El dandy imperfecto

Cuando nuestro hombre entrevistó al gran escritor inglés (aunque nació accidentalmente en la embajada británica en Paris y murió en Niza) William Somerset Maugham, discurría el año 1954, y fue la última de las visitas que Maugham realizó a España. Contaba ya con ochenta años y entre otras muchas cosas sabrosas que se encontraban en esa charla, dijo que había no menos de veinte personas esperando a que muriera para escribir su vida. No les complació hasta once años después de esa frase y el entrevistador, del que voy a hablarles hoy, casualidades de la vida, falleció tan solo un día antes que el entrevistado, aunque mucho más joven. Cesar González Ruano solo contaba sesenta y dos años, pero quizá, si le hubieran preguntado antes de fallecer también habría podido contestar algo parecido. No son pocos los buitres que se arrojaron a los despojos de su cadáver para verter miseria en ellos.

En otra entrevista célebre, por otros motivos que la de Maugham, de las muchísimas y magníficas que realizó (ochenta de ellas recogidas en “Las palabras quedan”, varias veces reeditado), José Antonio Primo de Rivera, en marzo de 1930, antes de la muerte de su padre, preguntado por Ruano sobre si tenía aspiraciones políticas, contestó: “De política ya hablaremos cuando pasen unos años. Esas cosas son como las bofetadas: no se anuncian, se dan. Ya tendremos ocasión -dice bromeando- cuando yo sea dictador de España”. Como se puede apreciar por el texto literal de la entrevista, el mismo autor aclara rápidamente el tono de broma de la respuesta de José Antonio, lo cual no ha impedido que muchos, como el historiador Joan María Thomas, autor de “José Antonio. Realidad y mito”, hayan tergiversado la misma, hallando en ella una “declaración de intenciones” futuras.

 

 

Aunque parece que, en su juventud, cuando comenzaba a intentar labrarse un futuro en la profesión periodística, tuvo algunas veleidades izquierdistas, quizá más debidas a la conveniencia del momento, tanto por esa entrevista con José Antonio, al que más tarde entrevistó por segunda vez, como por su filiación falangista, su apoyo al bando nacional en la guerra civil y adhesión posterior al régimen instaurado por Franco, ha habido muchos que, a su muerte y cuando ya no puede defenderse, lo han demonizado e intentado oscurecer su figura.

No deja de ser curiosa la doble vara de medir de la izquierda patria: en el Instituto Cervantes dirigido por el comunista Luis García Montero al poeta Gil de Biedma en el treinta aniversario de su fallecimiento, alabando, no solo su calidad literaria, esta si indudable, sino también su superioridad moral, poniendo casi como un ejemplo de integridad y decencia a un hombre que presumió en sus memorias de haber prostituido a niños de las zonas más pobres de la ciudad de Manila en la época de su estancia allí como director general de la Compañía de Tabacos de Filipinas.

En concreto, el comunista Montero, decía, con motivo de ese homenaje, en el colmo de la hipocresía, o lo que es peor, de la inmoralidad: “Jaime fue una persona decente, que no conviene nunca confundirlo con un puritano. Es normal que los numerosos filólogos que han estudiado su poesía destaquen la capacidad que tuvo para empatizar y conmoverse con los más débiles, las víctimas de la sociedad, los pobres y las personas más necesitadas o las mujeres explotadas por el machismo imperante en la España que le tocó vivir”. Sobran los comentarios.

 

 

Por el contrario, la progresía y el rojerío hispano, siempre prestos a emponzoñar y envenenar la memoria de todo aquel que perteneciera al bando que gano la guerra, en un esfuerzo ímprobo (y muy bien publicitado y vendido a las masas aborregadas, no lo podemos negar), no ceja en su empeño y  cuando la emprende con un novelista, poeta, pintor, periodista, director de cine…., en fin, con cualquiera con valía y magisterio en lo suyo pero sobre el que pesa el supremo baldón, a saber: no pertenecer al bando que presume sin motivo alguno de superioridad moral, no para hasta machacar y destruir el recuerdo de su víctima.

Es también el caso de González Ruano, del que no solo se escribió todo un volumen (a cuatro manos, pareciera que dos no bastaran para destruir a una persona), explícitamente titulado “El marqués y la esvástica”, donde los tendenciosos autores especulaban, sin una sola prueba concluyente, sobre una supuesta y rocambolesca trama en la que este se habría lucrado engañando y robando a judíos desesperados vendiéndoles visados falsos en el París ocupado. Nuestras grandes empresas, siempre cobardes y prestas a acudir en socorro del ganador, reaccionaron como suelen a la mera aparición de este libelo: la Fundación Mapfre retiró de inmediato el nombre de González Ruano a uno de los premios más prestigiosos del articulismo en España, el que dicha Fundación otorga.

 

 

También articulistas y escritores de lo políticamente correcto, que suele ir emparejado a la mentira más sectaria, se han esforzado en socavar, no solo su moralidad, sino algo indiscutible como es su maestría periodística y poética. Es el caso del ubetense Antonio Muñoz Molina (por otra parte escritor apreciable, si no fuera por ese tufillo buenista y progre que desprenden todos o casi todos sus escritos), que, en un artículo que llevaba por título “Un maestro dudoso”, se empleaba a fondo:

“Leyendo los artículos de Ruano en los años treinta se comprueba que el fascismo, entre otras cosas, era una intoxicación de mala literatura, un desbordamiento de palabrería pseudosublime y pseudopoética que entre nosotros tuvo como máximo fruto el misticismo falangista, las vaciedades floridas de aquellos himnos que algunos de nosotros llegamos a cantar en la escuela sin entender de ellos ni una sola palabra: los luceros, las montañas nevadas, las rutas imperiales, etcétera…”

Curiosa la distinta perspectiva desde la que el pensamiento único imperante mira los comportamientos humanos dependiendo de la ideología política. Lo que, si se trata de un poeta de izquierdas (aunque lo que era es un señorito barcelonés de toda la vida al que le gustaba, digamos, la vida “licenciosa”) es, aparte de categoría poética y distinción, moralidad sin tacha y ejemplo a seguir que merece homenaje, para un escritor falangista, en cambio, es, sin pruebas ni confesión alguna de parte, cosa que si ocurre en el caso de Biedma, tachadura moral que, además, invalida su calidad artística.

Mas la realidad es tozuda. Y esta es que González Ruano, un dandy impenitente, si, un derrochador sin freno, también, al que le gustaba la vida cara, los muebles caros, la ropa cara, viajar… un ardiente defensor de la famosa sentencia “la buena vida es cara, hay otra más barata, pero eso no es vida”…, un vividor en fin que para mantener ese tren de vida se vio obligado a ser un estajanovista de la escritura, que colaboró durante años en La Vanguardia, ABC, El Heraldo de Madrid…, que fue arrestado por la Gestapo en Paris y encarcelado durante 78 días en la cárcel militar de Cherché-Midi, que viajó como enviado especial al Magreb cuando trabajaba en ABC tras las huellas de los prisioneros de Abdelkrim, y tantas y tantas cosas más, buenas y no tan buenas, es, sin duda, un maestro de maestros del articulismo, la prosa y la poesía, como reconocía el mismísimo Francisco Umbral.

Umbral, discípulo confeso, que lo llamaba confianzudo “Cesar”, lo citaba sin remilgos continuamente e incluso prologó su magistral “Diario íntimo”, obra maestra de ese género donde el escritor, poeta y periodista narraba su día a día hasta el momento mismo de su muerte. Es ahí donde dice Ruano: “No creo haber hecho mal grave a nadie”.

Un trabajador incansable que supo aunar cantidad (el también genial Manuel Alcántara dijo que había llegado a escribir más de treinta mil artículos de prensa) y calidad literaria desde que, en 1936, viajó por Europa como corresponsal de ABC, primero en Roma y luego en Berlín (capital que ya había visitado en 1933) y allí coincidió con otros falangistas como Rafael Sánchez Mazas y Eugenio Montes.

Un narrador maestro en lo que podríamos llamar una “prosa poética” de la que se podrían desgranar frases y frases ejemplares: “las calles se apretaban unas contra otras y las sortijas de las plazas estaban oxidadas de silencio.” …

 A Ruano y a su tertulia del Café Gijón, acudieron, en busca de su magisterio, principiantes como José Luis Coll, Miguel Delibes (que le enviaba sus libros) o Antonio Mingote, al que aconsejó “escriba en serio y nada de humor”. También Rafael Sánchez Ferlosio (el hijo de Rafael Sánchez Mazas al que calificó como “joven barbudo”), Ana María Matute, Camilo José Cela… 

 

 

No hay más que leer sus memorias “Mi medio siglo se confiesa a medias”, sus entrevistas recogidas en “Las palabras quedan”, su “Diario íntimo” o sus cuentos y narraciones breves recopiladas en “La vida de prisa” para darse cuenta que los que no reconocen la altura literaria de Ruano, o no lo han leído, o son presa del sectarismo más ciego.

Aquel que solía decir “¡Qué difícil es desprestigiarse en este país!”, no llegó a conocer los niveles de ruin mezquindad a que llegarían tantos resentidos en esta época que nos ha tocado sufrir y fue “perdiendo la costumbre de vivir”, como describió la muerte en su Diario. Se fue con tan solo sesenta y dos años, víctima de una pertinaz mala salud que le propiciaron sus excesos.

Dejó atrás una gran obra que los que leen sin prejuicios han sabido y saben apreciar y de la que Miguel Pardeza, futbolista destacado de la Quinta del Buitre del Real Madrid y filólogo, realizó un riguroso estudio, coordinando además una amplia antología del González-Ruano periodista que editó en tres volúmenes la misma Fundación Mapfre que ahora reniega de su nombre, en el año 2003.

Una obra que es urgente y de justicia reivindicar. 




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