jesús de las Penas con la marcha de Pantión. Los años fueron mudando las hojas de los naranjos, pero sigue intacto el aroma de mi infancia.

Rafa Serna se ha ido despacio, poco a poco, muy sevillano él, entrando de espaldas, por la puerta de la gloria, sin dejar de dar la cara a Sevilla.  Así lo enseñó su Esperanza. Con hora exacta pero sin prisas, porque la cortesía en Rafa Serna es también, como la esperanza, lo último que se pierde. Sin rozar un varal, ha cruzado el dintel que separa los aplausos del gentío de la Salve íntima y postrera, la que se reza dentro con las jambas ya cerradas, en ese momento en el que cuando un ser humano queda solo ante La Macarena, pierde en sus ojos todas las dudas y preguntas de la vida para ganar todas las certezas de un Reino. ¿Cómo puede ser ese milagro de que un entrecejo apenado nos libere de cuanto nos duele? ¡Ay, Rafa, que ya le habrás notado a la mirada de la Esperanza que aguarda un paraíso!




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