El artículo definitivo sobre José Antonio

Ni que decir tiene que la frase que da título a las palabras que vienen a
continuación es una ironía, aunque también podría considerarse un oxímoron, que,
según su definición más usual, es una figura literaria que consiste en combinar dos
expresiones de significado opuesto en una misma estructura, y ello porque se antoja
imposible abarcar, no en un artículo, no en un libro, ni siquiera en una bibliografía
completa, la figura de un hombre que, como José Antonio Primo de Rivera, es sujeto de
odios y adhesiones inquebrantables a partes iguales, que es considerado por sus
detractores como el abominable arquetipo de fascista (“facha” dirán estos)
demonizándolo y asimilándolo a Hitler o Mussolini o como un santo mártir por sus
seguidores.

Y esto a pesar de que, sobre todo en los últimos años, se han producido
abundantes obras en torno a su persona y a la Falange, de que hispanistas de uno y otro
signo como Ian Gibson o Stanley G. Payne, el vascofrances Arnaud Imatz, el
mallorquín Joan María Thomàs, uno de los más destacados estudiosos de la Falange y la
figura joseantoniana, Julio Gil Pecharroman o José María Zabala, aparte de muchos
otros, han escrito sobre él, intentando descifrar los enigmas que le rodean, el
desconocimiento y la tergiversación interesada sobre el pensamiento de José Antonio
(quizá porque se venden muchos libros pero se leen pocos), que va mucho más allá del
ideario de Falange, es general. La corrección política, dictadora de las conciencias y el
pensamiento, impone tachar sin más su nombre sin siquiera ahondar un poco en lo que
este buen español intentó construir y de lo que la violencia y la muerte nos privó, pues
atesoraba en su persona, aunque no libre de contradicciones y vacilaciones, todas las
buenas cualidades para haberse convertido en el gran líder que España necesitaba en esa
época desorientada de su historia.

Dentro de apenas unos días se cumplirán 85 años de que, en el Teatro de la
Comedia de Madrid, pronunciara el discurso fundacional de Falange Española, el
partido que él, junto al militar y pionero de la aviación Julio Ruiz de Alda, creó.
Era esa una etapa convulsa y violenta de nuestra historia en que, debido a la
furia anticatólica, anarcocomunista y separatista, la delación, el asesinato y la
destrucción asolaban España, y ese fue el caldo de cultivo en que nació ese partido y se
fraguó la ideología joseantoniana, un abogado prestigioso y que entró en principio en
política para defender la tarea de su padre. De cómo el líder de un partido que, en su
época, no logró tener nunca demasiados seguidores ni simpatías, pues de él
desconfiaban las derechas y era odiado sin más por las izquierdas, y que fue
acrecentando su presencia sólo una vez ilegalizado por la República y con el comienzo
de la Guerra Civil, ha llegado a tener la categoría de mito y ser una figura referente de
nuestra historia contemporánea sólo se explica porque José Antonio es un personaje
inabarcable, inclasificable, contradictorio y, como tal, misterioso, amén del
magnetismo, atractivo y un cierto aura mística que irradiaba su persona. La capacidad
de introducir un profundo sentido estético, poético y profundamente moral en su manera
de concebir la política, o de enaltecer a los públicos en sus arengas con su fuerza y
convicción se echa aun más en falta en esta época que nos ha tocado vivir, de discursos
hueros y palabras vacías, sin contenido, y, lo que es peor, sin principios ni creencias.

José Antonio era un auténtico patriota y cristiano, un revolucionario respetuoso
de la tradición española pero que ansiaba el progreso de la nación, fundamentando su
ideario en la unión entre los españoles y en un profundo sentido nacional.
En cuanto a la identificación que se hace de José Antonio con el Régimen
franquista en el que desembocó la Guerra Civil, y que él no conoció, pues fue fusilado
dos días después del alzamiento, basta leer sus Obras Completas para concluir que no es
más que una falacia entre tantas, pues sus ideales patrióticos e integradores, su
propuesta de una síntesis superadora de los conceptos de de derecha e izquierda y sus
denodados esfuerzos por construir una tercera vía, poco o nada tenían que ver con el
régimen de Franco y su Movimiento, el cual se apropió de su legado, manipulándolo y
tomando el nombre de la Falange que fundó, para crear el partido único del Régimen.
Como también es falso que simpatizara con él nazismo, sin base cristiana alguna,
cuando su credo fundaba sus postulados en la honda raíz católica de la nación española,
que constituía para el uno de los fundamentos de esa unidad de destino que es España.
Del régimen Mussoliniano simpatizaba con su idea de la unidad del pueblo en un
Estado fuerte, pero rechazaba otras muchas cosas. Tampoco conviene olvidar, si se
quiere tener una visión más real y ecuánime de su figura y no quedarse en el pastiche,
que, antes de ser asesinado, intentó mediar para que se detuviera el derramamiento de
sangre y el enfrentamiento entre españoles, ni, por ejemplo, su amistad con Federico
García Lorca, que se ha intentado, y conseguido, ocultar por diversos historiadores,
empeñados en no “manchar” la imagen “izquierdista” del poeta. O que uno de los
principales puntos de la ética joseantoniana consiste en el respeto a los demás. Cuanto
de esto último tendrían que aprender muchos, la mayoría, de nuestros actuales políticos.
Posiblemente dentro de poco, si la nueva censura, es decir, la corrección política,
sigue dictando sus normas no escritas y esa “Comisión de la Verdad” que el
frentepopulismo actual pretende crear, ahoga y silencia las opiniones disonantes con la
verdad oficial, este artículo no podrá ser publicado, por lo que quiero pensar que, aparte
de no ser, claro, el definitivo, no será el último sobre, como decía el Catedrático emérito
de la Complutense, Enrique de Aguinaga, en conferencia pronunciada en el Acto de
presentación de Plataforma 2003, que tituló “lo joseantoniano hoy”, “ese hombre
egregio (según Unamuno, “tal vez el cerebro más prometedor de la Europa
Contemporánea”), modelo para todo un tiempo, con una palabra egregia (una de las más
bellas prosas del siglo XX), al servicio de una conducta y de un pensamiento egregios”.
Porque sigue siendo verdad lo que Rosa Chacel le dijo al mismo Aguinaga en
Buenos Aires en 1956, después de leer las Obras Completas de José Antonio, con las
que dio en Argentina por casualidad: “Dos cosas son increíbles: una, que todo eso haya
podido pasarme inadvertido a mí, en España, y otra que España y el mundo hayan
logrado ocultarlo tan bien”.




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