El gran obstáculo es el cristianismo

Se denomina adanismo o adamismo al «hábito de comenzar una actividad cualquiera como si nadie la hubiera ejercitado anteriormente»; es decir, creerse Adán, aun negando el episodio de la manzana. Y algo de esto caracteriza a una parte de políticos, filósofos, sociólogos, economistas, pensadores, etc., que persiguen derribar las sociedades occidentales para sustituirlas por otras radicalmente nuevas, aunque a menudo tan frágiles, que causan mayores desastres que los que prometían remediar.

Pero al analizar sus propuestas e ideas comprobamos que, lo que suele ocultarse detrás de tanto afán por «mejorarnos», va más allá de un cambio de sistema político o económico: es un empeño ciego por derruir los cimientos de las sociedades cristianas, que estos adanes y arquitectos de idealizados mundos felices identificarían con la causa primigenia de todos los males e injusticias. Porque de lo que abominan en realidad, es de nuestra «defectuosa» naturaleza humana, convencidos de que pueden redimirnos reconstruyéndola a su gusto, para alcanzarnos por fin la ansiada felicidad universal.

Todos ellos, sean de izquierdas o derechas, se agrupan hoy en torno a la implantación de un equívoco concepto de progresismo, capaz de aglutinar a neocomunistas, a poderosos personajes e instituciones megacapitalistas y hasta a viejos hermanos del mandil. Profetas todos de un progresismo que nos pretenden imponer por «nuestro bien», a base de ideología de género, animalismo, apocalipsis climático, antinatalismo, aborto, eugenesia, eutanasia y todo lo mejor de cada casa. Acongojante.




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