El imperio de la mentira

Llevamos ya demasiado tiempo en este país nuestro instalados en la mentira. Si alguien pretende salirse del guión dictado por las televisiones y emisoras de radio del Régimen, se le trata de apestado. Y sucede en todos los ámbitos de nuestra vida y
nuestra sociedad.

Y es que vivimos en una España en que, como dijo el ministro de propaganda nazi, Gobbels, una mentira contada mil veces parece que es considerada por muchos, por demasiados, como una verdad.
Cabría preguntarse, por ejemplo, por qué en la España actual reivindicar nuestra historia, la gesta civilizadora allende los mares o la Reconquista, es considerado y así se tacha en muchas ocasiones, como facha.

Pondré un par de ejemplos más: ¿por qué los que se sienten patriotas y defienden la historia de nuestra patria, la unidad de España y sus símbolos son tachados como “extrema derecha” y fachas y los que defienden o toleran los nacionalismos separatistas
excluyentes y xenófobos son catalogados como “izquierda” o progresistas, cuando los movimientos nacionalistas son reaccionarios por definición? ¿Por qué, si los que agreden y acosan a políticos de signo contrario, incluso si se trata de mujeres embarazadas y a punto de dar a luz, son grupos de la izquierda, a ellos no se les cataloga de fascistas violentos sino de progresistas? Y, ¿por qué se califica en cambio como fascistas a los que, estoicamente y sin responder a las agresiones, las soportan? O, ¿por qué los que defienden y patrocinan una religión reaccionaria como el Islam, son considerados progresistas y de izquierda y, por el contrario, los que defienden las raíces cristianas europeas y de España son fachas y “extrema derecha”?

Es así como muchas personas están sufriendo una metamorfosis, de cara a los que las contemplan de un tiempo acá y, aunque no sea esta visible al exterior y el mismo interesado no se haya percatado de ello, están pasando de ser personas de izquierdas o simplemente demócratas, a ser considerados por aquellos que, desde los medios, distribuyen etiquetas y credenciales de demócratas o fascistas, como unos fachas irredentos. Tan solo por decir sin miedo verdades que han sido sacadas del catálogo de tales por la corrección política enarbolada y dirigida por esos medios de comunicación ocupados por la progresía más desorejada.
Uno de los últimos y más escandalosos ejemplos de esto de lo que hablo es la impúdica y obscena ceremonia de beatificación y ascensión a los cielos a la que hemos asistido tras la muerte de uno de los políticos más nefastos de la historia de estos últimos cuarenta años, el socialista experto en faisanes y manipulaciones en jornadas de reflexión preelectorales, Alfredo Pérez Rubalcaba.
La utilización amoral del PSOE de todos los medios a su alcance para sacar rédito electoral ya es bien conocida de antiguo, aunque el ciudadano Sánchez está batiendo records difícilmente superables al respecto, pero este truco de magia que, desde los medios dirigidos por el poder, se ha realizado, y, por el cual, se mete un truhan en la chistera y se saca un santo varón, ha rebasado los límites de lo imaginable.
Tan solo he leído algún comentario suelto, de Cayetana Álvarez de Toledo en concreto, en el que decía que se había construido una “ficción colectiva” sobre Rubalcaba. Poca cosa para tan grandioso juego de prestidigitación. Todo ello con la inestimable colaboración de una oposición entre pusilánime y simplemente idiota que se muestra incapaz de combatir con arrojo y credibilidad las falsedades que se despachan como verdades irrefutables en este mercadillo cutre de nuestra política.
Hace tiempo que en nuestro país la “verdad” incontrovertible e indiscutible sólo la dictan siempre los mismos ante la sumisión lanar y bovina del resto, acoquinados ante el temor a ser calificados como lo peor que se le puede llamar a alguien en esta España
esperpéntica y ridícula, a la par que digna de lastima y conmiseración, en la que nos ha tocado vivir: FACHA.
España hace tiempo que se ha convertido en el imperio de la mentira y eso es un cáncer que está destruyendo nuestra sociedad y va camino de destruir, si no le ponemos urgente remedio, a nuestra Nación.



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