El lenguaje como bien económico

La más elemental de las funciones del lenguaje es la función fática o de contacto, por la cual nos comunicamos, establecemos puentes con los que intercambiamos nuestros mensajes, frutos de un pensamiento más o menos elaborado, o simplemente emitidos para conectar con nuestro interlocutor e iniciar una relación de duración indefinida.

El lenguaje nos acerca; su mayor o menor dominio -cuando se trata de un extranjero- nos aproxima; satisface esa necesidad humana de conectar con el otro y que nos entienda, y si se trata del español (que es como se conoce el castellano fuera de España), había 580 millones de personas en 2019 que lo hablaban  en el mundo, el 7,6% de la población mundial. De ellos, 483 millones –tres millones más que hace un año– eran hispanohablantes nativos, lo que convierte al español en la segunda lengua materna del mundo por número de hablantes, y en vías de crecimiento gracias a la Asociación de las veintidós Academias de la Lengua Española, creada en 1999.

¿Habrá producto más internacional de España y de todos los países que lo tienen como lengua propia? Si lo contemplamos como soporte de actividades económicas cuya proyección rebasa las fronteras nacionales y facilita intercambios económicos, me atrevería a calificarlo como un bien económico.

En efecto, si entendemos como tales aquellos que satisfacen directa o indirectamente una necesidad, que poseen un valor económico y que, por ello son susceptibles de ser evaluados en términos monetarios, la lengua española es un bien útil a quienes la usan o poseen.

Es tiempo de prestarle la atención que merece a su dimensión económica como palanca de intercambios comerciales y flujos de inversión / financiación, actuando como potente instrumento de internacionalización empresarial, facilitadora de oportunidades de negocios.

Mientras que en el extranjero se potencia el aprendizaje del español en todos los países, sobre todo en EEUU y China, en España algunos sueñan con volver a la aldea de Astérix y Obélix mediante el “cerrojo idiomático”, utilizando la lengua como arma arrojadiza. Quien ama una lengua, ama todas las lenguas. Cada una ha de servir no para aislar, sino para ampliar oportunidades. Quien no lo vea así, lo verá algún día y habrá perdido un tiempo precioso en darse cuenta.




1 Comment

  1. Diego Rodríguez Vázquez dice:

    Muy acertado el comentario

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