La Muy Noble y Leal no cesa de alumbrar tipos de la más variopinta especie. Haría falta una enciclopedia de aquellas que macizaban, virginales, algún estante en las casas de nuestra infancia para catalogarlos a todos. Quizás en esto resida la gracia, el encanto o la magia de Sevilla; en la capacidad camaleónica que tenemos sus vecinos para adaptarnos convenientemente al signo de los tiempos. Somos peritos en bailar la música que suena a cada momento, en arrimarnos al astro que más encandila o en acariciar con nuestra brasa la sardina de mejor porte. El ultimo espécimen que servidor viene detectando en nuestra sociedad es de difícil clasificación. Técnicamente y a simple vista podría tratarse de un ejemplar de lo que se ha venido a denominar como “rancio”, sin embargo, es el resultado de la evolución de esta subespecie al calor -siempre confortable- de lo políticamente correcto.

El “progrecito” exterioriza su laicidad incluso cuando participa con vara o cirio en alguna procesión. Y aunque es partidario de no constreñir la Semana Santa a lo meramente religioso y abrirla a todo tipo de sensibilidades culturales, vive con frenesí la última y hueca polémica cofradiera de rigor, torciendo el gesto si en el amanecer de la Virgen de los Reyes, ésta lleva alguna vara de nardo fuera del más estricto canon que exige el exorno floral de la adoración agosteña. Su obsesión por la equidistancia y la ambigüedad milimetrada le lleva a mantener una actitud discreta en asuntos taurinos de los que suele ser tan seguidor del torero de moda como firme defensor de la vida (animal). En cuestiones políticas no tiene término medio: siempre es partidario del que mande ande o no ande, ya sea en la Junta o en el Ayuntamiento, aunque ello suponga un conflicto estético frente al aspecto desaliñado del concejal o consejero progresista en cuestión. Porque, eso sí, el “progrecito” mantiene un estudiado atildamiento en su imagen que le hace moverse con soltura en los ambientes más derechistas de la villa. Para perdonar y hacerse perdonar esto último, nuestro arquetipo emite sentencias, visados y salvoconductos de progresismo -siempre contrarios a quien mantenga cualquier argumento conservador o tradicional-, en una especie de gesto indulgente y sobrado desde el atril beneplácito de su impostada modernidad. De esta forma, siempre correcto en la forma y casi nunca en el fondo, nuestro “progrecito” o “progrecita” aspira a una silla en torno a la mesa social donde se sirve el único sustento caliente que mantiene vegetativa a la sociedad sevillana: la sopa boba.

BOCA PRESTADA