El estilo de una despedida

Según nos dejó escrito José Antonio Primo de Rivera en un artículo que redactó poco antes del comienzo de nuestra guerra civil: “cuidar el estilo fue nuestra permanente preocupación”.

No cabe duda que él dio ejemplo de estilo en su corta pero fecunda existencia y de ello nos dejo innumerables pruebas escritas, tanto en sus discursos, arengas y artículos como, y a ello me quiero referir en estas líneas, en el más privado e íntimo género epistolar. 

Como decía su amigo, compañero en la Universidad (los dos estudiaron juntos Derecho), además de fiel seguidor, Felipe Ximénez de Sandoval, en el prólogo a la quinta edición de su “Biografía apasionada”: “tanto en las alegres escritas a sus amigos y parientes -como, por ejemplo, las deliciosas a su tía Carmen, la monja- como en la docena de conmovedoras despedidas redactadas en vísperas de su muerte en la celda de la Prisión Provincial alicantina, resplandece la galanura que nunca desertó de su pluma. Hay en ellas frases y párrafos de una belleza y una altura moral que igualan a su autor con los mejores escritores de nuestro idioma”. 

Ese diecinueve de noviembre de 1936 José Antonio se puso a la triste y dramática tarea de escribir algunas breves cartas de despedida a sus hermanos, familia y unos pocos de sus amigos y fieles colaboradores ante la inminencia de la ejecución de la sentencia que lo condenaba a muerte. 

Y en esos terribles momentos, imagínense los que esto leen en situación semejante, José Antonio, como hizo en toda su breve trayectoria vital, hace gala de un valor, de una gallardía, de una elegancia y una templanza que nos provocan a los que nos acercamos a estas cartas o a esa magnífica pieza literaria que es su testamento vital, un inmenso asombro. De todo ello y de un estilo, el estilo joseantoniano de vivir y morir, que comenzó con su creador y, podríamos decir, murió con él.

No importa desde que ideología política se acometa la lectura curiosa de estos breves escritos. Saber que al que los dictaba le restaban apenas unas horas de vida no puede dejar de producir en el interior del que, sin ignorantes prejuicios, lo hace, una tremenda admiración hacia no solo el político, sino la persona que ahí se muestra, el ser humano que reflejan esas pocas palabras. El soñador voluntarioso y, al tiempo, hombre de acción, que José Antonio fue en sus cortos treinta y tres años de paso por esta vida terrenal.  

Y no solo por esa muestra de generosidad, perdón a sus enemigos y conciliación que constituyen esas palabras inmortales que figuran en su testamento… ¿Quién con buena fe, dejando aparte, como digo, ideas políticas contrarias, no las suscribiría?

”Ojalá fuera la mía la última sangre española que se vertiera en discordias civiles. Ojalá encontrara ya en paz el pueblo español, tan rico en buenas calidades entrañables, la Patria, el Pan y la Justicia…”

Pero también en algunas de esas cartas, las más sentidas, en las que hay una mezcla, como también dice Felipe Ximénez de Sandoval en ese prologo ya citado a su biografía de José Antonio, de muchas de las virtudes que lo adornaban, “resplandece la galanura que nunca desertó de su pluma. Hay en ellas frases y párrafos de una belleza y una altura moral que igualan a su autor con los mejores escritores de nuestro idioma….”.

El estilo joseantoniano… En ese artículo que citaba al principio, escrito pocos meses antes de su ejecución, en abril de 1936, y al que puso por nombre “El ruido y el estilo”, cuya publicación en “Informaciones” fue prohibida por la censura imperante en aquel momento, y que finalmente apareció, finalizada la contienda civil, el 6 de Enero de 1940 en el diario “Baleares”, decía José Antonio hablando de los imitadores y, como él denomina, “galanteadores” que a la Falange por el alumbrada le iban surgiendo: “Todo eso hace que a la Falange le suene la palabrería de sus pretendientes como un lenguaje extraño y sospechoso. Lo que entre nosotros se comunica en media palabra queda oscurecido en torrentes de vocablos ajenos. Ese estilo de los recién llegados se denuncia a la legua, por lo mismo que cuidar el estilo fue nuestra permanente preocupación”.

Pues en esas horas últimas de su vida conserva José Antonio íntegro ese estilo que él quiso infundir a su creación, a la Falange Española, e insuflar a los que con él se embarcaron en el ilusionante proyecto de hacer más grande a España porque, también en sus propias palabras: Nosotros amamos a España porque no nos gusta. Los que aman su patria porque les gusta la aman con voluntad de contacto, la aman física, sensualmente. Nosotros la amamos con voluntad de perfección”.

En una de esas emotivas y emocionantes, en muchos casos, cartas de despedida final, la dirigida a través de su cuñada Margot Larios que, a la sazón, estaba recluida en el reformatorio para adultos del mismo Alicante en cuya prisión provincial estaba el encarcelado, a su íntimo Rafael Sánchez Mazas, tenemos una impagable muestra de todo lo hasta ahora apuntado. Y quiero transcribirla en su integridad, porque es un reflejo fiel de todo lo que constituyó el carácter de José Antonio. Su generosidad, su nada fingida modestia ajena a toda presuntuosidad, su fina ironía incluso en aquellas horas desesperadas, su culto a la amistad y, por encima de todas las cosas, quizá, su religiosidad y su fe inquebrantables.

“Querido Rafael:

Voy a escribir muy pocas cartas, pero una ha de ser a ti. Desde que nos separamos quedó cortada nuestra comunicación, ya que, aunque recibí cartas tuyas, creo que no logré hacer llegar a tus manos ninguna de las dos que te escribí. Sirva ésta para anudar ese cabo suelto y para dejarlo ya anudado hasta la eternidad. Perdóname –como me tenéis que perdonar cuantos me conocisteis– lo insufrible de mi carácter. Ahora lo repaso en mi memoria con tan clara serenidad que, te lo aseguro, creo que si aún Dios me evitara el morir sería en adelante bien distinto. ¡Qué razón la tuya al reprender con inteligente acierto mi dura actitud irónica ante casi todo lo de la vidas! Para purgarme quizá se me haya destinado esta muerte en la que no cabe la ironía. La fanfarronada sí, pero en esa no caeré. Te confieso que me horripila morir fulminado por el trallazo de las balas, bajo el sol triste de los fusilamientos, frente a caras desconocidas y haciendo una macabra pirueta. Quisiera haber muerto despacio, en casa y cama propias, rodeado de caras familiares y respirando un aroma religioso de sacramentos y recomendaciones de alma, es decir, con todo el rito y la ternura de la muerte tradicional. Pero ésta no se elige: Dios, quizá quiera que acabe de otro modo. El acoja mi alma (que ayer preparé con una buena confesión) y me sostenga para que la decorosa resignación con que muera no desdiga junto al sacrificio de tantas muertes frescas y generosas como tú y yo hemos conmemorado juntos. Abraza a nuestros amigos de las largas tertulias de la Ballena, empezando por el tan querido canciller don Pedro Mourlane. Dos abrazos especiales para José María Ayaro y Eugenio Montes, a quienes no sé si podré escribir, pero a quienes recuerdo de todo corazón. Y que a ti, a Liliana y a tus hijos os dé Dios las mejores cosas.

Un fuerte abrazo, Rafael.”

 

 

Un día antes de lo que el escritor e investigador José María Zavala describe en su libro “Las últimas horas de José Antonio” como “la carnicería perpetrada en aquel maldito patio número 5, el de la Enfermería” y “uno de los episodios más deleznables de la reciente historia de España; de no haberse producido, sin duda el rumbo de la misma hubiera sido otro…”, en la cárcel de Alicante, tras ser denegado el indulto por el auditor nombrado en el Ministerio de la Guerra, debido a las infames presiones de Largo Caballero, un hombre íntegro e idealista pero también consciente de la realidad, al tiempo que confiado en que le esperaba otra vida mejor que los pocos años que había consagrado a una empresa sin parangón, España, escribía, en la soledad de su confinamiento, unas pocas cartas que son una demostración impagable al mundo del bien morir. Con dignidad y con honor. Con una elegancia vital sin medida.

Otra de esas cartas, que nunca llegó a leer su destinatario, es la que le escribió a su incansable y leal escudero, cofundador con él de la Falange primera, el pionero de la aviación que junto al hermano de Francisco Franco, el comandante Ramón Franco, tripuló el vuelo “Plus Ultra” en 1926, Julio Ruiz de Alda.

José Antonio ignoraba que Julio había sido asesinado meses antes, el veintitrés de Agosto de 1936, apenas un mes después de iniciada la guerra civil, en la matanza de la Cárcel Modelo de Madrid, y le había precedido en la gloria de la vida eterna.

Y así, le decía a su amigo, confiado: 

“Querido Julio:

Por si se ejecuta la sentencia que anteayer dictaron contra mí, haz el favor de aceptar el encargo de decir adiós en mi nombre a todos los camaradas. A aquellos a los que he estado personalmente unido, por haber estado juntos en prisión, por los cargos o por cualquier circunstancia, diles de manera especial cómo los recuerdo y cómo los entresaca el hecho de recordarlos tú. Y para ti, quédate con un fuerte abrazo.

Espero la muerte sin desesperación, pero ya te figurarás que sin gusto; creo que aún podría ser útil mi vida, y pido a Dios que se me conserve. Si El lo dispone de otra manera, moriré confortado con el ejemplo de tantos que cayeron más jóvenes que yo y más humildes y silenciosamente.

Perdonadme todos, y tú de manera especial, lo que a veces os haya podido herir con las espinas de mí carácter. Mis hermanos te explicarán el laconismo de esta carta y se consolarán recordándome en tu compañía y en la de tantos con quienes nuestras vidas han corrido en los últimos años mezcladas. Dios os ilumine a todos y os mantenga unidos.

Para Amelia y tu chico, mis mejores deseos. Y para ti, de nuevo, un abrazo.”

Elegancia vital… camaradería, amistad, modestia, austeridad, el laconismo que él mismo anunció en el histórico e inolvidable discurso fundacional de Falange en el Teatro de la Comedia.… Nada de un párrafo de gracias. Escuetamente, gracias, como corresponde al laconismo militar de nuestro estilo…”.

Honor, dignidad, fe sin límites ni dudas… y una suprema templanza. 

Todas los atributos, y tantos otros, que hacen de José Antonio un hombre único e irrepetible.

 

 


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